#NationalGeograffiti 15: Días de radio, 1er graffiti de escándalo radiofónico reciente

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Por coincidencia, la radiodifusión enfocada a los jóvenes se vio sacudida por dos noticias el 21 de septiembre pasado: la salida del aire de El Triste Turno de Ibero 90. 9 y el ataque a Regeneración Radio. Incluso en el caso de El Triste Turno hubo réplica por parte de los conductores de El Resplandor, quienes denuncian inconformidades similares a las del espacio conducido por Antonio Espinoza y Leonardo Arriaga.

Estos episodios además ocurrieron en el mismo año en que la radiodifusión mexicana se cimbró por la salida de Carmen Aristegui de MVS, por lo que consideré conveniente dedicar un rato de verborrea en torno a graffitis nacionales radiofónicos.

 

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Ante la libertad de prensa, libertad de empresa

El 22 de marzo, luego del caso Aristegui, Tomás Mojarro en su espacio de Radio UNAM buscó profundizar un poco en la libertad de prensa. Vale la pena la tesis expuesta por El Valedor, tomada de un “analista” que, por ineptitud mía, no retuve si se trataba de Javier Corral o de alguien más. A continuación intento resumirla en sus puntos más útiles para esta columna:

1.- La libertad de prensa, a medida que el capitalismo se hace cibernético, concentrado en grandes empresas nacionales o multinacionales, queda reducida a una ilusión política para quienes no tienen capitales suficientes para copar la radio, el cine, la televisión, las editoriales.

2.- Los medios de comunicación son monopolizados por los empresarios que excluyen al pueblo del poder directo de las empresas, las instituciones y el gobierno.

3.- Cuando la información es mercancía, a la libertad de expresión le tapa la boca un director para que su periódico no choque con empresas que le prodigan la publicidad o con gobiernos que le ayudan siempre que publique lo que conviene”.

En resumen, ante la libertad de expresión de Carmen tenemos la libertad de empresa de MVS.

Una tesis a todas luces deprimente: mientras el modelo capitalista impere, la sociedad civil es susceptible de sufrir golpes en sus hábitos de consumo radiofónico como el que sufrieron los seguidores de Aristegui.

La libertad de empresa se acompaña del manifiesto menosprecio hacia el que no la tiene; MVS echó a Aristegui no sin antes desprestigiar la credibilidad de su equipo al acusarlos de abuso de confianza. Por su rudeza y hostilidad latente, el deslinde de MVS frente a la alianza México Leaks es el punto de partida para construir la nada despreciable hipótesis del manotazo autoritario desde Los Pinos.

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Aunque el estilo periodístico de El Triste Turno difiere significativamente del de Aristegui, el desprecio de los directivos hacia los colaboradores hermana estos casos tan disímiles; al menos por parte de Leo y Korno existe la denuncia de una reducción sistemática y sin aviso de su espacio radiofónico. La versión de los locutores de El Resplandor (así como un fragmento de entrevista con Anna Stephens, mencionado en un artículo de Proceso de Sara Pantoja) resalta la omisión de modales, formalidades y protocolos por parte de los directivos de la estación, a pesar de no ser una radio comercial.

Irónicamente, en el caso de MVS había en papel un intento de equilibrio entre la libertad de prensa y la de empresa: el defensor de los derechos de la audiencia, el ombudsman MVS, figura creada para mediar en disputas que afectaran a la empresa, a los colaboradores y a la audiencia misma. Pero la libertad de empresa de los Vargas les permitió “brincarse” las reglas de su propio juego y el ombudsman Gabriel Sosa Plata tuvo un papel irrelevante en el conflicto con Aristegui.

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¿Qué hacer entonces, como radioescuchas, frente a la libertad de empresa? Parece que nada, salvo lo que a algunos de nosotros nos recomendaron nuestros padres cuando, de niños, adquiríamos un hámster por mascota: no encariñarse mucho con los programas, porque no viven tanto. Un espacio que denuncia los conflictos de intereses en los que incurre el presidente puede desaparecer entre humo y espejos al igual que un programa donde dos chavos se burlan soezmente de todo lo que reportan las agencias de noticias.

Sin embargo, algo debo estar omitiendo: algo me está haciendo falta entender que, por perdido que ande, puede ser el destello de esperanza necesario para pintar una sonrisa al lector. Porque, la verdad, el que escucha la radio soy yo; yo les doy audiencia a aquellos tartufos vendedores de refrescos y compradores de votos y yo también se las puedo quitar. Me parece que, lejos de ser slogan de Profeco, eso es lo que llaman “poder del consumidor”.

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