No es bonito, pero es real. Festival Nrmal 2018

por Benjamín E. Morales
@tuministro

Fotografías de Pericles Sánchez
@PericlesDiceQue

A Juan Leduc, que extrañé.

Y cuando vi al enano pensé en la soledad, en cómo la vida es tan parecida a bailar lentamente una canción de amor cargando el peso de un cadáver fresco y tibio, casi hermoso, como pareja. Así mi Nrmal.

Todo el día me había demandado, a manera de rezo, dime algo importante de la vida, dime algo que valga la pena, piensa en todos, escucha con claridad y entiende. La noche anterior olía a galletas recién horneadas, y lo primero que imaginé es que los ricos así viven, en un mundo extraño de ángulos bien pensados y luces periféricas argumentadas para crear un ambiente de exactitud, y que todo huele a galletas porque a eso huele el interior de un paréntesis terso rodeado del oprobio generalizado, y hace rato la señora que nos ayuda con la limpieza me contaba de su resfriado, y ahí el redoble del humor de la desigualdad. Era llegar al Showcase Levitation 2018 de Beyond presentado por Nrmal en Pinche Gringo Warehouse dentro de Polanco. Y era, más o menos, perderse entre miradas durante las siguientes 24 horas. Pero Club de surf ya no podía del calor y sus últimos alaridos estaban complementados por la desvariante frecuencia cromática que toda la noche pintaría las paredes de la bodega en el segundo piso del lugar donde las sombras serían las protagonistas pues las sombras en los conciertos son las sombras en los conciertos, alargadas en el piso y extrañas, como la música, y las sombras en los pisos de los conciertos son más parecidas a la música que a la luz o a la oscuridad y Los Mundos salieron al escenario y pensé que me iba a quedar sordo, cuando en realidad me estoy quedando sordo, por lo menos de un oído, y demostraron que no hay amplificador que merezca un instante de respeto, y que más valdría pensar que cada una de esas cajas sólo vale si ha implotado a base de minutos malsanos de conspiración y transpiración: Rompe Tu Guitarra. Y pues lo comprobé de una y definitivamente, los Holy Wave no me podrían ser más ajenos -a pesar de que el menonita de los teclados traía una hermosa camiseta de The Wall-, sus sombras no se mueven a mis ojos y se quedan sólidas y me es fácil encontrar contornos e ideas, y eso me aburre profundamente, lo que sí me interesó fueron los golpes que se armaron a un lado del escenario, que seguí irresponsablemente desde el patio de fumadores y vi concluir entre guardias de seguridad, hombres desorbitados y mujeres en pie de guerra, una escena barroca de unos instantes que me cuadró para el inicio de Ringo Deathstarr y sus sombras salvajes. Si todas las bandas buscaran lo que busca ésta, pensaba, en algunos instantes parecía que las paredes y el techo, en vez de vibrar, corearan al trío sanguinario que, sin alardes o manual de lo que una banda demente debe hacer en el escenario, hicieron todo lo que una banda demente debe hacer en el escenario, y fue hermoso y caótico y malo para las orejas pero bueno para el corazón, pues no se pierde entre pausas el aliento a orgía que siempre despierta este fin de semana con el Nrmal y sus noches, más bien se intensifica en ese momento de quedarse pensando en cama y seguir dándole vueltas a las sombras que entre las sábanas son más claras en una habitación dentro de una casa que durante meses no tiene agua, pero eso sí, entre sábanas, y ahí de nuevo el redoble del humor de la desigualdad, ese que es tan pronunciado, como son pronunciadas las barrancas de Santa Fe que se ven sarcásticas cuando uno se dirige al Deportivo Lomas Altas, cumbre de la hípica y el alto calibre en la CDMX. Y tal vez debiéramos respirar e ir por partes. Listo. Uno, dos, tres. En esta sombra de texto también hay gradaciones, noches y días, el césped tan verde y, claro, en algún punto un enano y la soledad, algo importante de la vida. Me propuse ver a todas las bandas mexicanas del cartel del Nrmal, fueron cinco. Norwayy resultó una experiencia no esperada y mucho más potente en vivo de lo que su trabajo en estudio puede anunciar, un sonido grueso, de momentos suave y de momentos afónico, que llenó cabalmente el escenario principal, y cantaban en inglés, justo como Sailawway con su pop fino y bien decodificado, que puede llegar a sonar demasiado parecido a sus figuras tutetlares, pero bien y sabroso y ante todo lindo y de una emoción infantil patente, tanto por estar en el festival como por hacer música, que contagiaba y se aplaudía, y cantaban en inglés, justo como Ethics, que me sorprendió y a los que pensaba sólo dedicarles unas rolas, pero no contaba con que esas rolas parecían no tener final y el ritmo y el infernal disco que propusieron me llamó tanto la atención que asumí el “de aquí soy aunque no baile” tan de lleno que los aplaudí hasta el final, y cantaba en inglés, justo como Sol Oosel, Gustavo Mauricio, Catsup o como se llame, al que francamente le vale verga, que por eso me cayó bien o casi me conquista, y es más punk que muchos de los punks que yo conozco y se subió al escenario a molestar con su crisis de la mediana edad, deambulando por el escenario en estado de cruda letal, desconcertando al respetable y soltando frases muy New Age estilo “There Seems To Be More Than Five Senses” y otras mamadas por el estilo musicalizadas a base de tronidos digitales y bases ritualísticas que sonaban a bar de otras películas más independientes que el Alicia y claro que más cercano al Arte que al público y mucho más cercano al Euro Dance que al Arte, y cantaba en inglés, justo como no lo hacía Smurphy pues no cantaba, pero vaya que lo hacía, y desde el lado más perturbador de nuestras mentes y sin reparos contra el susto entregó un set alucinante, digno de orgía en cuarto oscuro berlinés de posguerra exclusivo para soldados soviéticos y sobrevivientes de los campos de concentración, y en su brutalidad me refugié y en su brutalidad encontré de lo mejor del festival y en su brutalidad reconocí que no importa el género, si la música alcanza al inconsciente entonces la música ha triunfado aunque tú estés pagando las consecuencias de ese acto de violencia, y con sus bailarinas en coreografía de ciencia ficción la DJ dijo aquí estamos y no es bonito pero es real, algo importante decía y no sabía si podía entenderla, pero vaya que cantamos. La tarde seguía, como hacen las tardes casi siempre o casi para todos, y también había gente que comenzaba, y en el mundo, como en las tardes, también terminaban gentes y palabras, porque dime algo importante de la vida, y del contingente hispanoparlante sin problemas para saborear sus propias sílabas, escuchamos a Mula rodeados de perritos que, echados o dando vueltas o buscando a sus dueños o encontrando otras caricias, escucharon junto a nosotros al trío de fina estampa tropical, que a base de merengue, drum and base y más melcochas, fueron ovacionadas por el público como no me imaginaba que llegaría a pasar, y bien ganado y grandes gafas de las gemelas encargadas de los micros, porque así los escenarios, rotando y sin puntos de fuga, más cercanos a esferas de colores que van subiendo y bajando, o a burbujas de jabón que, por cierto, no se dieron a desear y cubrieron al público durante toda la tarde, esto dicho simplemente para la tonada anecdótica y más o menos resuelta del ambiente familiar y muy armónico, mismo que Miss Garrison supo explotar y arrastró a nuevos alcances; podría decir incluso que el grito del festival se lo llevó la banda chilena que entre bases y secuencias recordó que el continente está en uno de sus mejores momentos para perderse entre los pájaros que se han encargado de refrescar el follaje sonoro del que, por cierto, me llevé la mejor de las sorpresas, porque hablando de follajes tenemos que celebrar las raíces, y si de raíces hablamos pues el golpe de savia e historia comienza con el alarido que versa desde la tierra y entre los grumos de toda nuestra cultura, ese que dice “un fuego de sangre pura que con lamentos se canta“, y en el escenario tal vez lo mejor de toda la tarde y venía de Colombia y se llaman Dub de Gaita, pero más precisamente Los Gaiteros de San Jacinto, y vaya vaya, si de trinos maravillosos y descubrimientos y dolores profundos y mal comprendidos se trata pues no podemos enunciar nada más, de tanta carne, huesos y sangre los otros debieran hablar, y de esas flautas, que no son flautas, pero que para mejor comprensión diremos que lo son, que como de flautas no tienen nada y más de espinas y del sudor de tantas y tantas generaciones que eso ya suena más a viento y a paisaje y como si me pasaran la punta de un cuchillo por la espalda me quedé paralizado y lleno de agradecimiento, casi sagrado el momento que hasta celebró un trío compuesto por un japonés y una holandesa y una francesa que evidentemente venían de sus clases de bailes folclóricos de a mil euros y que le saben a eso de soltar la atarraya y mover la cadera como vaca al trote y de cantos de los suyos bien profundos deben saber, pero no dejaba de ser ridículo verlos saltar como pulguitas pálidas mientras la catedral verde del dime algo importante de la vida brillaba a base de cueros y maderas y voces ásperas de las que se irán perdiendo, y respirar, uno, dos, tres. Pues los órdenes y las cronologías ya no son evidentes, como los rostros o los límites entre los que se compone un público, que para cierta hora ya era una ingente masa de carne o una sombra armada de bocinas, y claro, un enano, pero que aún no llega, o más bien ya se fue, porque en realidad a la izquiera del ojo Felix Kubin, al que primero catalogué de Dj Mareatetos o intento fallido de sketch de SNL, me resultó una sorpresa gratísima y al que me llevé de tarea obligatoria, tanto por su talento como por su carisma que hasta me sorprendió armando el Air Piano más fino que nunca haya visto, todo entre burbujas bajo la noche ya bien cerrada en un Nrmal que recibió poca generosidad por parte de la “alta crítica” y que sin duda acotó este tipo de experiencias pero que yo no puedo dejar de agradecer, aunque fueran a cuenta gotas, pero ahí, puntualmente sorprendido como un gato viendo un punto de luz roja, como un marihuano viendo a Sleep y sus rugidos bestiales que uno podía sentir en la piel pues eran para sentirse frente a ese ecenario tan digno de las batallas milenarias de los decibeles donde bajo es más bien tuba y guitarra más bien sección de cuerdas y la batería un tropel de caballos en carrera salvaje a ese precipicio de perfección árida llamado Cornelius y su filo samurai de poco alarde pero letal ejecución que por una hora no dejó escapar una nota pues el hilado de su show no permite error y los visuales son el show y claro, mi rockerito mamila del corazón me dice al oído que si se celebran tanto los visuales algo huele a podrido, pero uno debe abrir el alma y entender que si algo se pudrió en Cornelius fue hace mucho en Hiroshima y que no es su culpa y todo mundo está tratando de sobrevivir el caos, o entregarse a él, u omitirlo, como yo, que ya no tenía ganas de más, que me quería sentar, que quería hablar con un querido amigo, que no entiende el afán de celebrar a una banda como Explosions in the Sky, y como música de fondo, pues no la entiendo más que en esa dimensión de elevador, claro que de elevador directo al psiquiátrico, me fui a dar vueltas y a ver árboles que, no sé si lo han notado, pero con la iluminación perniciosa de las eventualidades humanas siempre toman una pinta macabra y de amenaza y me gustan porque me recuerdan al enemigo y se acababa el Nrmal, pero no sin antes regresar unas respiraciones y, muy intencionadamente olvidarme de Of Montreal que todos mis respetos y demás pero me mató de hueva porque no soy fan la verdad y no veo por qué debiera empezar a serlo y si una banda no me da argumentos en el escenario no tengo ganas de entregarle más de mi tiempo y sí muy bonitos y muy de falda y muy bailadores pero para fans y lo que me ilusionaba me revolvió el estómago al final, como ver a un perrito recién nacido y tener la emoción en la garganta para que te digan que tiene hidrocefalia y se está muriendo y así para qué el tiempo y la emoción y la piel esa podridita frente a tus ojos, con falda o sin falda, y tras regresar en estas respiraciones estamos junto a un enano viendo a Mac DeMarco y estamos enamorados: dime algo importante de la vida. Una pausa porque el césped era tan verde y ahora no podemos dejar de pisotearlo y celebrar su destrucción como debemos celebrar la destrucción del nuevo ídolo de la diastema y productor del Pop más a la David Lynch que se puede encontrar, claro, sin arriesgar el pescuezo de más, porque ese es un terreno complicadón, pero claro, fue grosero, fue un desastre, fue descuidado, fue el bufón suicida en potencia que siempre ha sido, pero claro, se enfrentó al publico de naricita parada y mucho “paladar musical”, la comentocracia que celebra la masturbación compulsiva de Explosions in the Sky o la falta de una gota de emotividad de Cornelius o la densidad más o menos grotesca de Sleep o lo que haya sido esa fiesta boba de Of Montreal, pero si un tipo se planta en el escenario y dice que va a rockear un rato, y se va a tomar una botella de tequila y va a poner a surfear a un amigo suyo sobre la banda y va a dar marometas y va a hablar de su digestión y pedirá traductora y mandará a chingar a su madre a todo el mundo y les pintará pito y decidirá que su última canción será un cover de los Red Hot Chili Peppers cantado horriblemente por su baterista entonces todos a chillar porque no merecemos algo así, cuando es todo lo que merecemos porque es por lo que se pagó y fue genial, fue ver un show de rock and roll como nunca en la vida y fue una bocanada de vitalidad y energía y ganas de ver el mundo arder, y fue reventar junto a su guitarra y a ese micrófono que explotó en el piso como una bomba molotov y los que lo entendieron bien, y los que supieron de la tristeza de Mac mucho mejor, pero sospecho que fueron pocos en realidad, porque ese concierto parecía un grito desesperado de angustia, ese que emite nuestro compañerito de clase en sus bromitas antes de tirarse por un balcón mientras los amigos juegan Play Station, era una angustia profunda y rabiosa, de esas que se bailan y que estamos obligados a observar y sin notarlo vi que Rubén Albarrán de Café Tacvba estaba a mi lado y me di cuenta que veía las estrellas porque es un enano y no podía ver más que espaldas, escuchar y ver el cielo y de inmediato me vino a la cabeza el paparapapa eo eo, y cuando vi al enano pensé en la soledad, en cómo la vida es tan parecida a bailar lentamente una canción de amor cargando el peso de un cadáver fresco y tibio, casi hermoso, como pareja. Y se me acabaron las palabras. Así mi Nrmal, un festival que no concluye, que arriesga, que juega con su propia idea y que, claro, es negocio, pero también postura y que se niega a las respuestas y a las casillas, una institución artística de las que tanto necesita la CDMX y su absurda y muy acostumbrada a la complacencia cómoda clase conocedora, que este año entregó un día pero que el siguiente podría entregar tres y que engloba el esfuerzo y el gusto de sus organizadores que, evidentemente, de cinco aciertan cuatro, pero que con esos aciertos revolucionan lo que debiera ser un evento de esta magnitud en una ciudad de esta magnitud.

¿Qué me llevo de Nrmal? Más preguntas como siempre. ¿Qué es lo que nos produce el batir de un tambor? ¿Cuántos kilos de carne viajan por los vagones del metro de esta ciudad? ¿Cómo se juega con el humor de la desigualdad? ¿Por qué Polanco huele a galleta? ¿Cómo nunca noté que Rubén Albarrán es un enano? ¿Quién dictamina lo que debiera ser un show de Rock and Roll? ¿Por qué me estoy quedando sordo? Y no tengo respuestas pero sigo exigente: dime algo importante de la vida. Y hace rato vi una ardilla saltar de un árbol que he visto florecer pero que ahora es solamente verde, como verde puede llegar a ser el césped, de noche o día, con sus propias sombras y espinas, cuibriendo las raíces de lo que nos sostiene en este baile de soledades que llega a ser un festival, o una caminata o simplemente amar. Un baile que no es bonito, pero es real.

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