No estamos levantando escombros, estamos bordando un país

por Alan Heiblum
@AlanHeiblum

foto de Rodrigo González Olivares

Llegamos la mañana del sábado 23 al acopio del Estadio Azteca buscando completar la donación que habríamos de realizar en comunidades de Morelos por la tarde. La respuesta fue pronta: “No. Sólo las camionetas de Televisa”. Sortear la carretera vieja a Oaxtepec tampoco fue fácil, la entrada se encuentra dañada e implica una larga desviación por las comunidades necesitadas de agua de Xochimilco. Ya en Morelos, en pueblos abandonados por los mapas interactivos como Felipe Neri y el Vigía, visitamos a amigos queridos, que como tantos otros jornaleros con casas agrietadas, prefieren dormir en sus patios o camionetas que aceptar el frío ajeno de la plaza pública por más toldo que le hayan puesto. No obstante que cuando llegamos a Totolapan la donación ya se limitaba a cinco escobas y cinco latas de atún fuimos recibidos con una gran sonrisa, únicamente empequeñecida por la sonrisa inmensa con que se nos ofreció un pozole vegetariano. De fondo la iglesia completamente derruida y un hombre afincado a un poste recitando las visiones apocalípticas de Juan. El pozolito hacía agua la boca pero como ya habíamos engullido varias docenas de tortillas rojas con una pasada de salsa verde y líneas como “pues aquí es el paraíso en la Tierra, aunque haya sismos nunca falta qué comer”, dejamos instasifecho el “ándele anímense a un pozolito” y reemprendimos la retirada.

Durante la ida y el regreso, el paisaje fue de aire particularmente limpio y brillante. Todo lo contrario, del paisaje de noticias y notificaciones brotaba una idea turbia y contracturada. Presentada como una disculpa, una crítica o un veinte caído, el núcleo de esta idea se reduce a que la sociedad civil, en su afán de protagonismo pero falta de preparación, tomó una delantera que no le pertenecía y que entorpece el trabajo de rescate de las autoridades capacitadas. Según esta pintura, las autoridades toman la delantera mientras la sociedad civil queda a la espera de que se le indique como hacerse útil.

No hace falta remover mucho escombro para ver que dicho reclamo no es sino un falso dilema.  No obstante, se trata de una sobre-simplificación peligrosa que no debiera ser subestimada. La pretendida critica no es tal porque opera una confusión entre el afán de protagonismo y la participación, dos cosas totalmente distintas. Mientras la primera responde a una mera enfermedad de la personalidad –propio, por ejemplo, de la apropiación de Televisa de un donativo público–, la segunda es la cura urgente y necesaria de una enfermedad igualmente grave y que es lo que veníamos esperando desde hace tiempo. No existe mejor escenario, una sociedad que sale a retomar el bordado de un deshilachado tejido social es lo mejor que nos puede estar pasando.

El problema no se reduce a vanguardias protagónicas v.s. retaguardias respetuosas. Debemos salir a las calles porque la tierra se retorció derrumbando escuelas y multi-familiares, pero eso es solo el ápice. Debemos salir y quedarnos afuera porque algunos edificios se derrumbaron por estar negligentemente construidos, por ejemplo con varillas cuatro veces más delgadas que las requeridas. Debemos salir y quedarnos afuera porque nuestra proyección al exterior es tanto síntoma como remedio a unas autoridades sordas, lentas e ineptas cuando no corruptas, tramposas y alevosas. Debemos salir y quedarnos afuera porque abundan los políticos des-cerebrados que hacen circo o se hacen de acopios públicos mientras sus fuerzas armadas entran en labores de rapiña e intimidación de brigadistas. Es por esto que debemos salir y quedarnos afuera, porque hacía mucho que no reclamábamos lo que siempre fue nuestro, porque de seguir como íbamos, éste y cualquier otro desastre natural seguirán superponiéndose al desastre social que hemos dejado nos conforme.

La re-apropiación de lo público en ningún momento implica ni sirve de apología al protagonismo. Cuando se es partícipe, se rebasa la mera observación pasiva y se da paso a la acción, pero no a una acción por la acción sino a una acción con identificación y coalición. No se trata de pretender hacer lo que no se sabe porque, justamente, no se trata de pretender sino de tender y entender. No se puede reducir la participación a un problema de protagonismo y mucho menos pedirle a una sociedad que se sitúe detrás de un gobierno que no sabe mandar obedeciendo.  A su vez, el problema del protagonismo no se limita a aquellos que salen por salir  en un esfuerzo tan imposible como desgarrado por tapiar su vacío existencial. Lo cual nos lleva al meollo del asunto, el intento de hacer pasar la toma de las calles por parte de la sociedad civil como una mera manía narcisista no es otra cosa que una expresión más del mismo protagonismo que se pretendía combatir. En la antípoda a este trastorno, la conciencia participativa obliga un auto-examen y es origen de una metamorfosis. Aún cuando son un negativo a una superficie limpia y lisa, los escombros funcionan como un espejo donde se revela que la única manera de superar la ignorancia y la falta de preparación de la sociedad civil es in situ, en la organización permanente…

Ciudad de México
3:30 am, 25 de Septiembre del 2017

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