Maybe I’m Amazed: 45 años del McCartney

Por Iván Cruz Osorio
@ivancruzosorio

Paul McCartney en muchos sentidos encarna al gandalla workaholic del rock, algo que tarde o luego-luego se retacha. Tras la muerte del manager del cuarteto de Liverpool, Brian Epstein, en 1967, Paul emergió como una especie de cabecilla gánster, quien llamaba a cada uno de los integrantes para asignar fechas de grabación, quien imponía sencillos por encima del resto, y diseñaba proyectos a nombre de todos, como la película The Magical Mystery Tour. Hacia las últimas patadas del lucrativo ahorcado llamado The Beatles, McCartney se encontró en el escenario del apestado, en franca pelea con el resto de la banda, en mucho por Allen Klein, mánager de los Rolling Stones y que impusieron Lennon, Harrison y Starr para dirigir Apple Corps. Asimismo John, en franca luna de miel con Yoko Ono, había declarado al resto su intención de “divorciarse” de los Beatles. Con este panorama Paul se refugia con Linda, y su hija Heather, en su granja de Campbeltown, Escocia. En este alejado y solitario lugar McCartney, ante la inminencia de la separación de la banda, los problemas legales con Allen Klein, y su profundo enfrentamiento con Lennon, sufre una fuerte depresión que deriva en alcoholismo.

Su álbum McCartney, que salió a la luz el 17 de abril de 1970, tres semanas antes que el último álbum beatle, es muestra indudable de una persona en conflicto y en proceso de regeneración. Se trata de 13 canciones, la mitad de ellas instrumentales, que vagan entre la balada rock (Maybe I´m amazed), crítica ecológica acústica (Junk), el rock puro (Momma Miss America), y una pieza experimental (Kreen-Akrore), canciones que no conforman una unidad, que cada una de ellas forman un propio universo. Lo único que busca nuclear este disco es la emoción pura, desde la primera rola (The Lovely Linda), en la depresiva Every night, o en Maybe I´m Amazed, donde Paul reconoce que Linda es parte esencial de su salud

La crítica del momento hizo pedazos el disco, con y sin argumentos, quizá los comentarios más atinados hacían alusión a un disco simple y sin pretensiones (algo que no comulgaba con el beatle perfeccionista y workaholic que todos veían). El rebote de los que desesperadamente se ocultan en el trabajo es no tener trabajo ni tener a quién mandar, Paul vivió este rebote y su reacción musical fue dejar de hacer canciones que buscaban la perfección, los arreglos más complicados, y regresar a las bases en solitario, tocando cada uno de los instrumentos en el disco.

A 45 años, y con el contexto de esos momentos turbios, podemos decir que este álbum es un relicario de canciones absolutamente personales, canciones grabadas de una forma primitiva, pero auténtica, una manera de regresar a hacer canciones sin trucos en la consola, sin arreglos ni pomposas producciones, sólo con la emoción a flor de piel. Sin embargo, para aquellos gustosos de las grandes producciones musicales, estilo Sargento Pimienta, Paul les daría gusto 3 años después con su célebre disco Band on the run. En mi caso, aún prefiero los discos en que sólo eres tú y el cosmos.

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