Popurrí de Noticias Falsas. Breve historia de la manipulación mediática estadounidense (Parte3)

por Christian Nader
@ExoSapiens

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La década de los noventa estuvo marcada por el dominio geopolítico de EUA que gracias al proceso de reorganización del estado ruso postsoviético y al lento ascenso chino, aprovechó para erradicar los focos de resistencia contra el dominio estadounidense que aún subsistían en el planeta. El caso más representativo fue, sin duda, el ataque de Estados Unidos y la OTAN contra el pueblo serbio que acabaría por desmantelar totalmente el legado del extinto estado pluriétnico y pluriconfesional yugoslavo al crear estados títere de acuerdo a su etnia y religión. Esta vez los diarios y televisoras de Europa y Estados Unidos utilizaron fotos de militantes caídos del Ejército de Liberación de Kosovo (brazo balcánico de al-Qaeda) argumentando que habían sido civiles asesinados por el ejército y/o la policía serbia. Los medios occidentales transformaron este hecho en un exterminio étnico contra los albaneses kosovares, sin embargo nada se dijo sobre los asesinatos de serbios, gitanos o croatas a manos del ELK. Éste fue el pretexto para que la OTAN realizara una brutal campaña de bombardeos contra el territorio serbio, algo que no se veía en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo Estados Unidos imponía sanciones económicas y patrocinaba, por medio de sus asesores de inteligencia, a un grupo de jóvenes y estudiantes conocidos como OTPOR, cuyo modelo de protesta callejera antigubernamental más tarde sería imitado en países de todo el mundo para realizar “golpes suaves” o “revoluciones de colores” simulando espontaneidad popular, pero que en el fondo eran dirigidos y auspiciados por el gobierno y las ONGs estadounidenses. El momento cumbre ocurrió cuando una cadena estadounidense de videos música les entregó un premio a los miembros de OTPOR por su importante labor “a favor de la democracia y los derechos humanos”.

Estos y muchos otros complots gubernamentales, militares y mediáticos han servido para eternizar las agresiones estadounidenses contra innumerables naciones y mantener activo la redituable industria militar, además de colocar a Estados Unidos no como el agresor sino como conciliador (y en ocasiones la víctima), reforzando su papel como promotor de la libertad, la democracia y la justicia. Contrario a lo que uno podría intuir, desde finales de los noventa, y pese a los grandes avances tecnológicos en el terreno de las comunicaciones y la información, las farsas han continuado y han acabado por imponer una enorme escenificación paralela a la realidad. Desde que la administración de G.W. Bush entró en la Casa Blanca se puso en marcha un plan que inauguraría una nueva era en que la soberanía de las naciones se esfumaría para dar paso al proyecto del “Nuevo Siglo Americano”, basado en el inminente triunfo del capitalismo a nivel planetario encabezado por Estados Unidos, que iría acompañado de una multitud de guerras sin cuartel contra cualquier foco de resistencia.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 pocos se preguntaron sobre el origen de los supuestos autores materiales e intelectuales de los ataques. Los telespectadores creyeron ciegamente en el discurso de los medios y el gobierno estadounidense de que los kamikazes y sus mecenas provenían de campos de adiestramiento en los desiertos yemeníes o de cuevas en las montañas en la frontera afgano-paquistaní. El público estadounidense continua ignorando que grupos como al-Qaeda fueron creados por su gobierno para servir como mercenarios que enfrentarían a sus enemigos, y que más tarde muchos de estos se tornaron contra su creador, aunque esto es debatible. La llamada “Guerra contra el terrorismo” es la mayor farsa de la historia contemporánea, ya que ésta ha servido para camuflar el virulento imperialismo estadounidense convirtiendo las invasiones ilegales y unilaterales de diversos países en guerras para salvaguardar los derechos humanos y la paz mundial, además de normalizar y perpetuar el estado de guerra al cazar a un enemigo quimérico que se esconde en las sombras y que prácticamente podría alojarse en cualquier punto del planeta. Horas después de los atentados, el gobierno estadounidense culpó a al-Qaeda y a Bin Laden de haber planeado los ataques. Según los servicios de inteligencia occidentales el ex empleado estadounidense Bin Laden se refugiaba en Afganistán, cobijado por los mismos talibanes que Estados Unidos había llevado al poder diez años antes. Los medios de comunicación vociferaban sobre la sed de venganza del pueblo estadounidense, combinando las lágrimas y los gritos de rabia de los testigos con imágenes de los aviones de pasajeros impactando en las torres del Centro Mundial de Comercio neoyorquino. Nadie dudó que los culpables de los atentados hubieran sido miembros de una red terrorista y mercenaria fantasma. Los estadounidenses exigieron una retribución tan explosiva y sangrienta como los mismos atentados del 11 de septiembre. Tras casi 16 años de ocupación los ejércitos estadounidenses y europeos (tanto oficiales como privados) siguen ocupando el suelo afgano, dando la impresión de “atascamiento”, sin embargo su presencia nunca estuvo relacionada con la “guerra contra el terrorismo islámico”. Desde un principio se buscó crear una zona de contención ante el poderío chino y ruso; controlar la producción y tráfico de opio, y así evitar que sus rivales los aventajaran en guerra la energética por los hidrocarburos, en la que Afganistán juega un rol protagónico al estar a medio camino entre Asia Central y el subcontinente indio.

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Tan sólo dos años después de la invasión estadounidense de Afganistán, Washington ordenó la invasión a Irak, la segunda contra aquel país en doce años. Esta vez las excusas fueron acabar con un régimen que supuestamente patrocinaba y promovía el terrorismo y que poseía armas de destrucción masiva (nucleares, químicas y biológicas), a pesar de las continuas inspecciones de organismos internacionales que contradecían la versión estadounidense. Nuevamente los conglomerados mediáticos hicieron su labor al hinchar continuamente por la invasión del territorio iraquí, sin importar el repudio masivo contra del gobierno de EUA y sus aliados, ya que a diferencia de la invasión en Afganistán, los medios de comunicación no pudieron convencer al público sobre los vínculos entre Hussein y al-Qaeda. Todo esto fue inútil: el 18 de marzo de 2003, Estados Unidos comenzó el bombardeo de Irak. El mundo tardó mucho tiempo en “sospechar” que el gobierno estadounidense se aprovechaba de la tragedia del 11S para controlar los recursos energéticos y la posición geoestratégica de las naciones invadidas. La segunda invasión sirvió para que Estados Unidos abriera una brecha entre Irán y Siria, países que tenía contemplado atacar en los próximos años. Sobra decir que después de una década de ocupación estadounidense nunca se encontraron armas de destrucción masiva en suelo iraquí.

Después de ocho años de salvajismo por parte de la administración de Bush Jr., los estadounidenses eligieron en 2008 a Barack Hussein Obama, un individuo que desde su campaña fue ungido por los medios de comunicación vinculados al sector liberal y al Partido Demócrata como el redentor de Estados Unidos y el salvador de un mundo asolado por el imperialismo estadounidense más agresivo. Sin embargo, los electores estadounidenses se equivocaron rotundamente. Entre las promesas de campaña del candidato se contaban el regreso de las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán y el cierre de la prisión y centro de tortura en el territorio ocupado de Guantánamo en Cuba. En pocas palabras prometió apaciguar el imperialismo estadounidense, sin embargo tras unos cuantos meses en el poder Obama comenzó a dar chispazos de la futura brutalidad injerencista de su presidencia que haría palidecer a la del propio Bush Baby.

En 2016, a finales del mandato de Obama los números de víctimas provocados por las invasiones de tropas estadounidenses, mercenarios y bombardeos por aeronaves no tripuladas sumaban cientos de miles. Desde el Norte de África hasta el Punjab, los drones washingtonianos arrasaron aldeas acabando con las vidas de miles de civiles inocentes. En Libia las personas que no fueron aniquiladas por los bombardeos de la Alianza Atlántica perecieron a manos de los mercenarios del grupo conocido hoy en día como Daesh (Estado Islámico, ISIS) que actualmente ha sembrado una barbarie sin paralelo en Siria y en un Irak previamente devastado y balcanizado por la invasión estadounidense. En Yemen las aeronaves no tripuladas de la Fuerza Aérea estadounidense no son los únicos medios para devastar el territorio y a su población, ya que la petromonarquía de los Saud ha servido como el emisario del terrorismo imperialista angloestadounidense, cometiendo innumerables crímenes contra la población civil con bombas de racimo o uranio empobrecido. Mientras tanto, en Europa las desfachatadas y sanguinarias políticas estadounidenses acabaron patrocinando a un régimen neonazi como el ucraniano y alineando a todo un continente otanizado para un inminente choque directo contra Rusia, todo esto con una campaña mediática de rusofobia sólo comparable con lo ocurrido en los momentos más tensos de la Guerra Fría.

El primer país en vivir la injerencia de la administración del Premio Nobel de la Paz fue Libia, una nación que antes de los bombardeos de la OTAN (“Operación Protector Unificado”) y de la invasión de mercenarios y terroristas en 2011 era considerado como el más prospero del continente africano, con los mayores índices de salud, educación y crecimiento económico, cuna del panafricanismo y foco continental contra el neocolonialismo. Los medios de comunicación ni siquiera tuvieron tiempo para fraguar una trama de mentiras sofisticadas contra Libia y Muamar Gadafi, lo único que repetían incesantemente fue que la Yamahariya (El Estado de las masas), fundado por Gadafi en 1977, era antagónica a los “valores de Occidente” y que el líder fue promotor del terrorismo internacional. Nuevamente se omitieron los datos duros sobre el progreso libio, su riqueza energética y la inminente decisión de Gadafi por abandonar el dólar y regresar al oro, abundante tanto en el Magreb como en el resto del continente. La destrucción de la nación Libia también sirvió para que Estados Unidos nuevamente introdujera a sus legiones mercenarias que hasta la fecha continúan sembrando el terror en todo un país destruido y divido tribalmente.

Muchas de estas hordas serían movilizadas posteriormente al Máshrek donde se integraron con diversos contingentes terroristas provenientes de diversas latitudes y patrocinadas por los petroemiratos del Golfo, el estado turco erdoganista, el Estado Colonial de Israel y Estados Unidos, quienes los han utilizado para devastar Siria e Irak, presentándolos como rebeldes que se levantaban contra la tiranía de sus gobiernos, de manera similar a lo ocurrido en Afganistán en los años ochenta. Washington recurrió nuevamente a la estratagema de guerra subsidiaria. A mediano plazo sus objetivos eran lograr la balcanización total de Siria (y perpetuar la barbarie en Irak) mediante una guerra civil sin cuartel entre los diversos grupos étnicos y religiosos que serían coordinados por los líderes y grupos terroristas y guerrilleros patrocinados o creados por distintas potencias extranjeras, que más tarde se alinearían en contra del gobierno socialista árabe encabezado por Bashar al-Ásad, dividiendo finalmente a un país en diversos estados de acuerdo a su características religiosas, étnicas y lingüísticas. Posteriormente las potencias verían concretados sus planes, entre ellos construir un gigantesco corredor energético desde Catar hasta Turquía, darle a Israel el total dominio del Golán sirio, crear un estado-nación kurdo sin que Turquía entregara un metro cuadrado de su territorio, además de un estado chií, otro suní, uno druso y otro cristiano, estos dos últimos a partir del desmantelamiento del estado libanés.

Los planes de EUA y sus aliados pronto se salieron de control. El Estado Sirio con el apoyo y posterior intervención de sus aliados (Rusia, Irán y Hezbolá) resistió la embestida de los diversos grupos terroristas que ya no sólo combatían contra el ejército de la República Árabe Siria sino entre ellos mismos. Ante la imposibilidad de unificar los intereses de cada grupo, la estrategia mediática de Washington fue bautizar a algunos grupos como “rebeldes (terroristas) moderados”, entre ellos el Ejército Libre Sirio (el favorito de Estados Unidos y Europa) mientras que otros desempeñaron el papel del “terrorista convencional”, con grupos como el Frente al-Nusra (la rama sirio-iraquí de al-Qaeda) y el Estado Islámico (Daesh). La retórica mediática occidental se basó en demonizar al gobierno sirio y en validar la lucha del ELS que, según los medios, no sólo se enfrentaba contra el gobierno de Damasco sino también contra los terroristas de Daesh. Esta vez los medios tradicionales no serían los únicos en lavar la imagen de los “terroristas moderados” ya que en las redes sociales un aluvión de cuentas patrocinadas por diversos gobiernos, asesores de los servicios de inteligencia y por los mismos grupos terroristas se encargarían de difundir notas y tragedias falsas, las más celebres sin duda la hambruna en la localidad de Madaya o la tragicomedia de la niña Bana Alabed, la cual fue explotada por el Ejército Libre Sirio (conocidos ahora simplemente como “la oposición”) y sus mecenas en el gobierno turco. El apoyo mediático a favor de los terroristas en Siria alcanzó niveles nunca antes vistos cuando estos lograron ser retratados en un documental bautizado como “Cascos Blancos”, el cual hace referencia a un supuesto grupo de rescate de la “oposición moderada” que no es más que los miembros del ELN y al-Nusra interpretando (literalmente) papeles de rescatistas. No pasó mucho tiempo para que los “protagonistas” fueran identificados como miembros de los grupos terroristas ya mencionados, entre ellos algunos decapitadores de civiles.

Las victorias del Ejército Árabe Sirio contra los ejércitos de mercenarios extranjeros se deben en parte al apoyo logístico y militar de una Rusia totalmente revitalizada después de los difíciles años del caos post soviético. Históricamente tanto la URSS como la Federación Rusa han sido aliados incondicionales de la Siria baazista, por ende, Estados Unidos sabía que al asestar un golpe contra Siria también lo harían contra el gobierno ruso. Cuando los estadounidenses desplegaron a sus mercenarios estaban seguros que la asistencia rusa no sería mayor al envío de unos cuantos asesores militares. El Pentágono creía que Rusia no volvería a repetir el mortal error soviético en Afganistán y evitaría mandar tropas a suelo sirio. Sin embargo Washington, Tel Aviv, Riad y Ankara se equivocaron. Las tropas rusas no entraron masivamente por tierra ni por mar. Rusia se concentró en atacar a los contingentes terroristas desde el aire mientras el ejército sirio, Hezbolá y las tropas iraníes combatían en tierra. Los estadounidenses nunca pensaron que Rusia despertaría de ese letargo tras un largo periodo (gobierno de Yeltsin) de sometimiento a los intereses occidentales y otro de modernización de las fuerzas armadas.

Desde 1999 el gobierno ruso se enfrentó a diversos contingentes extranjeros que buscaron desestabilizar el país armando, entrenando y validando las acciones de movimientos guerrilleros y terroristas de diversa índole, desde el islamismo hasta tropas atlantistas asesorando a gobiernos extranjeros cercanos a las fronteras de Federación Rusa. Esto puede ejemplificarse con una década de conflictos en el Cáucaso, donde Estados Unidos y sus aliados patrocinaron desde finales de los noventa a grupos separatistas en Chechenia, república autónoma en la que los rebeldes recibieron asistencia de mercenarios islámicos procedentes de Arabia Saudí, Yemen, Afganistán y Bosnia, miembros en aquel entonces de al-Qaeda. Sumado a esto debemos mencionar el conflicto entre Rusia y una Georgia que se había convertido en bastión de Estados Unidos y sus aliados. El ex presidente georgiano Mijaíl Saakashvili, educado en Estados Unidos y colocado en el poder por Washington a través de una revuelta “popular” (basada en el modelo OTPOR) bautizada como “Revolución de las Rosas” desestimó y reprimió en diversas ocasiones los reclamos independistas de Abjasia y Osetia del Sur, regiones de minoría georgiana contenidas en el territorio de aquel país y cuyos gobiernos separatistas eran apoyados por Moscú. Tras diversos choques esporádicos, la tensión alcanzó un punto crítico en 2008 cuando el ejército georgiano atacó a las fuerzas sudosetias, forzando la intervención rusa en pro de sus aliados.

Estos hechos son un reflejo de lo ocurrido en los últimos diez años durante los gobiernos de G.W. Bush y Barack Obama, los cuales se enfocaran en rodear militarmente a Rusia y controlar política y económicamente a sus vecinos como ha ocurrido en los países bálticos y en Ucrania. Es precisamente en este último país donde puede apreciarse los niveles de corrupción y violencia que los estadounidenses son capaces de promover con tal de satisfacer sus intereses. Tan solo unos años después de la revuelta de colores georgiana, en Ucrania ocurrió un evento similar, la llamada Revolución Naranja, que sirvió para ratificar el exitoso modelo de las llamadas “revoluciones de colores”, que poco tienen de espontáneas y populares, ya que están son quirúrgicamente planeadas por agencias de inteligencia extranjeras a través de ONGs nacionales e internacionales (como Amnistía Internacional) que buscan cambiar el escenario político, económico y social de un determinado país a través de un “golpe suave” en el que el derramamiento de sangre sea nulo o mínimo, además de que no se requieren costosos usos de armamento. Al igual que en Georgia, el objetivo de los revolucionarios naranjas ucranianos fue instalar un gobierno pro estadounidense y europeísta, plan que se repitió en Kirguistán en 2005. Los impresionantes niveles de corrupción del gobierno ucraniano y sus constantes coqueteos con Moscú llevaron nuevamente a Washington y Bruselas a orquestar una nueva colorida revuelta en Ucrania que tras cometer innumerables abusos y masacres contra la población prorrusa llevó al poder a un gobierno prácticamente neonazi que ha cometido un genocidio contra una Crimea que busca independizarse de Kiev y vincularse en un futuro con la Federación Rusa. Todos estos hechos son desconocidos en Europa y Occidente donde los medios han presentado a la junta de Kiev como héroes frente al asedio ruso, aunque en los últimos meses ha resultado difícil seguir lavando su imagen tras los innumerables crímenes del régimen ucraniano que ni los medios más rusófobos han logrado ocultar.
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SIGUE A PARTE 4

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