Nos dimos un viaje al hongo y terminamos en el #FestivalCentral

Por Alejandro Guerrero
@elAleGuarrero

Fotos de Dagoberto Márquez
@Dagberth

Desde tiempos inmemoriales ha existido una relación estrecha entre las sustancias alucinógenas con los festivales de rock. Teniendo esto en mente y aceptando el inevitable paso del tiempo, nos dimos a la tarea de revivir experiencias pasadas para transportarlas a tiempos actuales y la conclusión fue la que esperábamos: ya no estamos para esos trotes.

Amanecimos entre la bruma y el fresco rocío que sólo el potrero puede dar. Después de manejar toda la madrugada y atravesar las sinuosas curvas de la carretera que te lleva a Valle de Bravo, divisamos la primera monedita de oro oculta entre los pastizales y firmemente afianzada a una consistente mierda de vaca. Tras asegurarnos de que su toxicidad fuera la requerida y no otra que nos mandara directo al hospital, recolectamos una docena de niños santos, manjarcitos de la mañana, firmes, tiernos y curativos. Así fue que con los primeros rayos del alba, desayunábamos nuestra contundente cosecha acompañada de unos gajos de naranja nomás para potenciar el efecto que buscábamos.

Así la densa bruma se disipaba con el romper del día al mismo tiempo que las nubes de nuestra turbia mente se disolvían en color y orgánicas formas transformábanse en complejas geometrías. Estábamos hasta el huevo tirados en el pasto, en medio de un torbellino de emociones que transitaban entre el horror y la euforia, la fuerza y el agotamiento, la lucidez y la locura… que son lo mismo. Continuas inquietudes abordaban nuestra mente, ¿qué somos?, ¿a dónde va parar todo esto?, ¿por qué la estamos cagando tan duro?

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Cuando se nos empezó a pasar el efecto más cabrón, recuperamos el habla y la manera de relacionarnos con otras personas en “sobriedad”. Decidimos pues emprender el viaje hacia el CIECEM Toluca, con la ilusión de disfrutar el aterrizaje en medio de la oferta musical que ofrecería el Festival Central.

Puntuales llegamos a las 12 horas para recoger nuestras acreditaciones, sin embargo nos encontramos con la funesta sorpresa de que la puerta estaba cerrada y una fila de unas 50 personas ya poblaban las inmediaciones del desolado paraje. Fuimos por unas chelas y movimos la nave para integrarnos en la improvisada fila que se formaba delante del contundente portón rojo. La desorganización era evidente, ninguno de los responsables daba la cara, el evento llevaba más de dos horas de retraso, la fila crecía, la gente preguntaba ¿a qué hora nos iban a dejar entrar?. Nosotros en nuestro frustrado aterrizón de hongos, tristes y encerrados entre autos, recordábamos lo bonito que es visitar Toluca con la ilusión de alejarse un poco de la ciudad y todo aquello que la hace tan difícil de habitar (tráfico, aglomeraciones, confusión, capitalismo rampante, subdesarrollo, muerte); paradójicamente, nos encontrábamos inmersos dentro de todo lo que habíamos estado intentando escapar.

“El festival que no se hizo porque nunca abrieron la puerta” era el título tentativo para esta nota. Estuvo de la verga esperar tanto a lo pendejo, por eso amiguitos emprendedores del showbizz, si van a organizar un festival masivo, asegúrense de brindar información básica a sus asistentes, del tipo hora de comienzo… en ningún lugar pudimos informarnos acerca de la hora en la cual supuestamente iba comenzar este pedo; igualmente, procuren tener en la puerta algún responsable del evento que informe a la gente sobre posibles retrasos. Fue realmente decepcionante y agotador enfrentar esta situación en la entrada… bien champis.

Finalmente el portón se abrió a eso de las tres de la tarde. La gente ansiosa se amontonó en la entrada y comenzaron a pasar a cuenta gotas. Nosotros estacionamos el coche y esperamos a que se disolviera la turba mientras mirábamos oportunistas chacas, sacando un cambio a ilusos fuereños, arguyendo que el estacionamiento tenía un costo… “pinches chilangos” pensamos, al tiempo que nos terminábamos esas gloriosas chelas que hicieron la espera menos tediosa y el ánimo más ligero.

Festival Central contaba con dos escenarios dispuestos en orientaciones perpendiculares. La chaviza guerrera, que aguantara estoicamente las más de 3 horas de fila bajo el sol, se miraba contenta de haber entrado y retozaba en el lugar disfrutando del buen día que hacía. Así fue que el programa comenzó con la participación de una de las bandas que quería ver.

LAWALL

Oriundos del mágico estado de Colima, estos chamacos abrían el festival con temas de su más reciente producción La Playa de los 90. Fuertes dosis de rock pop fueron suministradas al respetable en generosas porciones. Son unos chavos que pese a su corta edad, la están haciendo en grande; fechas agendadas para diversos shows en diferentes partes de la república lo constatan. Si tienen oportunidad de verlos actuar en vivo, háganlo, les aseguro, pasarán un rato suave. Música de calidad.

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Pasaron las horas y diversas bandas desfilaron en los dos escenarios. Fugaces participaciones de no más de 40 minutos fueron el resultado de la extensa demora que sufrió el Festival Central en su primera edición. Ni siquiera los problemas técnicos mermaron el ánimo de la banda, que continuaba llegando y distribuyéndose por el lugar.

Tocó el turno de los Fascinantes, quienes ni figuraban en el cartel… sale a relucir nuevamente la mala organización del festival. Sin embargo, lo hicieron muy bien: prendieron a la banda y hasta palomearon algunas rolas con Elsa de Elsa y el Mar. La gente los recibió chiro y ellos se rifaron. (NOTA DE LA REDACCIÓN: Elsa palomeó con Little Jesus. Mantenemos la redacción original como testigo patente del efecto pesado y jocoso de los hongos en la mente humana).

Comenzó a caer la noche y con ello nuestro ánimo. Poco a poco la luz se esfumaba y las fotos se volvían más difíciles, por lo que decidimos aguantar a la presentación de Mon Laferte para cerrar con broche de oro esta desgastante experiencia.

Mon Laferte

Saltaba al escenario enfundada en un provocativo short de “piel de jaguar” y con una coqueta camisa de lunares, nuestra querida Mon. Acompañada por toda una orquesta enfundada en elegantes trajes de cierto pelo color vino. Potentes ritmos funkeiros consolidaban una base 100% bailable en la que la enérgica voz de Mon sobresalía para cimbrar los corazones de su gran y creciente fanaticada. El público se le entregó con totalidad, parecía que la desgastante espera del día había sido una pesadilla pues el público retribuyó la música con aplausos y ruidosos alaridos. El carisma de esta bella mujer así como la calidad en sus letras y su voz, la están posicionando a pasos agigantados entre las figuras de la escena rockera nacional de la segunda década del siglo XXI. Bien por ella y qué viva Chile.

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La noche caía, el frío comenzaba a azotar fuera de la masa de gente que se congregaba en los escenarios. Fue entonces que decidimos abandonar el festival no obstante faltaran grandes bandas como Caloncho y Los Tres (quienes eran la sorpresa del cartel). La neta es que eso de tripear y conjugar la festividad rockera es una tarea que requiere de juventud y energía… atributos con los que contamos hace unos ayeres y que en esta ocasión se fueron por el caño de la desorganización de un evento que pretende ofrecer algo de buena música a la gris capital del Estado de México.

Bien por la chaviza aguantadora, bien por el profesionalismo de los artistas que participaron en el festival, bien por esta mágica tierra mexicana que sigue dando medicina curativa, a pesar del gran saqueo y devastación de la que ha sido presa, bien por quienes siguen luchando y alzando la voz exigiendo justicia; mal por los organizadores del festival quienes no consideran a la gente, ni respetan a aquellos que los hacen ser.

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