Nostalgia basquetbolera. Tenis, tianguis y basquetbol

por Erika Arroyo
@_earroyo

Hace algunos meses comencé a tener sueños muy vívidos que me llevaban de regreso a mi infancia y adolescencia. Supongo que de eso se trata la adultez, te subes a un tren que te lleva por una ruta conocida e inevitablemente, miras por la ventana el mismo paisaje que habías recorrido antes, cada vez, de alguna manera, distinto.

Entre las exploraciones de mi propia memoria, me hallé una tarde, a los seis años, bajo la lluvia, corriendo alrededor de la cancha de básquetbol. Dagoberto, un entrenador muy corpulento con ímpetu de tenor y muy amoroso con los mozalbetes que tomábamos clases vespertinas en aquella escuela pública que era muy parecida a un medio internado, nos daba ánimos para no detenernos argumentando que en cualquier momento dejaríamos de mojarnos y saldría el sol. Intercalaba silbatazos y gritos mientras giraba cual compás en el círculo de salto para supervisar nuestro torpe desempeño. Esa tarde me recogió mi mamá con la ropa empapada, la cola de caballo escurrida y los tenis como pequeños chapoteaderos. No dejó de llover.

Seguramente tuve antes otros tenis, pero esos que reaparecieron en ese flashback, blancos, de piel, de bota y que mi madre sugirió comprar un número más grande, me acompañaron un par de años hasta que mis pies ya no cupieron en ellos. Con mucha renuencia los heredé a mi hermano, quien los hizo trizas al cabo de un par de semanas andando en patineta. Dagoberto enfermó y no volvimos a verlo, las clases de basquetbol se transformaron en otras actividades por un tiempo y las retomé cuando tenía nueve años en el deportivo de la extinta Secretaría de Hacienda y Crédito Público, donde nos llevaban todas las tardes después de clases a los hijos de los trabajadores que estudiábamos en esa primaria y que habíamos elegido el deporte como actividad recreativa mientras nuestros padres cumplían con su extenso horario laboral.

Practicábamos dos veces por semana alternando con otros deportes. Algunos nos quedábamos al entrenamiento nocturno de básquetbol donde la categorías se mezclaban para jugar con las y los más grandes. Enrique Olmedo, un entrenador increíble de unos sesenta años que fue sensei de quienes lo conocimos, convocaba a algunos jugadores profesionales y universitarios, con quienes entrenábamos y jugábamos para foguearnos. Nos recuerdo babeando en las gradas mientras los veíamos calentar e intentábamos adivinar los modelos de tenis que usaban.

Durante los años que entrené ahí nos las ingeniamos para conseguir ropa y calzado para entrenar a precios módicos. A veces hacíamos excursiones a tianguis donde fuimos conociendo marchantes que viajaban a la frontera o a Estados Unidos y nos avisaban cuando algún modelo reciente llegaba a sus manos. Aquellos que estrenaban tenis no pasaban desapercibidos, nos reuníamos alrededor de ellos a verlos y a veces los hacíamos quitárselos para ver la suela, el interior, las agujetas, ese ritual basquetbolero era como nuestra fogata.

Por entonces, con mucho esfuerzo, mis papás me habían comprado unos tenis para entrenar. “Con cápsula de aire para que no se lastime”, decía el vendedor del tianguis de Apatlaco al que me los fueron a comprar, pero alcanzó para unos de atletismo que usaba para practicar los otros deportes de la currícula recreativa y también me hicieron el fuerte un rato en la cancha. Cuando se les rompió la punta y yo pasaba a la secundaria, fueron sustituidos por unos Converse All Star 91 Dennis Rodman empaquetados que llegaron a mis manos por suerte y luego de una serie de regateos en el tianguis de Santa Cruz Meyehualco. Corrí la voz y al cabo de algunas semanas, habíamos más de tres contándonos cuánto habíamos logrado reducir el precio y qué modelo, por más que lo intentáramos, no había sido posible comprar.

De todos los lugares para adquirirlos, el más mítico y efectivo era el tianguis de las vías en La Raza. Muy extenso y surtido, pero con una fama difícil para ir solo, lo más recomendable era siempre acudir en bola y no llamar mucho la atención. Y a pesar de que nadie de los que entrenábamos ahí éramos pudientes, íbamos con mucho temor.

Había muchos puestos con toda la indumentaria, algunos más caros que otros, pero con modelos clásicos, descontinuados y también otros mucho más recientes que los que encontrábamos en otros mercados. Solíamos ir con los jugadores más grandes algunos fines de semana a verlos elegir entre los Zoom Flight de Jason Kidd, los Kevin Johnson, los míticos Air Jordan IV que le pisaron en la calle a Buggin’ Out en Do The Right Thing o aquellos Tim Duncan azul metálico que siempre atrapaban todas nuestras adolescentes miradas en los torneos de la liga Nike que se llevaban a cabo en el Colegio Cedros o en el Vista Hermosa.

Mi padre tuvo a bien encontrar en el tianguis de Apatlaco unos Air Jordan XI completamente blancos, una versión rara que llegó varios años después de salir al mercado. Los atesoraba y llevaba pañuelos desechables y toallitas húmedas sólo para limpiarlos, a veces los guardaba en la mochila, dentro de una o dos bolsas, para usarlos únicamente para entrenar. En varios partidos me los quisieron comprar, un par de veces me los quisieron robar, por suerte, logré conservarlos hasta el final.

El tiempo se encargó de ejercer efecto en ellos, tras varios años de entrenamientos, torneos y partidos escolares, los vi agrietarse y una vez que se les hizo un hoyo en la suela y otro al frente, el daño irreparable me obligó a deshacerme de ellos y la vida, por su parte, se encargó, después de más de diez años de jugar basquetbol, de mandarme a las gradas, donde me sigo emocionando al escuchar el sonido del balón rebotando sobre la duela.

Comments

comments