Noche de primavera: Feist en el Teatro de la Ciudad

 

 

Texto e ilustraciones de Emiliana Perdomo
@emilianita

El Teatro de la Ciudad Esperanza Iris es bello. La tarde de ayer era bella, y la cita para ver a Feist en este hermoso recinto era a las 7. Aún había solecito cuando entramos, y parecía que al salir iba a seguir la hora rosa de la tarde porque todo lo que sucedió adentro fue muy cálido. Hacía mucho calor. Antes de empezar fui al baño. La señora de los baños a todas nos decía guapas, era una señora muy amable y platicamos un poco. Me puso de muy buen humor. “Mire, la ciudad está bonita, vacía, todos se fueron a acapulquear, y nosotras estamos guapas y tenemos salud, y ahorita vamos a escuchar a otra muchacha igual de guapa que canta bonito”.

La muchacha guapa que canta bonito salió al escenario hacia las 7:40, con un público que ya se andaba desesperando un poco. Entró descalza, brincando, en un vestido francamente horrible, fucsia lleno de volados y moños, como dama de honor que se escapa de alguna boda. A nadie le importa. La mujer es bella de pies a cabeza aunque traiga encima una jerga. Y es su voz, y su gran disposición frente al público.

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¡¡¡TE AMO!!! gritó, fuerte y claro, y en el primer silencio antes de que comenzaran a tocar, el típico fan absoluto y enamorado. Feist se rió y dijo “Yo entiendo. Te amo. Las palabras más importante”. Nos aclara que tiene un crush con el idioma español y se esfuerza en presentar cada canción con su correspondiente título traducido. Y lo que sigue es su nuevo disco, Pleasure, de la primera a la última canción, con un público muy atento, que en ningún momento saca el celular. El teatro es un espacio pequeño y cerrado, y Leslie mantiene un diálogo cuando explica los títulos de cada canción. La gente interactúa. Incluso, en un momento, alguien grita ¡WOU! aisladamente, y le contestan igual ¡wou, wou! varios en diferentes partes. Parecen jauría de perritos. Ella sonríe. “Esta canción se llama cuando (cómo… ¿lost? – ¡PIERDES! – contestan todos) un sueño .” Nos aclara que este es su concierto número 200 en lo últimos tres años, y que eligió México exclusivamente para presentar su nuevo álbum. Feist genera una suerte de atmósferas. Su voz y su impecable frenesí en la guitarra –cuando se vuelve loca, lo hace muy bien- se complementan con el juego de luces montados en el escenario. Atrás tiene un pánel de barras de led que explotan en ciertos momentos, junto con un abanico gigante que se ilumina, también con leds. La luz casi no se ocupa de ella o de los miembros de su banda, excepto cuando se trata de una canción acústica y tersa. Un recurso muy bello: cada que terminaba una canción y su voz se iba, le hacían fade out lentamente, y la gente enloquecía en aplausos.

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Para mí el momento cumbre fue Century, una canción que tiene de invitado a Jarvis Cocker, y que en vivo fue una locura de luces, guitarra, brincos y flashes de estrobo. Como una nave despegando. Una vez que termina de presentar su nuevo material, nos dice que ahora puede irse unos cinco minutos, y luego regresar para el encore, pero “mejor nos quedamos un rato más”. ¡TODA LA NOCHE! grita algún desesperado. Ella ríe, “sí, toda la noche de after party”. “Sacúdanse, levántense, acérquense“, son las siguientes indicaciones, y toda la gente se levanta. Yo me salí del palco y caminé hasta el frente del escenario. El teatro no estaba a reventar pero se asoma otro momento importante: las complacencias. El público está lo más prendido que se puede poner un conjunto de melancólicos, discretos y extasiados asistentes que aplauden, corean o simplemente se mueven al vaivén de las melodías. La primera vez que se despide, dice “gracias por venir… ¿se?” dudando de su español. Le responden un montón de risitas cómplices, atrás de mí una chica ahoga un grito y dice ¡lo dijo guey, le iba a decir que ya no hablara!

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En el segundo encore (porque nadie se quería ir) suena Mushaboom, que todos corean, y cuando toca 1234 nos pide imaginar que estamos bailando lentamente abrazados de un tipo alto. Justo frente a mí, hay un tipo alto y rapado, meciéndose suavemente. Le deseo con todo mi corazón que se haya estado imaginando que bailaba con un tipo más alto que él, porque iba solo y se veía en necesidad de un abrazo. Las parejitas se acurrucan como pichones. Al final Leslie nos divide en dos grupos: ustedes cantan tarararará y ustedes tururururú, y cantamos, obedientes. Ella dice sigan, y cantamos, y de pronto se va, y sus músicos se ríen, y uno a uno se van del escenario. La gente aplaude una vez más con una última esperanza de verla de nuevo, se prenden las luces, y al fin todos se rinden. Afuera la noche es cálida. Yo camino hacia el metro y me compro un rico y delicioso tamal oaxaqueño calientito. Viene envuelto en un bello papel de flores. Todo fue bonito.

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