¿Por qué el derecho a la vida debe ser una garantía?

En ese golpe bajo, en la bajez
de esa mofleta, en el disfraz
ambiguo de ese buitre, la zeta de
esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad
Hay cadáveres
Néstor Perlongher

Por José Pulido
@RigoMortiz

El sábado me desperté con la noticia de que habían matado a cinco personas en la colonia Narvarte (mi colonia). En el transcurso del día apareció el nombre de Rubén Espinosafotoperiodista de Proceso y la agencia Cuartoscuro– como una de las víctimas. Para el día de ayer, el nombre de Nadia Vera se sumó a la lista de los cuerpos identificados.

Traté de sentirme tranquilo todo el fin de semana. De no pensar mucho en el asunto, quería ignorarme a mí mismo. “Qué poca madre”, pensé. Luego, la memoria, traicionera, me regresó el rostro de Nadia, compartíamos las mismas inquietudes, incluso los mismos miedos. Durante mi paso por #YoSoy132 Xalapa, recuerdo, como impresiones en blanco y negro, haberla visto y escuchado.

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Rubén tenía miedo, por eso regresó a México y el brazo de un Estado asesino lo alcanzó hasta acá, fue otro brazo, el de la ineficiencia y la estupidez el que le abrió la puerta. La versión que ya empieza a circular en redes sociales de los hechos apuntan a un conato de robo. De ser así, los asesinos y presuntos asaltantes deben ser unos enfermos y todos tendríamos que cuidarnos, periodistas o no, porque ¿a quién carajos se le ocurre torturar a alguien así antes de matarlo, sin motivo alguno, únicamente por el hecho de robar?, ¿por qué era necesario un tiro de gracia?, “El mensaje del gobernador de Veracruz es claro”, como decía alguien en redes sociales, “…no se solidaricen, no socorran, no acojan a los perseguidos, porque los matamos a ustedes también”.

Me parece abominable que el mismo Estado que mató a Nadia y a Rubén sea el que tenga que garantizar nuestro derecho a la vida, ya ni siquiera a una vida digna. Como si para vivir se necesitara permiso. Yo, al igual que Rubén, sin ser siquiera periodista, también tengo miedo, siento impotencia, cansancio, desasosiego. Lo más terrible es que se están convirtiendo en sentimientos cotidianos. No podemos dejar de marchar, es cierto, necesitamos recordarnos constantemente lo jodido del asunto, la herida abierta que representa este país y que parece no sanará nunca. Está bien que marchemos, a sabiendas de que del otro lado nadie nos va a responder nada y si lo hacen será quitándonos lo único que pensamos que no podían arrebatarnos.

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En 1929 Max Weber apuntaba que el Estado es una “asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que, con este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de sus dirigentes y ha expropiado a todos los seres humanos que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas”. Parece que en Veracruz –por no decir, Guerrero, Chiapas, Michoacán– sigue siendo 1929, ¿qué sucede cuando ninguna institución es capaz de protegerte? No hay Estado fallido, ellos están logrando lo que quieren, los que estamos fallando somos nosotros, porque nos están acorralando y pareciera –casi siempre tengo esa impresión– que ni siquiera nos importa escapar.

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