Postal 101. A la orilla de la evocación

por Erika Arroyo
@WooWooArroyo

La marea de sueños y nostalgia ha traído hasta las playas de Postales un recuerdo que yace ahí, a la orilla de la evocación, como un recién renacido que acaba de abrir de nuevo los ojos al mundo, uno muy distinto al que había visitado antes.

POSTAL 101-1

M.C. Carrera a la Señorita Irmita Hasbún, en la calle de San Salvador, en la ciudad de Valencia.

El pedazo de cartoncillo que porta dicho mensaje lleva en la parte frontal a una niña angelical en blanco y negro con flores salpicadas de color, está fechada en julio de 1921, pero esta tarde, mientras caminábamos en las arenas movedizas de la memoria y la encontramos, sacamos nuestros lentes ye-yé para leerla en terlenca a todo color.

En esta escena volteamos al cielo, las nubes son espirales y el atardecer se vuelve el escenario de una charla en el patio escolar.

M.C. e Irmita han subido algunos centímetros sus faldas, colocando imaginariamente pelucas de peinados abultados y pestañas que acarician el mundo.

Los zapatos de piso se deslizan como trozos de mantequilla provocando una marcha de ritmo descomunal, un estornudo seguido de otro estornudo como en efecto dominó ha creado una coreografía en la que no se apoyan los talones.

En este recuerdo trasnochado se levantan las manos flexionando ligeramente los codos, se mueven a la derecha, luego a la izquierda, y luego intercalamos una abajo y otra arriba. Levantamos la barbilla conforme saludamos la noche. Repítalo frente al espejo y no tema, eso que siente recorriendo sus extremidades se llama ritmo. ¡A bailar!

Los toldos de los autos son pequeñas pistas de baile y los interiores aterciopelados, habitaciones de encuentros fortuitos entre amantes imposibles. En la radio han enviado saludos a Irmita, el locutor, con su voz engolada, le dedica 16 primaveras de Eva María.

Chamarras de piel perfectamente limpias repelen las primeras gotas de la lluvia, cubren entre dos y tres cabezas a la vez, en este momento de la postal es más importante mantener la altura del crepé que las piernas secas.

Entre los charcos de la calle un perro se revuelca con una felicidad inaudita, a lo lejos, los gritos de su dueña se pierden entre arrancones de adolescentes.

Que los años mozos en los que esta postal ha sido recreada haya sido de su agrado, y que todos y todas a estas alturas de la noche estén dispuestos a bailar.

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