#PecesSueltos presenta: Tía Anica la Piriñaca

“A Loose-Fish is fair game for anybody who can soonest catch it.” Herman Melville, Moby Dick

Si la música se parece al mar, y lo habitamos todos, hay especies raras, que se ven poco y extraña vez son capturadas. Aquí surcamos las olas para hacerlos más evidentes.

Tía Anica la Piriñaca

por Ana Martínez de Buen
@Anamdb

Lo que les traigo son ecos: esa memoria que dice la tía Anica, eso antiguo que no se grabó jamás en estéreo, que se evaporó antes de ser registrado con fidelidad, quizás a propósito, porque era buen cante y eso se hereda, no se hurta.

Ana Blanco Soto nace en 1899 en la cuna del buen cante, o eso dicen de Jerez de la Frontera, y quiénes somos para dudarlo, si no sabemos ni sentarnos en un patio o alrededor de una mesa, porque para eso también hay formas y también se heredan, y hay que soportar tener decenas de vasos y sentarse con las rodillas abiertas para que la cadera se acomode.

Ahora, imagina a tu tía, la tía que más quieres, con el chongo entrecano, el busto más grande que tus aspiraciones y las cejas más negras que el café de la mañana. Tiene la piel cuarteada por el sol. Un primo saca la guitarra y nadie calla, porque en el flamenco uno acompaña con la interrupción, aunque probablemente para eso también hay protocolos que no conocemos, que vienen de la cuna, como la habilidad para abrir el abanico y florear con las manos. Esos verbos flamencos: florear y romper. Entonces la tía Anica junta las palmas y todos los primos la acompañan. Porque así es entre gitanos, todos somos primos, y hoy nosotros nos vestimos con este plural porque estamos con la Tía Anica la Piriñaca.

A sus ochenta hablaba de los jóvenes que van recogiendo lo que pueden en su camino para hacer una tradición propia del cante. Son otras formas, dice, y le gustan, pero jamás van a entender lo antiguo, el buen cante. Para ella Camarón de la Isla era un joven que no lo había entendido del todo, “dice que canta, pero no. No como yo”.

Su casa. Esa casa donde se criaron todos los hijos, y los nietos y los sobrinos. Como El Moro, que también creció en esa casa y luego tuvo una familia y se la llevó a la venta una noche después de telefonear a la tía Anica, “que te vengas en el coche a una casa de bien, los señores te quieren escuchar”. Y ella, ya viuda, fue. El marido le prohibió cantar hasta en las fiestas familiares, y eso que ella era una loca del cante que no lo dejaba ni en el trabajo, especialmente en el trabajo, porque eso de ser niño no es excusa para no trabajar o para no saber cantar.

Y el Moro le dio la oportunidad, le abrió camino. Ella estaba muy nerviosa, pero entre medias copas de vino rompió en cante. Y los señores, como locos, decía la tía. Y cómo no, que escucharla cantar por soleá es escucha al pozo mismo. De esos llantos que se beben, y la tía mejor se bebía una segunda media copa y se rompía a cantar por seguiriyas con una maestría que ya no hay. Así mantuvo a su familia, cantando en casas y ventas. Al final, ya hasta cobraba por las entrevista, decía que la tenían mal acostumbrada y pues ella mejor cobraba como si fuera estrella de Hollywood.

Volvemos a la casa. Los pisos arabescos. A los reporteros les gustaba entrevistarla en su cuarto. Ella había parido a sus hijos en otro, pero ahora prefería estar refugiada en uno muy pequeño, acompañada de un radio con una carpeta tejida arriba y una muñeca flamenca medio tuerta atorada detrás de la antena. Seguro había muchas estampitas de quién sabe cuánto santo por ahí. El ropero tenía un espejo que reflejaba su chongo cuando la filmaban sentada en su silla azul cielo. Qué gracia esa de las tías de ponerle un plástico encima al mantel blanco de crochet.

De nuevo estamos, primos, en la mesa. Y la Pirañaca es fondo y forma a la vez. El qué y el cómo, y todo lo muestra acuchillando con la voz y damos gracias, con jubilosos óles, que decimos a pesar de nosotros, porque el sentimiento nos explota como un cuete con pólvora impredecible, mientras la tía sí sabe de qué va todo esto, y es más hoguera que persona.

Hay que hablar de esta música, la que no se escucha ya, porque las grabaciones son como fotocopias de una pintura. Y la escuchamos no por cómo suenan, sino porque son un punto de partida para imaginarnos en una mesa, con una señora imponente marcando el compás de 12 con el bastón, para arrancarse en medio del rasgueo de la guitarra y encajarnos frases entre las costillas que dicen algo como:

Ay, como una cosa mía te he mirao
Como cosita mía te he mirao
Pero quererte como yo te quería
Eso se ha acabao.

A todos nosotros, ajenos a las tradiciones flamencas, sólo nos queda evocar la idea de melancolía desde un frente muy ingenuo. Algo tiene que poder rasgarse cada noche para cantar así. Me recuerda al blues, aunque la voz en el blues se enraíza y entierra, partiendo paso con las raíces hacia abajo, mientras que el cante jondo se rompe; una fuerza que no se acaba en el pecho de quien pronuncia el cante y en la garganta de quien lo escucha. Pasa que es difícil saber cuándo terminaron una palabra y comenzaron otra, no solamente por el hilado de las vocales entre frases, sino por los ecos que nos quedan en esa limosna de silencio, cuando una voz como la de la Piriñaca se calla.

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