#NationalGeograffiti 31: No hay malas bandas de rock, hay gustos mamones

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Estimado lector, nuevamente este columnista de poca monta quiere abusar de tu paciencia para sugerirte un ejercicio inútil, pero como para él (o sea yo, pero en tercera persona) son mamadas bien trascendentes… bueno, ya ves cómo es ese güey desconsiderado.

Piensa en una mala banda de rock-pop… Fácil, ¿no? Bueno, ahora subamos la apuesta: piensa en una mala banda, pero por “mala” nos vamos a concentrar en un nivel técnico, o sea, piensa en un cantante particularmente desafinado, en un mal guitarrista o en un mal bajista o en un mal baterista, en una sucesión de acordes incorrecta para la escala en la que esté la melodía; cosas así. Y con “malos” guitarristas, bajistas o bateristas, tampoco estamos pensando en fulanos que no puedan hacer solos de muchas notas bien rápidas a lo Joe Satriani; más bien pensamos en gente sin destreza alguna, que pisen el acorde incorrecto, que pierdan el impulso rítmico de las canciones, etcétera.

Si al pensar estas cosas te pasó lo que a mí, entonces habrás concluido que no hay tantas malas bandas como creías; o bien, lo que las hace malas no tiene que ver con cuestiones técnicas realmente. En el rock-pop hay casos de colores de voz que no son agradables para cierto público; también hay colores de voz muy bonitos pero con una técnica deficiente para cantar (gente que no puede controlar su emisión de aire y se desinfla pronto, o que no sabe cómo dirigirse a los resonadores naturales del rostro para producir un canto sonoro y reluciente con el menor esfuerzo posible); en la música popular, estas cuestiones técnicas se van descubriendo conforme se gana experiencia y, a veces, los artistas populares arrastran por mucho tiempo taras técnicas que llegan a considerarse virtudes incluso.

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El punto es que nada de esto nos amedrenta a la hora de escoger a nuestras bandas favoritas. Nos quedamos con las rolas que nos conmuevan, que agiten nuestros estados anímicos sin importar cómo ni por qué y a esa banda le decimos “buena banda”. En cambio, a las que no consiguen eso las menospreciamos y en algunos casos hasta las rechazamos enérgicamente.

Con los aumentos del poder adquisitivo de muchas familias y del nivel de escolarización de las sociedades en general, hay entre los intérpretes de música rock-pop actuales un nivel técnico mayor que el que había entre los exponentes originales del género. Acude a nuestra mente esa analogía que se convirtió en título de un disco de Oasis, “pararse en los hombros de los gigantes”, que nos dice que sin los intentos rudimentarios de los primeros, los grados de sofisticación de los segundos y terceros no hubieran sido posibles. Esta reflexión viene a cuento porque recién he pasado por algunas experiencias que encuentro curiosas, una serie de fenómenos en apariencia aislados que, por otra parte, pueden estas más vinculados de lo que se ve a simple vista.

De regreso entonces con lo del más alto nivel técnico de bandas recientes, creo que eso permite que existan un número altísimo de bandas de un nivel de ejecución decente, las suficientes para ponerlas a puños en el cartel de un festival de rock. Y de regreso a lo que decía sobre nuestra idea de “mala” y “buena” banda, participamos en una jerarquización constante, donde las bandas que más nos gustan aparecen con letras más grandes en el cartel, cierran el festival en una especie de Prime Time de los conciertos masivos y nos frustra tener que soplarnos las presentaciones de grupos que no conocemos y no nos interesaba conocer.

Tras el nuevo talento que la gente abuchea en un Vive Latino, tras las reseñas positivas del espectáculo que otro nuevo talento dio en un festival más modesto, tras la controversia porque una banda joven abre el concierto en el Foro Sol de una de las figuras fundadoras de nuestro género de géneros, se esconde el mismo principio jerarquizador y el mismo fenómeno de desarrollo técnico. El resumen de esta reflexión es que, en general, no hay bandas malas, hay público mamón; mamón entendido, si la retórica o la semántica me lo permiten, como sinónimo de “particular” o “singular”.

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A partir de esta conclusión parcial vienen otros temas para pensarse: cuáles son esas cosas más allá de las habilidades técnicas que nos permiten hablar de buenas y malas bandas de rock, por ejemplo; o si existe algún tipo de manipulación de algún poder invisible (o visible) en torno a la elección de las bandas “buenas” por consenso generalizado. Reflexiones como las reseñas de festivales (Marvin, Nrmal, Corona Capital, Vive Latino, Ajusco, etc.), notas sobre el ascenso de una banda (por ejemplo Apolo, agrupación sobre la que hay una opinión generalizada de “buena banda”), o el debate en torno a los teloneros de los Stones se verían, si no beneficiados, tal vez aderezados por un ejercicio como el que sugieren estas líneas.

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