#NationalGeograffiti 37: Contra la caballerosidad restrictiva

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

Un hombre va de pie en el metro frente a un asiento ocupado. El metro va lleno (o sea que hay más hombres de pie aparte de él) y en una estación X, la persona que está sentada frente al hombre se levanta. El hombre en lugar de hacer una maniobra breve para sentarse y despejar el pasillo para que el que sale salga y los que entran entren en el menor tiempo posible, decide mirar a su alrededor buscando mujeres. Finalmente encuentra a una y le habla; esta acción le toma dos intentos porque la mujer, de atractivo modesto pero indiscutible, trae audífonos y viene aferrada a un tubo lateral cerca de la puerta (podría recorrerse más, pero no alcanza los tubos altos).

El hombre en su gesto caballeroso impide que los demás se recorran u ocupen el asiento vacío, a base de erguirse, de abrir las piernas, de no mover más que su cuello y sus ojos. El desplazamiento de la mujer bajita ocasiona que quienes salen choquen con ella y que el aglutinamiento de gente en la puerta sea mayor. Pero contra todo pronóstico, la mujer llega al asiento y le da las gracias al caballero, que sigue de pie frente al asiento.

El tren abandona el andén y, mientras llega a la siguiente estación, se vuelve escenario de un intento de conversación. El hombre llama la atención de la mujer sentada, que no puede volver a ponerse los audífonos porque su caballero de blanca camisa le viene diciendo cosas como “Es que ya no hay caballeros, ¿verdad?” o “¡Qué calor está haciendo!” o “¿Ya a descansar?”. La mujer que empezó respondiendo con igual cortesía se empieza a desesperar y, conforme avanza el tren, deja de formar oraciones y se concentra en monosílabos y movimientos de cabeza para responderle al platicón.

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En algún lugar de su retorcida mente, este hombre pensó que la caballerosidad estaba antes que la practicidad y antes que el derecho de la gente de usar un asiento en el metro. No solo eso, también pensó que la caballerosidad le daba derecho a entablar una conversación no solicitada con una mujer sola en el transporte, lo que en algunos contextos podríamos considerar como acoso. El tipo habrá vuelto a casa con la conciencia tranquila, e incluso con el estímulo moral de haber hecho algo sobresaliente; cederle el asiento a una mujer “desprotegida”. Y no habrán faltado testigos que, en lugar de pensar en lo estorbosos que resultaron sus modales para quienes estaban más cerca del asiento y no pudieron ocuparlo, o para quienes estaban por salir y tuvieron que hacerlo entre empujones luego de darle oportunidad a una mujer que andaba en sentido contrario rumbo a un asiento, habrán pensado que el hombre era un ejemplo de civismo.

La caballerosidad es un atavío cortesano. Sin duda conviene ser un caballero en muchos casos, pero esos caballeros coquetos de las novelas de Chretien de Troyes andaban solos sobre sus caballos, sin un alma a la redonda, mientras que los modernos andamos rodeados de gente casi todo el tiempo, en transportes públicos para los que el concepto de espacio personal es un lujo incosteable.

Por otro lado, las normas cívicas internas de cada lugar que pisamos están (y si no lo están, deberían) diseñadas para sobrepasar la caballerosidad individual. En el metro hay asientos reservados; eso quiere decir que si el usuario es anciano, mujer embarazada, con niños de brazos o persona con discapacidad, puede acercarse al asiento reservado, con toda confianza y cortesía, y pedírselo al fulano o fulana (joven, sin hijos a la vista y de condición física óptima) que lo esté usando.

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Claro que esto no limpia las faltas de quienes son responsables del transporte público y del transporte concesionado (poca señalización, instalaciones y unidades en malas condiciones, espacios no habilitados para grupos vulnerables, escasa vigilancia, etc.); sin embargo, los ciudadanos podemos hacernos, en conjunto, los recorridos más llevaderos. Podemos volver al concepto de otredad (que puede ser no sólo el tema de un ensayo sobre Borges) y abandonar esas muestras de caballerosidad parcial como la del estorboso de la anécdota, que no dudaría que parten de una visión estereotipada del mundo, en donde las mujeres son seres inferiores que necesitan protección masculina en un mundo genéricamente hostil.

La vida del hombre caballeroso moderno requiere de serios ajustes, por ejemplo ser cortés y ágil de movimiento para no estorbar al que viene atrás o a los lados. Podemos pausar nuestras conversaciones a pie cuando subimos por una escalera estrecha y alguien tiene más prisa que nosotros. Quitarse de la puerta, colgarse la mochila al frente o ponerla en el suelo en transportes públicos atiborrados de gente, evitar recargarse en los tubos, recorrerse hasta el fondo cuando se entra primero al autobús o al tren, no apartar lugares y otras consideraciones similares me parecen actos más nobles, de verdaderos caballeros, que andar exhibiéndose como paladín de las posaderas de una mujer desconocida.

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