#Monorriel. Phineas and Ferb 2x17A: Bullying a Tarzán

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Aunque es inevitable que el consumidor promedio vea con desconfianza las caricaturas de la casa Disney (por promover modelos patriarcales a través de sus cuentos de princesas, por ejemplo), hay que reconocer la frescura de proyectos que se alejan de las cursilerías de las Silly Symphonies, tales como Phineas y Ferb o Gravity Falls.

La primera, por ejemplo, no sólo usa un humor autorreferencial, que cuestiona su propia comedia como dibujo animado, sino que incluye una estructura narrativa tanto iterativa como compleja, en la que sus hilos (casi siempre dos: uno que involucra a los niños Flynn-Fletcher y su hermana mayor Candace, y otro protagonizado por Perry el Ornitorrinco) se entrecruzan y se afectan unos a otros de maneras repetidas y novedosas a la par.

Con esa desatención de quien confía en un producto porque lo conoce, estaba viendo el episodio “Cheer Up Candace” (Animando a Candace) cuando algo me llamó la atención poderosamente: una escena donde un tipo similar a Tarzán, rodeado de monos en un paisaje selvático, lanza el característico alarido del personaje creado por Edgar Rice Burroughs. La respuesta de los animales, sin embargo, no es la que esperábamos: los monos, cansados de este “mono feo”, que no encaja del todo en su sociedad de colas prensiles, lo miran con desagrado, cohíben su grito, le hacen bullying.

 

La escena ya había aparecido en mi imaginación antes, pero no de la mano de una caricatura gringa, sino de una pluma latinoamericana… venezolana, para ser exactos: en su ensayo Los comics y su ideología, Ludovico Silva dedica un apartado al Tarzán de las historietas, ese “agente de la CIA […], cuya misión es la de mantener en lo posible la situación de subdesarrollo” existente en el corazón del África, para que esta región cumpla su papel de “reserva utilizable por el gran poder imperial”.

Silva expone lo ridículo del sueño civilizador imperialista, en el que los nativos subdesarrollados se arrodillan al ver figurines europeos como Tarzán o El Fantasma: que los blanquitos se adapten mejor al entorno en el que civilizaciones enteras se han desarrollado exitosamente por siglos, al grado de convertirse en sus líderes, es francamente improbable.

Sin embargo, cíclicamente Tarzán regresa a las pantallas para recordarnos el gusto que tienen algunos humanos por someter jerárquicamente a la naturaleza y a sus mismos congéneres. No he visto aún la reciente versión del personaje, The Legend of Tarzan, dirigida por David Yates; pero mientras, el episodio de Phineas y Ferb nos ofrece una estampa ejemplar de qué es lo que pasa cuando un agente extraño llega a ejecutar, a la fuerza, su “civilización” a un lugar que no la ha solicitado.

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