México, país dividido. Desigualdades y exclusiones

Por Elizer Morales
@mxdividido

Es indudable que en nuestro juego económico, político y social existe un campo en que las fuerzas actuantes perciben surcos, protuberancias e irregularidades: por donde quiera que se le vea existen asimetrías insalvables. Padecemos una situación en la que los antagonismos básicos, los más profundos e hirientes inciden negativamente en cualquier viso de igualdad, y por tanto violenta nuestro maltrecho pacto social. Las agresiones son atropellos flagrantes a cualquier constructo convivencial democrático.

De esta manera queremos exponer brevemente el factor o factores que provocan u ocasionan las divisiones nacionales

1. La evidente desigualdad económica

La madre de todas las demás desigualdades y exclusiones, causa fundamental a su vez del origen de otras muchas lacras, exclusiones e indicadores de malestar social. Se trata de la desigualdad marcada por el índice de Gini y el también canónico de la división de los ingresos de la población en deciles, pero no sólo eso, también vienen a cuento los recorridos y comparaciones históricas, geográficas, de género, sector económico, así como las pertinentes en cuanto a comportamientos fiscales.

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2. Las maltrechas flores de la democracia

Hablar de vida democrática en México nos obliga a plantear un contrasentido. Se trata de uno de los esfuerzos más lúcidos y consistentes de la inteligencia mexicana de nuestros tiempos, y simultáneamente de uno de los tropiezos más evidentes, una de las paradojas más sensibles y deplorables de nuestras realidades.

Las desigualdades y las exclusiones en México en las expresiones, magnitudes y consecuencias en que las vivimos y sufrimos, asfixian las aspiraciones del desarrollo democrático que requerimos con urgencia. Este es uno de los obstáculos fundamentales para cualquier constructo imaginable y deseables de la convivencia social en nuestro país.

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3. Se escribe partitocracia

Una de las desigualdades y exclusiones más categóricas que padecemos es el costosísimo y enorme aparato partitocrático. De pretendido cariz ciudadano es, por el contrario, un ente de voraz y gargantuesco que suplanta totalmente la voluntad y potestad populares. Los partidos y sus parvada de políticos profesionales se han tornado en el núcleo fundamental, usufructuario económico, político y social, enraizado en el sustrato jurídico, beneficiado por el dispendio de los recursos públicos con el mendaz argumento de la procuración y desarrollo democráticos.

Ante la suplantación de la ciudadanía, lo único que hacemos los mexicanos es votar. Esto, sin embargo, se practica de manera autoritaria y en contra de lo expresado por la Constitución de la República, sólo dentro de los cauces de esos comités eleccionarios, reconocidos como partidos políticos. Parte de la clase política suprime, paladina y arrogantemente, la posibilidad de emitir un voto al cual todos tenemos derecho; obstaculiza las candidaturas ciudadanas, y finalmente se arroga en todo y por todo la consulta popular. Es necesario decir que los ciudadanos que construimos la democracia sólo con la potencia de nuestro voto hemos sido despojados, INE y Tribunales incluidos, de cualquier expresión adicional: los partidos políticos han hecho del corporativismo, el clientelismo, la coerción (a partir de los programas de desarrollo social) la franca mercatilización del voto, precampañas ilegales y la violación de las normas de los códigos electorales y los topes de campaña.

Todo esto, sin embargo, se trata de un clima de carácter mundial. Este complejo de desigualdades y exclusiones gravosas para nuestra convivencia obliga a percibirlas como uno de los factores que, paradojicamente y muy a contra corriente de sus objetivos, han jugado y juegan el papel de obstáculo de las aspiraciones más caras y sentidas de nuestra ciudadanía.

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4. La corrupción y su alma gemela

Enlazados con los dos puntos anteriores se encuentran los correspondientes al sustrato, aparentemente fundacional de nuestra idiosincrasia: la aberrante corrupción y su alma gemela la complicidad impune. Esto, naturalmente concierne y sólo tiene relevancia para los grandes capitanes del poder económico, la clase política general, los suplantadores dirigentes de nuestra sufrida, depauperada e indefensa clase trabajadora. La clase política es hoy un grupo de corrupto, que vive para el enriquecimiento legal pero ilegitimo; urdidores de despojos igualmente dentro de la ley pero también carentes de legitimidad.

A todo esto se le llama oligarquía mexicana, y es el factor fundamental de la escisión nacional en todo los órdenes.

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5. La inexistencia de la Constitución

Subordinado al esquema anterior, o más bien enlazado estrechamente, se encuentra el correspondiente al sustrato jurídico en el cual nos desenvolvemos. Los excesos interesados y las francas violaciones al estado de derecho han dado lugar a una extendida modalidad de inexistencia de la Constitución, y con ello a la aparición de poderes metaconstitucionales o metajuridicos. Lo anterior puede desembocar en el cuestionamiento de la democracia representativa, el estado actual del maltrecho pacto social (si es que algo queda todavía de él) o en la virtual desaparición de la división de poderes.

Todo esto en medio de una multitud de preguntas relativas a nuestros problemas reales vinculados a lo jurídico. Un exceso: tenemos una Constitución que funciona realmente como el cuadernillo de notas de pendientes del presidente de la república. En casi un siglo de vigencia, con 618 modificaciones de las cuales 66 se han realizado en 3 años del ejecutivo actual parece, seguramente lo es, una marca mundial. Esto, fácilmente comprensible, dista mucho de una estabilidad constitucional absolutamente indispensable.

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6. El Mirreynato

La casta mexicana es, al igual que los otros puntos, la existencia de un grupo oligárquico en el cual se fusionan los segmentos fundamentales, aunque no únicos, del poder y de su ejercicio en nuestros parajes. Se trata de la cristalización de la crème de la crème de la sociedad mexicana de cuya nacionalidad afectiva, legítima, no legal, estaría a discusión. Es un estrato social integrado por retazos de intereses siempre de alto nivel, el mirreyismo al que ha retratado con acierto Ricardo Raphael. Al tiempo resume en una buena medida la hoy harto frecuente literatura sobre el significado pero sobre todo los variables aspectos, del ejercicio de los poderes oligárquicos, las corruptelas, los beneficios y la impunidades correspondientes. Lo más propio de esta parte de la casta mexicana son las herencias, numismáticas y presuntamente genéticas de los herederos de esta costra dorada de nuestro malvivir convivencial.

Estas acotaciones cubren el propósito de describir cómo la sociedad mexicana cubre hoy una etapa totalmente diferenciada de la posrevolucionaria. Hoy, las desigualdades integran un mapa absolutamente surcado por divisiones en las cuales, por cierto, juegan un papel los intereses ideológicos de la oligarquía mexicana. En consecuencia con ello, su visión de nación, particularmente lo concerniente con sus intereses patrimoniales en toda la amplitud de la palabra, son de un grupo sumamente minoritario, pero notablemente poderoso, aunque en algunos casos lo sea casi solamente por su línea hereditaria.

El resultado es que la democracia y el capitalismo no se llevan bien. En el caso de México las prédicas sobre la igualdad de oportunidades y el piso parejo de todos los ciudadanos viene a ser puramente retórico. Con la multitud de desigualdades y exclusiones imperantes, este discurso es incapaz de causar el efecto buscado. El hecho es que la concepción de las muchas exclusiones deja de pie solamente al grupo minoritario, usufructuario de todo el terreno. De hecho, amén de la ya muy consabida incredulidad de las mayorías, resultado de la desconfianza hacia las bondades del discurso gubernamental abre un enorme parteaguas con el común del pueblo: separación de visiones e intereses primero, enseguida la desconfianza y el saldo negativo a la vista. Resultado: incompatibilidades para compartir metas, las visiones de país que prevalecen entre los bien servidos en el banquete contrastan notablemente con el resto, por cierto más numerosos que como de costumbre, en lugar de asumir su papel de mandatarios se arrogan la categoría de mandones.

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Como quiera que esto sea, no es descabellado asumir que las políticas económicas implantadas desde hace más de 30 años han hundido el poder adquisitivo del salario mínimo en la increíble proporción del 73%. Es lógico que esto produzca una atrofia del mercado interno y la falta de dinamismo del crecimiento económico.

Igualmente, al armar una pinza mediante la cual las desigualdades económicas se unen para deprimir los derechos de los trabajadores mexicanos, el resultado es el serio deterioro en los esfuerzos para sustentar o crear un piso democrático. Es ingenuo ignorar que esto no dé como saldo una forma de gobierno afín a los intereses de la casta mexicana. Los ejemplos citados son múltiples y pueden incidir en el caso extremo de una crisis o en la quiebra de los derechos humanos, como ha acontecido y acontece hoy mismo en nuestro país, dando por resultado que las llamadas acciones de unidad nacional carezcan de credibilidad. Naturalmente, se trata de una afirmación sustentada en el hecho de que las desigualdades y las exclusiones que se ocasionan no pueden menos que convertirse en las causas de grandes corrosiones en la sociedad mexicana y la desaparición de la solidaridad social. Esto debido a que las absolutamente claras formas de enriquecimiento (eufemísticamente llamado inexplicable), la desfachatez y comportamiento principescos, a menudo practicados por los funcionarios públicos, particularmente asociados con empresarios, son elementos que ayudan a alimentar la convicción de la existencia de relaciones corruptas y los intereses creados.

Algo mas grave puede ser observado día a día, en la falta de respeto de los derechos humanos. La república es desangrada cotidianamente al tiempo que las desapariciones forzadas se multiplican y alcanzan cotas de más de 25 mil personas. Es una constante que, más pronto que tarde, debe ser solventada en virtud de que se trata de delitos sumamente graves, normalmente a cargo de órganos del Estado. Aquí se encuentra el proceso de una guerra contra el narcotráfico que no es nuestra, pero que de manera regular pagamos sin que nos enteremos de los porqués de ella. Es algo que, al igual que en los casos anteriores minan nuestros vínculos sociales a causa de un sin sentido en la percepción de las mayorías.

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