#PecesSueltos presenta: Mission of Burma

“A Loose-Fish is fair game for anybody who can soonest catch it.” Moby Dick

Si la música se parece al mar, y lo habitamos todos, hay especies raras, que se ven poco y extraña vez son capturadas. Aquí surcamos las olas para hacerlos más evidentes.

Mission of Burma

Por Emilio Revolver
@emiliorevolver

Ante la pregunta de qué es mejor, ser una gran banda de culto o una buena banda famosa y con dinero, a veces es difícil saber qué contestar. Siempre resuena en mí la imagen zen del árbol cayendo en absoluto silencio cuando pienso en Mission of Burma: una banda que tronó y se derrumbó ante la presencia de nadie, sin hacer ningún ruido. Fueron una banda que lo tuvo todo, excelentes músicos, grandes composiciones, protagonismo, visión; todo, salvo la parte terrenal: el negocio. Produjeron una música genial que le tocó atravesar el oscurantismo norteamericano ochentero, en el que muchas radiodifusoras universitarias fueron asimiladas por grandes emporios, en el que grandes sellos se devoraron bandas sólo para vomitarlas peor echas años después, y en el que los pequeños sellos carecían de la infrestructura para poder vender. Pasan los años y volvemos a ver los deshechos de aquel árbol, sus marcas de historia y nos encontramos a bandas seminales, como Joy Division, Sonic Youth o Talking Heads, revueltas en la misma familia de ramas de las que cayó este árbol.

Al hacer zapping en los videos de Dire Straits uno tiene casi la certeza de que ése no es todo el rock que había en los ochenta, no puede ser todo. La clave es irse hacia abajo. Lo bonito de dicha década es que hay que rascarle para encontrarlo; requiere de mérito y esfuerzo al estilo anticuario o buzo de profundidades. No es como las bandas de los setenta, quienes son, en efecto, la justa cima de ese momento: Bowie, Floyd, The Clash; no es como las de los sesenta, dioses que nadie puede obviar: Hendrix, Morrison, Janis; no es como las de los noventa, la época heroica, donde improbablemente se hizo rock genuino por última vez, donde una historia se cierra en el libro de la música. En los ochenta todo está polarizado, todo en guerra, es como en el Risk, todos los territorios están en duda: el rock es demasiado bueno o demasiado malo, demasiado comercial o demasiado oscuro, demasiado de culto o demasiado famoso. Tenemos a Queen llenando estadios con Radio Ga Ga y a Black Flag manejando una camioneta destartalada por lugares en los que nunca nadie había tocado para hacer un show frente a 15 personas y ser perseguidos por la policía local. En buena medida los ochenta son como la Edad Media: buscar y hacer el rock ahí es como ahora, un acto religioso, de culto y condena, algo que te costará la vida, pero una vida que de todas maneras va al tiradero.

«Dudo que ninguno de nosotros hubiera querido ser una estrella de rock. Eso es lo que creo que el punk había pretendido hacer: deshacerse de las estrellas de rock», dice Roger Miller, guitarrista de la banda. Se crió en Ann Arbor, Michigan, viendo conciertos de las deidades de la zona, Iggy and the Stooges y MC5, pero al mismo tiempo está influenciado por el free jazz, Ornette Coleman y el ruido como idea. Estudia y fracasa en piano y composición. Debido a estar largo tiempo expuesto a su amor, el ruido, desarrolla tinnitus, un silbido permanente que tiene en los oídos, que le ayuda a componer, y es en Boston donde conoce a Clint Conley, bajista y cantante, con quien funda Mission of Burma. La idea de la banda siempre fue la tensión, la guerra, los polos opuestos: se esfuerzan mucho por ser una banda «punk» pero con teorías, con formación universitaria, con Lester Bangs sin Lester Bangs. Tendrán que romper al mismo tiempo con el canon del punk y el del noise para poder sobrevivir. En una entrevista para Boston Rock, el baterista Peter Prescott dice «Mi idea de este grupo es joder lo que sea que crea la gente que vamos a hacer. No quiero satisfacer expectativas. Si creen que somos un grupo dance, no es así, si creen que hacemos art rock, pues tampoco». «Ya lo ves. ¡No somos nada!» acaba diciendo al más puro estilo dadá el maestro Conley.

La idea era «desmontarlo tanto como pudieras, y entonces, hacer todo lo que podías con ello», comenta Miller. No tenían guitarra de acompañamiento, por lo que los acordes en los que iba la canción siempre estaban sobreentendidos, en la guitarra se llevaba una melodía y el bajo y la batería básicamente improvisaban. Rick Harte, un tipo con un gran oído pero con poca visibilidad para los negocios, se los encuentra en Boston, en 1979. Era dueño de un sello local, Ace of Hearts. «La primera vez que los vi», explica, «no entendí muy bien de qué iba todo esto». Apelando a su intuición, decide firmarlos. «¿Cómo se le hace para conseguir un contrato? Pues no lo sé», dice Miller. «Vino este tipo y nos dijo que nos grabaría. Así es como se hace». Realizaron grabaciones baratas de madrugada en estudios de medio pelo, pero con el suficiente apasionamiento y talento. Su primer sencillo, Academy Fight Song, editado en junio de 1980, vendió 7, 500 copias en Boston, donde no había aparentemente ninguna escena ni nadie interesado en el punk. La revista New York Rocker los posicionó como uno de los diez mejores singles de ese año, junto a Elvis Costello, The Pretenders y The Clash.

Harte trabajaba incontables horas con las bandas de su sello, seleccionando y grabando el material, creando arreglos y en la preproducción. De Burma era su mánager, su mentor y su mejor fan, pero no el tipo que iba a llevar su sonido a la fama. Sus sencillos no pasaban del mercado local, estaciones de radio universitarias que hacían excelentes reseñas y grandes críticas en revistas especializadas, pero que no podían hacerse de una copia extra para pasarla a alguien más. Los distribuidores no pagaban a Harte los discos vendidos y él personalmente acababa recorriendo largas distancias para llevar los álbumes. Para empeorar las cosas, el sonido de Burma no era precisamente fácil de entender. Se acostumbraron a tocar para menos de 50 personas y ser abridores en su propia ciudad de bandas que estaban a su altura, pero mejor distribuidas, como Circle Jerks, Black Flag o Dead Kennedys.

«Había como diez personas en el público y era una noche de payasos, así que todo mundo estaba disfrazado de payaso», cuenta Miller. «Después de la tercera canción, una chica disfrazada de payaso pone delante de mí una nota que preguntaba si sabíamos alguna canción de Loverboy. Me echo a reír y aviento la nota. Tocamos la siguiente canción y llega otra nota. ¿Sabéis algo de Devo? Risas en el escenario. Tras la siguiente canción, llega otra: ¿podríais parar?» En el backstage, después del primer set, el propietario les dice: «muchachos, suenan increíble, pero no todo el mundo se la está pasando bien… ¿Por qué no lo dejamos por esta noche?, no tiene mucho sentido volver a salir, ¿no?».

Después de dos álbumes que ahora son clásicos, Signals, Calls and Marches y Vs, Mission of Burma tiró la toalla. Mandaron el primero a Warner, quienes recién habían firmado a la banda X, y que ofrecían un destello de esperanza a la comunidad independiente. Warner les dijo que sólo les gustaba una. «A la mierda entonces. Si las seis hubieran sonado igual, nos habrían aceptado, para dejarnos tirados un año más tarde», elabora Miller. Decidieron hacer una gira por el Oeste, con las bandas hardcore del momento. Ese público tampoco era el suyo, quienes les escupieron, los bajaron y se armó una golpiza. «No es el público más ilustrado del mundo, ¿verdad?», les preguntó con sorna Jello Biafra, cantante de los Dead Kennedys. Para la presentación de Vs, en abril del 82, comenzaron una gira que empezó en un club de Nueva York donde tocaron para siete personas. En Cleveland, el propietario del club pidió se sustituyera a la banda por la rockola para la segunda tanda de canciones. Pero ellos ya lo sabían. Su material se llama así porque no había una escena para ellos, ni radio, ni nada, porque para entonces ya sabían que lo suyo era una guerra contra el mundo.

Lo curioso de MoB es que su trabajo era mucho mejor que su escena. Su intelecto y mentalidad no cupo en una pequeña e inexperta comunidad. Roger Miller estaba en proceso de quedarse sordo por su tinnitus y la mala relación de Clint Conley con el escenario derivó en un alcoholismo que casi termina con su vida. «Siempre me he sentido un poco raro, no me gusta grabar discos ni salir al escenario. Nunca me había interesado la idea de ser un artista. Jamás decía nada por el micrófono. Me sentía incómodo con toda esa gente mirándome». Decidieron hacer una última gira antes de separarse, que fue reseñada por la Rolling Stone y para la que admite su entonces manager Jim Coffman: «las cosas empezaban a salir bien… muchos pensábamos, ¡qué chingados les pasa!, ahora a mucha gente le encantan y ellos se separan». Uno de sus últimos conciertos fue en Detroit, la ciudad de Iggy y de Miller, y es célebre porque buena parte del público era la familia del propio guitarrista. Pero, más allá de eso, fue grabado en una casetera de dos pistas que Harte, el viejo loco de la fracasada Ace of Hearts, a modo de desesperado último grito, dividió en 24 pistas, ecualizó y editó en siete estudios diferentes. El material se acabó llamado The Horrible Truth About Burma, el cual muestra cómo la banda procuraba siempre darlo todo sin importar el público. Fueron pioneros, como exploradores de una selva inhóspita, y ayudaron a inventar una escena, un entorno comercial y creativo que actualmente le sirve a muchas bandas de la escena de Boston, pero que no fue para ellos. «Supongo que es un honor ser avanzado a tu tiempo», dice Conley, con voz cansada, «pero por otro lado, también hubiera estado bien encajar en tu época». Ante la pregunta casi filosófica de qué es mejor, ser un genio de culto o un artificial tipo famoso y adinerado, Mission of Burma no aporta mucho: es como un árbol que viene del misterio y hace crecer sólo incertidumbre a su alrededor.

*Las citas son tomadas de Our Band Could Be Your Life de Michael Azerrad, NY, 2013.

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