National Geograffiti 1: notas para una columna de rock mexicano reciente

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Hablar de rock es un pedote. Es una cosa latosa, odiosa a ratos. Hablar de rock es meterse en pedos. Y hablar de rock mexicano es meterse en más pedos, porque hay que hablar de un problema desde la perspectiva de lo problemático.

Presentar, por otro lado, una columna sobre rock hecho en México es más fácil… no mucho más, pero sí lo es para uno como autor que nada más tiene que decir dos o tres bondades de su trabajo; y si alguien señala los errores de este ejercicio, sólo debo prometer estar más atento a mis metidas de pata.

Empecemos entonces a meternos en pedos por la parte fácil. Este espacio, que tratará siempre de poner textualmente un punto de referencia sobre el cual dirigir sus pasos, parte de algunas ideas sobre rock-pop que le han funcionado al autor (yo mero) a dar sentido a varias de sus observaciones como consumidor de música.

En una anterior colaboración a NoFM llamé al rock-pop “vanguardia de la juventud proletaria”; una licencia poética que está algo lejos de ser verdad, pero que funciona para sintetizar una definición más compleja. Lo llamé “vanguardia” porque la música anglosajona de los 1960 se presentó como un hecho sin precedentes –inentendible sin las contribuciones populares de décadas anteriores, cierto–, en el que se configuraron los grandes fenómenos culturales de masas.

Lo llamé “de la juventud proletaria” porque el mayor impulso de consumo de esta música vino de la identificación entre artistas y público joven, buena parte de ellos de estrato proletario, clases media-media, media-baja, baja-alta y así… Incluso buena parte de los artistas que encabezaban esta ola musical provenían de estos mismos estratos socioeconómicos.

El rock-pop es latoso por ser una cosa inclasificable en medio de tendencias bien definidas. Hablando al tanteo, la música popular resalta por su tendencia al género y, dentro de ese concepto, las aproximaciones entre los géneros suelen ir acompañadas por pequeños sismas o rupturas entre público y artista. Pero el rock-pop parece que nace de la fusión, de la incorporación de elementos inusuales a géneros perfectamente definidos. El rock-pop anda por la cuerda floja del linde genérico. Si no, ¿entonces cómo explicarse que en la misma palabra quepan productos tan disímiles entre sí como Led Zeppelin y Pink Floyd?

En resumen, el rock-pop comparte con las vanguardias de principios del siglo XX su carácter de novedad sin precedentes; destaca también por ser una expresión en apariencia surgida de las clases populares o, en caso de no ser así, sí impulsada por éstas. En la práctica, el rock-pop tiene más de una multitud de realizaciones que lo vuelven, más que un género, una categoría englobadora de géneros, un “género de géneros”.

Pero como las vanguardias de principios del siglo pasado, el rock-pop tiende a agotarse en sí mismo y a volverse institución y tradición. Hacer rock-pop hoy día no equivale a hacer vanguardia joven y proletaria, como pudo ser en los 60 o los 70, sino arriesgarse a hacer algo no nuevo o no innovador, algo “i-novador” o “desinnovador”. Por lo mismo, creo que el que busque rock-pop reciente esperando hallar el parteaguas generacional que revolucione la industria de la música, vive en otro mundo.

¿Qué hay que buscar entonces en la música reciente, particularmente en la música rock-pop mexicana? Yo digo que nada; es muy posible que el consumidor promedio no necesite más música que la que ya se hizo hasta el año pasado para tener con qué entretenerse por los próximos 30 años (o por el resto de su vida).

¿Qué hay que buscar entonces en una columna sobre música rock-pop reciente? Tampoco nada, claro. Sin embargo, ese “nada” del que hablo es una invitación descarada. La mayoría de las aficiones que he cultivado en mi vida han venido sin buscarlas; vinieron sin que buscara aficionarme a algún producto en específico. Como integrante de una sociedad de consumo, compro todo lo que se me antoja y, cuando voy con alguien que compra todo lo que se le antoja y me convida de lo suyo, entonces consumo lo que me comparten y así me la voy pasando bien día a día.

Lo que ofrecen los músicos recientes en todo el mundo es, básicamente, lo mismo: invitar al consumo de su música. La “propuesta” de este espacio entonces es revisar lo que hay para consumir, probar muestras de aquí y de allá como en pasillo de supermercado.

Y así como las marcas están obligadas a poner el valor nutrimental de sus chingaderas, junto con el contenido neto y algunas contraindicaciones y efectos secundarios, esta columna ofrece nada más una etiqueta informativa sobre lo que te vas a llevar a la boca… o a los oídos.

Hacer rock en México es arriesgarse a no hacer cosas nuevas. Eso es nuevo en un momento en el que la crítica está a la caza de las propuestas más novedosas.

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