#Monorriel. Lil’ Elvis and The Truckstoppers 1×05: la “ropa sucia” del Rey

por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Una de las caricaturas más perturbadoras que llegué a ver en Canal 11, del IPN, fue la producción franco-australiana Lil’ Elvis and the Truckstoppers; la secuencia inicial de cada episodio nos contaba que el pequeño Elvis, siendo un bebé dentro de un estuche de guitarra, era arrojado a las puertas de una parada de camiones desde un Cadillac dorado (específicamente, según el episodio 5 de la serie, un Cadillac Eldorado 58, aunque por las enormes aletas traseras del dibujo, más bien se trata de un Eldorado posterior a 1959). Grace y Len Jones, devotos admiradores de Elvis Presley, están convencidos de que el niño es hijo del Rey del Rock, y lo crían bajo esa creencia.

Elvis Jones, nuestro protagonista, es un niño “dotado” para la música, y junto con sus amigos, Lionel y Janet, forman a los TruckStoppers, banda sobre la que un empresario sin escrúpulos llamado W. C. Moore quiere echar mano para explotarla y convertir a Little Memphis en una atracción turística. Obviamente, el plan del malvado mercachifle descansa también en la creencia de que los Jones cuidan la “ropa sucia” del Rey.

El ya mencionado episodio 5, “I hate my own birthday” (Odio mi cumpleaños), nos muestra cabalmente el problema del chico: en una celebración que debería ser familiar, amorosa y encaminada a fortalecer la individualidad, Elvis Jones no puede escapar de la sombra de su padre. No Len, el hombre que lo cuida desde que era bebé (un bien intencionado padre putativo, no entregado a la carpintería sino a la mecánica), sino la de su verdadero padre, su padre celestial. La comparación no es una exageración mía: Grace pidió, ante un altar con la foto de Elvis, la llegada de un bebé la misma noche que el expósito fue lanzado desde el Cadillac fugitivo.

Mientras la mamá llora por el regreso del Rey al reino de los cielos cada que el hijo del hombre (su hijo, Elvis Jones, al que le dice que su padre no es su padre, sino otro señor al que adora a pesar de su irresponsabilidad) cumple años, W. C. Moore aprovecha la ocasión para armar un circo mediático con un guapo showman, famoso por sus “entrevistas hipnóticas”, con el cual consiga notoriedad como principal inversor en Little Memphis y salvador de este pequeño pueblo en vías de progreso. Ante la banalidad que rodea su cumpleaños, Lil’ Elvis sólo ambiciona poder surfear alguna vez en su vida.

En cada episodio, el niño se pregunta por su origen. Me imagino que, harto de hacer rodar la leyenda del Rey cuesta arriba, este Sísifo rockero sueña con un paso lateral que lo libere de su unidireccional destino. El pequeño Elvis se lo merece, todos nos lo merecemos: dar vuelta en redonda a una decisión (una que hayamos tomado, una que hayan tomado por nosotros) y decir “ya no”, “hasta aquí llegué”, “ya fui yo, ahora quiero ser otro, otro yo”.

Y, en cuanto al Rey del Rock, arrojando niños metidos en estuches de guitarra en medio de la noche… debería darle vergüenza, ¿eh?

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