#NationalGeograffiti 6: DLD y el campo léxico de la deshonestidad musical

Por Christopher Nilton Arredondo
@niltopher

 

Hace algunos meses la prensa mexicana tituló sus notas sobre el lanzamiento de Futura, el nuevo álbum de la banda DLD (otrora Dildo), con encabezados que contrastaban la fama de independientes que durante mucho tiempo ostentaron los del palíndromo de las consonantes, frente a su más o menos reciente alianza con Sony Music.

Si El Universal y La Jornada se presentan en el imaginario del mexicano tan políticamente opuestos, en el caso de la sección de espectáculos, ambos abordaron la nota del disco nuevo desde el apoyo que puede traer un contrato con una disquera al proceso creativo de una banda independiente.

Estas notas me hicieron pensar en la importancia que tiene para el público la presencia de una gran disquera en la calidad del producto auditivo que ofrece un grupo de rock. No me refiero a la producción, que de seguro ha de ser mejor (hay más lana, hay más y mejores chucherías para grabar música), sino a lo que tiene que ver con la composición de las piezas.

Lo que nos ha enseñado el cine y la tele acerca de la industria de la música es que, en cuanto firman un contrato, los músicos (almas nobles y creativas) le venden su alma a un diablo que les dice lo que deben hacer: los temas a tratar en las canciones, los arreglos e instrumentaciones de sus composiciones, la duración de sus presentaciones, etcétera. Esto es presuntamente cierto si nos atenemos a una larga lista de anécdotas rockeras que tratan sobre la relación entre el productor y los músicos. Las hay de pleitos a muerte, aunque también de trabajo armónico.

Pero el caso DLD es otra cosa; un ejemplo de un fenómeno curioso en el que el consumidor expresa su rabia contra artistas que solía admirar por una decisión administrativa o de mercado. El motor del enojo suele expresarse con una serie de términos que constituyen un campo léxico de la deshonestidad musical: originalidad, comercialización, vender (se), traición. El músico que firma con la disquera “se vende”, “pierde originalidad”, “se vuelve comercial” y así.

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El argumento recurrente de los detractores del Futura es su “sonido comercial”; basta un chapuzón a la sección de comentarios del YouTube (práctica de investigación dolorosa, que tras una exposición prolongada te deja con una fuerte jaqueca y desprecio por la humanidad) para ver reiterados reclamos a la banda por su “traición” al rock. Es posible que el consumidor mexicano, acostumbrado a corruptelas en otros ámbitos como la política, crea que las facilidades de un contrato millonario con un sello discográfico, así como la cobertura de medios de información, vengan acompañadas de una agenda maligna que debe cumplirse.

La agenda de la maldad, según mi teoría al vapor, abarca temas como la promoción de un entretenimiento evasivo y poco crítico, el respaldo a ideologías dañinas para las clases populares y hasta el apoyo descarado a cierto grupo político. En otro escenario, la agenda del mal sólo involucra dinero: vender mercancía que le caiga bien a todo mundo, lo cual conlleva un rechazo a cualquier compromiso estético-moral y también a la individualidad, la espontaneidad y la originalidad de los consumidores.

Hasta aquí, la desconfianza del fan es justificada. Sin embargo, ese fan tendría que empezar a preguntarse si esa ideología dañina no era parte de la propuesta estética de los artistas desde el principio o incluso del género que interpretan; si el entretenimiento que consume con más frecuencia es realmente crítico o si las posiciones políticas de los artistas son constantes o se contradicen regularmente. También conviene que el fan que acusa de traición al artista se pregunte por el papel de los productos culturales en la sociedad actual, con la intención de formarse una idea de la relación artista-dinero.

DLD

Y si mi palabrería los convence, propongo que estos ejercicios introspectivos se acompañen de una intención descriptiva. Crear categorías no para censurar una y promover otra, sino para saber que hay más de un camino transitable.

Y volviendo al ejemplo particular de DLD, tras escuchar el Futura creo personalmente que no hay por qué preocuparse de la corrupción de la propuesta musical: Dildo, de los álbumes Dildo y Modjo, eran una banda de rock-pop de estilo anglosajón, con arreglos basados en bajo/guitarras/batería, sin descuidar al vocalista y las letras, una “banda americana” setentera o algo así. Mientras que DLD, del Futura, es una banda de rock-pop de estilo anglosajón basados en bajo/guitarras/batería y sintetizadores, sin descuidar al vocalista y las letras, una banda “brit pop” dosmilera o algo así.

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