#NoVotarOVotar. El más mínimo deseo de nada es un lujo

El 7 de junio se acerca peligrosamente. Para algunos es la fecha en que el sistema político recibirá nuestra merecida indiferencia, para otros es de nuevo la oportunidad de ejercer un derecho que no podemos darnos el lujo de perder. No Votar o Votar, cada ciudadano tiene una postura, o debiera tenerla. Frente a la gesta electoral y todos sus vicios, NoFM mantiene una postura crítica y asume su responsabilidad como medio de comunicación para mostrar parte del sentir de la sociedad que se cuestiona el funcionamiento de nuestro sistema partidista. Por ello, del 20 de abril al 5 de junio, publicaremos una columna diaria con la postura de distintos ciudadanos. No Votar O Votar, lo invitamos a participar en este debate.

El más mínimo deseo de nada es un lujo

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Hace tiempo leí a Villoro decir que además de la basura orgánica e inorgánica existe otro tipo de desecho: el electoral. Su comentario, a propósito del chiquero en el que se llevaron a cabo las últimas elecciones federales, cuestionaba esa suerte de basurero al que había ido a parar la voluntad popular en medio de tantas irregularidades.

Han pasado ya tres años de esto y, yendo un poco hacia atrás, otros tantos de haberme integrado al padrón electoral. Desde entonces la disyuntiva entre votar y no hacerlo ha sido un constante susurro encerrado en una especie de olla exprés cuya presión debido a distintas circunstancias, ha ido en aumento haciéndole sonar como advertencia en altavoz sobre una idea de ciudadanía que está a punto de explotarnos en la cara.

Admiro la determinación de algunos apuntes respecto a optar por una de las opciones y confieso que la firmeza con la que percibo varios dedos índices señalando alguna de las dos posturas me recuerda a Kitty Farmer, esa profesora que en Donnie Darko insiste en que existe solamente una línea para leer las cosas y que inobjetablemente conduce a un polo negativo o a uno positivo.

Cuestionar la utilidad de ambas salidas no deja de ser interesante pues por un lado, nos sacude obligándonos a salir un poco de nuestra zona de confort y por el otro, si resuena es síntoma de una preocupación que, me gusta pensar, va más allá de plantear que algo está bien o mal.

En medio del descontento, las deficiencias políticas, la fabricación de influencias, la corrupción, un sistema que más que una solución se ha convertido en una forma de conservar eternamente en formol los conflictos; ver en la anulación una forma de manifestar un descontento no parece tan descabellado incluso si su rango de acción se limita únicamente a eso: expresar un malestar.

Pensar en la posibilidad de abstenerse activamente anulando el voto podrá ser un evidente oxímoron, sin embargo, me pregunto cuántos de aquellos que apuestan todas sus canicas al voto no hacen más que cumplir con su ciudadanía solamente el día de las elecciones.

Anular, dicen algunos, es negar toda posibilidad. Votar, argumentan otros, es abrir camino. Escucho a manera de sugerencia que elija no al menos malo, sino al que mejor me represente. Qué clase de representación encontraría, por ejemplo, en chapulines que abandonaron sus puestos ante la más nimia oportunidad de trepar escalones de poder, en los candidatos que ya gobernaron delegaciones y que al haber cambiado de partido se vuelven a postular, en los independientes que declinan a favor de viejos conocidos o en alguna de esas “opciones” con pendientes legales por resolver.

Quizá valga la pena plantear ese votar o no votar en un país que requiere de sus ciudadanos, pero también de instituciones competentes que no sólo sirvan como escudo para violar sistemáticamente la ley.

Irremediablemente tendremos que tomar una decisión -la que más nos convenga o convenza- y responsabilizarnos de ella, tomar una postura, informarnos, identificar qué nos han quedado a deber nuestros representantes y en qué medida contribuiremos en una exigencia compartida, asumir y dar seguimiento a las consecuencias, apostar por un ideal si es que aún albergamos alguna esperanza o demolerlo de un golpe… Buscar en eso que parece un montón de basura para encontrar algo.

Decía Pinget que el más mínimo deseo de nada es un lujo y eso, damas y caballeros, hay que aplastarlo.

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Erika Arroyo (Ciudad de México, 1984) Estudió Comunicación e Historia del Arte en la UNAM, actualmente coordina el departamento de comunicación y prensa de Distrito Global, e investiga en torno a la Nuberu Bagu y la memoria. Es locutora de Postales, programa que se transmite por NoFm cada jueves a las 8pm.

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