#PecesSueltos presenta: Éliane Radigue

“A Loose-Fish is fair game for anybody who can soonest catch it.” Herman Melville, Moby Dick

Si la música se parece al mar, y lo habitamos todos, hay especies raras, que se ven poco y extraña vez son capturadas. Aquí surcamos las olas para hacerlos más evidentes.

Éliane Radigue

por Ana Martínez de Buen
@Anamdb

Esta ciudad no se calla. Lo sé ahora que tengo unas hermosas ventanas de piso a techo. No hay barrera, la ciudad está siempre dentro y la idea de refugio queda aplastada por las tres diferentes estaciones de radio que se escuchan desde los comercios cercanos. He estado buscando espacios de silencio en mi propia casa, pero es muy difícil encontrarlos con barreras tan endebles. La vida de aparador sonora. Poner música es un consuelo breve cuando uno necesita silencio, al menos da la sensación de que controlamos el ruido.

Pero no es realmente del ruido del que quiero hablar, es del sonido y la sanación, y lo difícil que es aliar al cuerpo con la escucha en una ciudad que nos grita todo el tiempo al oído, sin tregua. La sanación implica descanso; ya sea una gripa endemoniada, un músculo torcido o un corazón roto, el cuerpo pide que lo escuchemos y hay pocos espacios en ésta ciudad donde el silencio da chance de que hable el espíritu.

En una búsqueda un poco desesperada por un bálsamo sonoro, me encontré con el trabajo de Éliane Radigue, una compositora francesa considerada un parteaguas para la música electrónica contemporánea. Es probable que la idea de música electrónica y bálsamo sonoro no parezcan ir de la mano, sin embargo, la historia de Éliane Radigue concilia estas ideas de forma magistral.

Nació en París en 1932 y desde pequeña estudió música con una maestra particular. Sin embargo, los instrumentos acústicos y la música de doce tonos le aburrían inmensamente. Su intuición la llevó a buscar más allá, y con las herramientas que tenía a la mano -una grabadora de cintas- comenzó a recolectar los sonidos a su alrededor. En la colección podían escucharse el mar, las calles cerca de su casa y los aviones que aterrizaban en el aeropuerto cercano de Niza. Un día logró escuchar una sinfonía completa en los motores mientras realizaba un vuelo breve. Ese descubrimiento sonoro fue clave para su búsqueda como artista.

Trabajó con Pierre Schaeffer y Pierre Henry -considerados padres de la música electroacústica– en la radio parisina, donde conoció los sintetizadores con los que ambos trabajaban. A pesar de su interés y esfuerzos, no logró ser más que una “interna”, ni siquiera podía considerarse a sí misma asistente, pues en sus propias palabras sus jefes eran “¡unos malditos machos!”.

Un par de años después viajó a Nueva York donde conoció la escena artística de los 60. Ahí se sintió apreciada e inspirada. Tiempo después hizo de esa ciudad su hogar, un espacio de creación donde pudo convivir con artistas maravillosos como Pauline Oliveros y Laurie Spiegel, e instrumentos de primer nivel como un sintetizador modular Buchla, el Moog y el ARP 2500.

Era de gran importancia para ella que su música tuviera la capacidad de cambiar constantemente, así que la atravesaba por variaciones infinitesimales en la amplitud que alteraban imperceptiblemente la estructura de la pieza. En su trabajo, los sonidos interactúan entre sí como células de un organismo, progresando de una manera extremadamente lenta y sutil. Radigue dice: “Encontré mi propio vocabulario. Para mí, mantener el sonido no me interesaba como tal; fue principalmente un medio para resaltar armónicos y subarmónicos. Esto es lo que hizo posible desarrollar esta riqueza interna del sonido “. Su música en este período fue introspectiva, propicia para la meditación, donde el “virtuosismo de escuchar” reemplazó al virtuosismo del músico. Ejemplo de esto son Transamorem-Transmortemand y Biogénesis, obras basadas en los latidos del corazón de su hijo, su hija embarazada y su nieto por nacer, que abordan tanto la conciencia como el oído.

En los 70 conoció el budismo tibetano y se metió de lleno a estudiarlo y practicarlo. Compuso la Trilogie de la Mort a lo largo de varios años y como resultado de la muerte de su hijo mayor y de su gurú. A partir de aquí su trabajo queda completamente enraizado en su espiritualidad, aunque si escuchamos con atención, podemos notar que la espiritualidad recae en las sutilezas, en el tejido fino, la escucha atenta que Eliane tuvo desde el inicio cuando armonizaba al mundo a través de sus oídos.

Kyema (1988), la primera parte de la trilogía, se inspira en los textos de Bardo-Thodol (El libro tibetano de los muertos). Este trabajo evoca los seis estados intermedios que constituyen la “continuidad existencial” del ser. Kailasha (1991), el segundo capítulo de la obra, está estructurado en una peregrinación imaginaria alrededor del monte Kailash, una de las montañas más sagradas de los Himalayas, considerado como un camino a otras esferas de la existencia. Koumé (1993) compone la última parte de la trilogía y enfatiza la trascendencia de la muerte.

Es difícil ponerle soundtrack a la sanación. Para mí, los caminos llevan a una escucha aguda. Yo no sabía esta historia cuando escuché la trilogía por primera vez, sin embargo es una pieza lo suficientemente poderosa y fina para transmitir lo que uno necesita recibir. En mi caso fue una desaturación del ruido. Mi escucha pudo concentrarse en la música, sin adivinar los sonidos que vendrían a continuación ni sintiendo su lógica ajena o disruptiva. No fue un viaje apacible del todo, hay momentos de la pieza que nos retan con gran intensidad, y si logramos poner la escucha en todo el cuerpo, comienzan a pasar cosas que no caben en palabras.

Radigue ha continuado su trabajo en distintos proyectos, incluso algunos con instrumentos acústicos con resultados interesantes para quienes los interesados en nuevas formas de escucha. Hay quien traduce El libro de los muertos como “la liberación por audición durante el estado intermedio”, sería bastante arriesgado decir que eso es lo que sucede con la pieza de Eliane, pues la responsabilidad de sus piezas recae en los oídos que la reciben. Somos nosotros los portadores de la experiencia, por eso vale la pena prestar oídos a la música de personas como ella o Pauline Oliveros y tomarlas como un parque donde jugamos con nuestra percepción.

La maravilla del trabajo de Radigue es todo lo que no dice: nos enseña a ralentizar el mundo a través de los oídos, a descubrir lo que está enterrado en nosotros, sepultado por el ruido de una ciudad caótica; somos nosotros los que, entre pantallas, nos hemos construido con ventanas de piso a techo.

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