#NoVotarOVotar: Con mi derecho a no votar no pierdo ningún otro

El 7 de junio se acerca peligrosamente. Para algunos es la fecha en que el sistema político recibirá nuestra merecida indiferencia, para otros es de nuevo la oportunidad de ejercer un derecho que no podemos darnos el lujo de perder. No Votar o Votar, cada ciudadano tiene una postura, o debiera tenerla. Frente a la gesta electoral y todos sus vicios, NoFM mantiene una postura crítica y asume su responsabilidad como medio de comunicación para mostrar parte del sentir de la sociedad que se cuestiona el funcionamiento de nuestro sistema partidista. Por ello, del 20 de abril al 5 de junio, publicaremos una columna diaria con la postura de distintos ciudadanos. No Votar O Votar, lo invitamos a participar en este debate.

Con mi derecho a no votar no pierdo ningún otro

Por Emilia Perujo
@emilia_perujo

Cuando cumplí dieciocho años no fui a un módulo del IFE. La desesperación a causa de un paro en la UAM y varios fracasos pidiendo empleo fuera de ahí me llevaron a trabajar en una tienda de ropa. No me podían pagar si no tenía credencial para votar, así que me hice de una, varios años después de alcanzar la mayoría de edad. Vivo en un país en donde, hasta ahora, no puedo trabajar de manera formal si no estoy empadronada o viajo al extranjero. Decir que mi credencial me hace sentir como poseedora de un dinero mal gastado en plástico es decir muy poco sobre mis sentimientos hacia ella; alguna vez uno fue mucha obligación y acudí con él a una casilla, para sentirme peor que si no lo hubiera hecho. Desde ese lugar contradictorio comparto los motivos por los que no voy a votar:

No voto porque, para mí, elegir lo menos peor de entre lo peor, no es elegir. Porque no me parece que en ese terreno sea más cómico o desagradable un futbolista que una persona con un título de Harvard. Porque cuando pienso en si alguien con buenas ideas, mucha voluntad y responsabilidad podrá hacer algo desde ahí, lo comparo sin esfuerzo con la historia que me enseñaron del preso que de alguna manera sacó una fotografía desde adentro de un campo de concentración y pienso “Si él pudo…”. No voto porque no me gusta la historia de la democracia, ni que aparente ser natural y esencialmente para todxs. No legitimo a un partido ni cómo podemos acceder a ellos porque no compartimos principios, y la manera en que se dirigen a mí me aleja por completo de ellos. No voto porque el electorado, pieza sustancial y más grande de la política partidista, que la mantiene y de la que depende a tal grado que necesita que la critique y se le oponga pero no tanto, se lleva casi todos los pisotones. No voto porque no quiero que parezca que al formarme en una casilla expreso que estoy de acuerdo con el proceso entero, o lo que se hace con mi boleta, con nuestros recursos, aunque en ella dijera que mi voto es para nadie. No voto porque me fascinan las transformaciones, las flores y frutas exóticas que dan las promesas cumplidas, la solidaridad y los compromisos tácitos, estar lo más horizontales posible, y ahí encuentro todo lo contrario. Mi único vínculo con una institución de ese tamaño y su burocracia es espantoso y tan contradictorio e hipócrita como la obligación de tener credencial para votar: vivo de él.

No voto pero no dejo de pensar en Olimpia de Gouges, y que exista la opción de hacerlo para mis prójimas si así lo desean. Pero tampoco dejo de pensar en lo que he aprendido de otras formas de organizarnos, estar y hacer. Ejerzo mi derecho a no votar y con eso no pierdo ningún otro.

Escribo desde cierto privilegio porque he tenido la suerte de no querer o no necesitar entregarle al Estado (y, mientras dependa de mí, no pienso hacerlo) asuntos tan íntimos y gigantescos como la legitimidad de mi identidad o la regulación de mis relaciones. Esa sería otra historia.

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Emilia Perujo (Ciudad de México, 1985). Antropóloga social, guitarronera y locutora de Ampersand.

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