No basta con el amor: una crítica a Call Me By Your Name desde el Sur

por Roberta G.
y
Emma Álvarez Brunel
@EmmaAlBru

Este texto no es una crítica de cine. Busca aportar una visión más sobre lo que se ha escrito sobre la película Call Me By Your Name. Nuestra intención es poner sobre la mesa una crítica sobre las narrativas predominantes en las películas que abordan las relaciones no-heterosexuales, principalmente desde el Norte global.

Nos interesa aportar a la discusión, pues consideramos necesario hablar de las limitaciones que tiene el cine mainstream, las historias, estéticas y valores que plasma, que hacen sencillo que el público en general reciba con agrado la temática LGBT, pues representa cuerpos y culturas hegemónicos, en los que no nos reconocemos. Estas no son una representación más dentro de la pluralidad de posibilidades, son las representaciones que predominan en los medios de comunicación y en las aspiraciones sociales: los cuerpos blancos, ricos, intelectuales, cultos, europeos, privilegiados por su posición social y dentro de las dinámicas de la monogamia romántica.

En el caso de los protagonistas de la película, su sexualidad no heterosexual pasa casi desapercibida frente al resto de las características que les conforman. No parece implicar un problema en su entorno, por el contrario, el conocerse, enamorarse y enrollarse se muestra como algo hermoso, digno de admiración. La trama sucede en un lugar sumamente bello, en paisajes, naturaleza, arte y arquitectura, en un periodo vacacional dedicado a la música, la historia del arte, a contemplar la vida y pasar el rato en diferentes espacios de relajación (lagunas, albercas, mar, praderas y bellos pueblos italianos). Entre tanta perfección se nos olvida que su amor es secreto y se esconde del resto de las personas. Pasa inadvertido que es una relación homosexual, que en muchos casos representaría conflicto, incluso violencias, con la familia y el entorno social. La palabra gay se usa una sola vez en toda la película, para hacer referencia a otra pareja. Lo homosexual o raro de la relación no se nombra nunca. Al contrario, en algún momento el papá exalta la belleza del amor de Elio y Oliver. Todo alrededor de ellos parece perfecto.

A pesar de que es una historia que se desarrolla en el norte de Italia, lxs protagonistas no entran en contacto con la gente del lugar y hay solo un par de personajes locales: las sirvientas que intentan hablar de política (hablan de Bettino, apodo popular para nombrar a Craxi, primer ministro de Italia de 1983 a 1987) y la pareja de amigxs de la familia, invitadxs a comer. La representación de lxs italianxs refleja una jerarquización cultural y clasista muy común en Europa: lxs italianxs son un pueblo ignorante y “sentimental”. Ignorante como las sirvientas que, a pesar de intentar hablar de política, a través de preguntas un poco obvias, hechas en un dialecto lombardo***, no lo logran porque las interrumpe la dueña hablando de tortellini (un tipo de pasta); sentimental como la pareja (el hombre es un misógino que calla a su esposa), ambxs ruidosxs y escandalosxs. Son una representación burlona muy típica, de un intento de intelectualización de un pueblo que se considera todavía muy sencillo.

El contraste es evidente: hay una distancia “racional” en la familia de Elio, una distancia frente a las pasiones terrenales, que se puede explicar sólo a través del nivel cultural “elevado” que permite la racionalización de los sentimientos. Los padres del protagonista no demuestran otro sentimiento que no sea tranquilidad, paz y diversión, condimentada con libros y referencias en cuatro idiomas (inglés, italiano, francés y alemán). Como si esa racionalidad estuviera intrínsecamente vinculada con el respeto a la diferencia.

Intentan convencernos de que tal historia de amor homosexual sólo podría darse en esas condiciones tan “elevadas”, que no coinciden con la Italia de los años 80.

No es una historia emocionalmente atractiva y el hecho de que muchas personas se hayan sentido atraídas por esta película responde a que por fin se habla de una pareja homosexual “normal”, sin enfermedad, sin violencia o conflicto con el entorno, que vive una historia de romance como una pareja hetero. Hay una sexualidad y afectos discretos, incluso con poesía –call me by your name– y donde también lxs heteros se pueden identificar, como si fuera parte del género de “novela de formación”, que no genera ni un poquito de reflexión sobre las sexualidades de los años 80.

Tanto Oliver como Elio utilizan a las mujeres, disfrutan de la compañía de ellas, pero cuando pierden el interés dejan de buscarlas, sin explicaciones. Elio afirma que estaba ocupado y Oliver ni se despide. A pesar del trato, Marzia declarará su amor eterno a Elio, reproduciendo como siempre el papel de la mujer sumisa, perdonando los errores del hombre del cual está enamorada. A esto se suman sus roles cotidianos en la casa, enfocados en pensar, estudiar, leer, tocar instrumentos musicales y disfrutar de la vida, mientras las mujeres del hogar (la madre o las trabajadoras domésticas) les atienden en el resto. Su tiempo libre es para ellos, nunca para otrxs.

La narrativa de la película está atravesada por un amor tierno, que se confunde con la amistad. La tensión sexual es tenue (no exagerada, no explícita), sin llevar a los personajes a exponer demasiado su intimidad y sus afectos. La discreción en su relación es clave para entender lo bien aceptado que puede resultar para el público en general un amor entre dos hombres. Parece no haber conflicto en ellos, ni por vivir un romance homosexual, por comprender su identidad sexual o por la homofobia que pudiera existir. La historia parece desarrollarse perfectamente, donde lo único importante es esa tensión entre ambos, ese coqueteo constante pero sutil, que no incomoda a nadie, ni genera disgusto entre lxs amigxs o la familia, por el contrario, es recibido con ternura y admiración por el padre. El padre, en un diálogo con su hijo Elio, exalta el amor con Oliver, lo celebra como un privilegio que pocxs alcanzan a vivir.

Nunca hay conflicto por el amor en sí, el problema es que, desde un inicio, se sabe que el idilio tiene el tiempo contado, una fecha de final. El amor perfecto es roto por la distancia, para convertirse en nostalgia.

Lo que contagia de amor a todo el mundo es la belleza de la historia y de los personajes. El problema de la homofobia y el miedo a romper con los valores de la sociedad heterosexual parecen no tener relevancia, hasta que llega el final de la trama, cuando Oliver confiesa que se va a casar, dejando en el olvido su historia veraniega de amor homosexual.

Esa nostalgia final borra una historia de abuso por parte de Oliver sobre Elio, al mentir sobre su relación amorosa y el compromiso de matrimonio con otra persona. Haciendo invisible la constante en las relaciones gay: el uso de los cuerpos para el disfrute individual, sin ninguna ética afectiva. Una constante que, generalmente, no se pone en cuestión ni se señala; pasa desapercibida.

Si bien, el concepto de “cine gay” o “cine LGBT” no tiene mucho sentido, también es cierto que la atención que ha recibido esta obra como parte de este rubro nos hace pensar las necesidades que existen de cuestionar cómo lo gay se ha instrumentalizado para reproducir ciertas hegemonías (Occidente, los cuerpos blancos, el amor romántico, las élites económicas, el clasismo). Call Me By Your Name, para nosotras, representa más de eso. Un cine que encanta porque no escandaliza; que no rompe esquemas y no cuenta otras historias. Normalizando afectos que históricamente han sido marginados, disfrazando de heterosexualidad lo que antes no cabía ahí, cubriendo lo gay de cuerpos blancos, masculinos, intelectuales, ricos y sexistas.

Autoras:
Roberta G. nace en Italia, vive en México desde hace 4 años y se encuentra momentáneamente en Coimbra (Portugal). Es parte de varias colectivas transfeministas.
Emma Álvarez Brunel, es miembra de la Colectiva Manada de Jotas y el proyecto Joterismos: feminismos jotos y analquismo.
Se conocieron en espacios de crítica al amor romántico y apuestas políticas contraamorosas.

*** Utilizamos la palabra ”dialecto” no en manera despectiva, sino para subrayar precisamente la cuestión política detrás de esta decisión. El director de la película escogió voluntariamente la caracterización de lxs personajes: la familia de Elio habla varios idiomas reconocidos/oficiales, mientras que las sirvientas hablan el dialecto de su región. Lxs autorxs de este artículo reconocen la importancia y la riqueza de las lenguas de todos los territorios, estamos a su vez conscientes que el término “dialecto” se utiliza para referirse a un idioma que tiene un estatus de subordinación con respecto al idioma de dominación. Italia mantiene una riqueza lingüística que varía en cada región y en cada provincia, a pesar de esta riqueza solo pocos “dialectos” han sido reconocidos institucionalmente como idiomas. El dialecto es asociado a una falta de escolaridad y de cultura, el idioma italiano ha sido vehículo de homologación cultural para crear una identidad nacional que no existía. El no reconocimiento ha conllevado a una pérdida del uso de estos dialectos/idiomas.

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