#PecesSueltos presenta: Lighting Bolt / Black Pus

“A Loose-Fish is fair game for anybody who can soonest catch it.” Herman Melville, Moby Dick

Si la música se parece al mar, y lo habitamos todos, hay especies raras, que se ven poco y extraña vez son capturadas. Aquí surcamos las olas para hacerlos más evidentes.

Lighting Bolt / Black Pus

por Albert Weber
@AlberthusWeber

Brian Chippendale es un excéntrico baterista y artista gráfico oriundo de Providence, Rhode Island. Su estilo personal de ejecución es único, rayando en lo violento pero al mismo tiempo en lo experimental, y a pesar de no soler ser ni siquiera reconocido por su nombre de nacimiento, funge como el inconfundible proveedor de madrazos a la tarola en el dúo Lighting Bolt, y el único miembro de su irreverente proyecto alterno, Black Pus.

Lighting Bolt fue fundado por él y Brian Gibson (bajo) en 1994, cuando ambos estudiaban diseño en su natal Providence. A mitad de los noventa, con sus cabezas llenas de ácido y de algunos fármacos de dudosa procedencia legal, decidieron formar una banda que fusionara sus compartidos intereses musicales, que iban desde la sutileza de Philip Glass, la sofisticación psicodélica de Sun Ra, y la agresividad abstracta y desenfrenada de Ruins.

Gracias a su nato talento para todo lo visual, ambos jóvenes músicos construyeron una imagen nunca antes percibida en una banda, mucho menos en la escena local. Su prestigio en Providence fue construyéndose no sólo por el matemáticamente locuaz estilo de noiserock experimental que hacía reventar las mentes de los asistentes a sus tocadas, sino también por el enigmático y colorido atuendo de Chippendale y el disparatado arte de sus flyers y fanzines. De hecho, su presencia en el mundo artístico fue tan fuerte que junto con Mat Brinkman, otro artista plástico interesado en expresiones de arte clandestino como el graffiti o el mural improvisado, fundaron el mítico espacio Fort Thunder, donde artistas independientes de todo tipo llegaban para improvisar colaborativamente obras del momento, mientras escuchaban en vivo bandas pesadas y vanguardistas de la escena local. Con el tiempo las paredes iban pintándose de nuevo, haciendo promoción interna para otras bandas u otros proyectos de todo Rhode Island. Hoy en día Fort Thunder ya no existe, y en su lugar se construyó un complejo de una cadena multinacional para artículos de oficina. Pero la mística de lo que alguna vez fue el epicentro de la contracultura y el intercambio artístico de Providence, alguna vez promovido principalmente por Chippendale y Brinkman, hizo que muy pronto quebrara y fuera nuevamente abandonado. Hoy en día yace solitario, sin tocadas, ni graffitis, ni ofertas de papel bond al 3×2.

Con el paso de los años Lighting Bolt fue creciendo en popularidad hasta alcanzar un privilegiado estatus internacional. Sin formar parte de ninguna disquera conglomerada o primordialmente gigantesca, son invitados a festivales en todo el mundo y a compartir cartel con algunos de los conjuntos más vanguardistas y experimentales de los últimos veinte años. Los años de Fort Thunder de hecho ayudaron a cimentar una actitud muy propia e independiente, siempre favoreciendo el arte libre a través de valores D.I.Y., y a producir y diseñar el arte de todos sus discos, fortaleciendo la idea de que su música va aún más allá de lo que se puede escuchar, asegurando que su expresión es un manifiesto de una forma de vida y de libertad de expresión. Acá podemos verlos rompiendo los tímpanos de un clavado público japonés en el festival de Taicoclub del 2014, tocando no en un escenario sino al nivel del público, como hicieron tradición desde los noventa en el Fort Thunder.

Es cierto que la ejecución de ambos miembros de Lighting Bolt en vivo resulta impresionante, pero tal vez lo mejor de Chippendale se ve en su proyecto solista llamado Black Pus. Ahí retoma y lleva al extremo todo lo que ha hecho en otras bandas, y aunque definitivamente suene similar, es completamente diferente. Todo está tocado y conectado a través de su set de batería, y verlo tocar resulta en una experiencia algo deliciosa, cargada de retumbazos taroleros explosivos, colores sonoros y, en sí, una energía desmedida que te da ganas de destruir toda la puta mierda que posees.

Lo colorido y visual de Black Pus, a veces incluso grotesco, lo hace una mezcolanza perfectamente dirigida a personalidades que fueron criadas con fuertes dosis de música pesada y Nickelodeon. La melancolía de décadas anteriores presente en las obscuras referencias a hechizos de Dungeons & Dragons y a villanos de He-Man lo hacen un proyecto en realidad más íntimo para Chippendale, que no se entiende en su totalidad sin pensar en los noventa, la década en que vio morir al sueño soviético y a la princesa Diana, pero también en el nacimiento del Internet y la oveja Dolly.

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