Mi viaje más raro en el #MetroCDMX

50 años del Metro de la Ciudad de México. ¿Qué no se podría decir de ellos? Millones de numeralias, historias oscuras, anécdotas, obras de arte existen sobre uno de los pilares que sostiene la CDMX. Sería ridículo no ver que el Metro es un mundo en sí mismo y que, al mismo tiempo, cada usuario que lo ha pisado tiene su Metro personal.

Mi Metro es una presencia constante. Como a todos, me ha sacado de apuros y me ha causado dolores de cabeza, miedos, enojos y demás. En mi relación de amor-odio gana el amor simplemente porque no concibo mi vida sin el Metro. Por eso decidir escribir sobre lo más raro que me ha pasado en el Sistema de Transporte Colectivo parece difícil. Me ha pasado de todo. Olvidemos peleas, accidentes y retrasos. Dejamos de lado conversaciones extrañas y pasajeros particulares.

Vamos a lo verdaderamente raro: como la doña que sacó un palo de su bolsa de mano para amenazarme por cruzarme en su camino; la chica que se lavó los dientes, hilo dental incluido; la otra chica que me vomitó el cabello; el hombre que saltó a las vías para recoger a un perro que se andaba paseando por ahí; o el vago recuerdo que tengo de cuando, de niña, una trabajadora se compadeció de mí y me dejó pasar al baño que se escondía tras uno de los muros de los andenes. Y así, aquí, con ustedes, mi viaje más raro en el Metro.

Mi viaje más raro en el Metro

Mi viaje matutino diario es un recorrido de catorce estaciones. Como todos los días, me subí en Indios Verdes a las 8:15 am. Me senté en el asiento individual del último vagón exclusivo para mujeres. A esa hora, el convoy se atasca desde antes de salir de la terminal. El pasillo frente a mí se llenó rápidamente de mujeres. Las puertas cerraron apenas. Antes de salir de la estación, de la nada, se escuchó un tronido lo suficientemente fuerte para traspasar mis audífonos. Intercambié una mirada de reojo con las dos mujeres que iban a mi lado. No habíamos salido cuando otro tronido se escuchó. Esta vez en las miradas había sospecha y extrañamiento. Nadie decía nada. Para cuando llegamos a Deportivo 18 de marzo, la escena, que se había repetido un par de veces más, ya era evidente: alguien se iba pedorreando.

Era evidente también que la responsable estaba cerca. Nos veíamos unas a otras. Empezaron los cuchicheos, los hombros alzados, las risas nerviosas, las caras de molestia, y las exageradas narices tapadas: en realidad no olía a nada. Pero los pedos seguían, impunemente, oyéndose más o menos cada dos minutos. No me quité los audífonos, pero apagué la música.

De pronto, alguien señaló como culpable a la mujer que iba parada casi frente a mí, un poco a la derecha. Era una mujer común y corriente, de unos cincuenta y tantos años. Las pasajeras que iban detrás de ella, empezaron a quitarse del pasillo, las miradas de desagrado se intensificaron y surgió un grito indignado: «¡Señora!» Ella no se inmutó, no dijo nada, no volteó. Los pedos siguieron.

Dejar el pasillo “libre” a esa hora era llamar al caos. Cada que llegábamos a una estación era la misma rutina: las pasajeras que intentaban subir al vagón atestado, suplicaban que las otras se recorrieran hacia el espacio impunemente vacío. Alguna, tras un gran esfuerzo, lograba pasar, sólo para esperar el pedo y seguir el camino de las otras lejos de la señora. En Hidalgo, la resistencia cedió y un nuevo grupo de mujeres volvió a llenar el pasillo.

Metro Línea 3

Cuando sonó el pedo, una usuaria increpó a la mujer: “¡Vieja puerca! ¡Asquerosa!” Todas saltamos. Una señora que iba sentada del otro lado del pasillo trató de calmar a la que gritaba: “No sea grosera, no hay necesidad”. “No lo está haciendo a propósito”, terció alguien. “La que primero lo huele…”, soltó la chica que no podía dejar de reírse. “Tú cállate”, gritó la indignada. La discusión empezó a subir de tono. “Jalen la palanca”, dijo una apanicada. “¡NO!”, le respondieron a coro.

En Juárez se desocupó un asiento. La mujer se tiró otro pedo y se sentó. Colocó la bolsa de plástico que cargaba en sus piernas, y comenzó a darse golpecitos en el estómago. Tratando de no hacer aspavientos, la chica que iba a su lado le preguntó tranquila: “Señora, ¿se siente bien?”. “Sí”, respondió por primera vez la mujer, mientras sonaba otro pedo.

Yo veía cada tanto a la mujer, sin ganas de incomodarla, pero en busca de explicaciones. Del otro lado del pasillo, la discusión ya había llegado a las mentadas de madre. Finalmente, saliendo de Niños Héroes, la mujer se levantó con la misma tranquilidad con la que había viajado y empezó a acercarse a la puerta. Antes de bajarse en Hospital General, se tiró otro pedo, ante la sorpresa de las pasajeras que no se habían enterado de nada.

Ya sin la mujer presente, empezaron las teorías. “Está enferma”, me dijo la chica de al lado con seguridad, “va al hospital”. Me limité a alzar los hombros. La pelea de enfrente bajó de tono y rayaba ya en los “¡es que aquí pasa cada cosa!” Volví a prender mi música. Batallé para llegar a la puerta y, entre empujones, bajé en Eugenia. Al salir, alancé a escuchar “pero no olía, ¿o sí?”

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Gabriela Astorga – @Gastorgap

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