Postal 103. Un poco de turbulencia

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Por unos pesos unos minutos de tranquilidad, el vuelo va retrasado por varias horas y el estómago no entiende razones.

“Algo ligero”, se dijo, para atender esa necesidad básica. Luego todo sería felicidad en cuanto las azafatas dieran su discurso de bienvenida.

Esta noche, nofm escuchas, acompañaremos a Elvia en su viaje rumbo a Perú. Ajústense los cinturones que estamos a punto de despegar.

“Cuenta la leyenda que había una mujer muy hermosa que hechizaba con sus guisos. Sabores, olores, qué tanto no habrá usado esa bruja para endulzar paladares.” Una madre lee un libro a su hijo en el asiento contiguo. El niño ha parado de comer malvaviscos, como por acto de magia, la abuela ha interrumpido la historia para agregar que en Perú hay dulces más deliciosos que esos chiclosos y pegajosos pedazos de no sé qué.

Los adultos son las verdaderas brujas de esta historia, así que procure no mirar a los ojos a cualquier especimen de ese tipo que se encuentre a su paso. Le sugerimos mirar por la ventanilla, los carritos maleteros siguen descargando petacas en la pista de despegue, muy pronto desaparecerán como puntitos en el infinito.

Sin percatarse de nada, como si al destapar su bolsita metálica con frituras se hubiese abierto un portal al más allá, Elvia se ha perdido del despegue. Los crujientes pedazos retumban en su cabeza ensordeciendo al mundo, las aeromozas se observan a lo lejos en lo más parecido a un juego de mímica que pocas personas atienden.

El atracón de Elvia se sincroniza con el despegue y unas cuantas papitas brotan esparciéndose por la alfombra, alarma para su despertar, el viaje ha comenzado y Elvia está envenenada de emociones encontradas (pánico y una alegría incontenible) y, por supuesto, sabores artificiales.

Sudorosa, temblorosa y a go gó, Elvia ha tomado la mano de Chela, a quien no hemos escuchado hablar porque se tomó Dramamine para evadir su pavor a las alturas.

Un poco de turbulencia no le viene mal a nadie, siempre conviene recordar fragilidades.

“Permanezca en su asiento, muy pronto alguno de mis compañeros le ofrecerá algunas bebidas y refrigerios que les encantarán.”

Una pareja octogenaria se lanza miradas advirtiendo ninguna novedad ante el anuncio.

Las horas de vuelo deberían contar como ejercicio. El cansancio golpea los rostros y se traduce en largos bostezos, Elvia guarda con recelo una nueva bolsita, esta vez de maíz con habanero que hurtó de la charola de su adormecida Chela. Es de noche y la pista de aterrizaje no es más que un gran hoyo negro que se alcanza a distinguir con lucecitas deslumbrantes que conviene no observar fijamente.

Tras varias horas de espera en la sala de llegadas internacionales, Elvia escribe un mensaje, de vez en cuando pone un poco de saliva en la punta del bolígrafo, eso le da un aire magistral. Chela, vuelta loca, ha despertado de una vez por todas corriendo entre las bandas de equipaje.

En su inspirador texto, Elvia dice lo siguiente:

POSTAL 103-1

 

Esperamos que usted no haya perdido maletas en este viaje y que sus jugos gástricos les traten placenteramente.

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