Postal 105. El panóptico de la devoción

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Los dedos cruzados entre sí sostienen el rostro afligido y de gestualidad contenida de una mujer que hincada en una banca, murmura de memoria una oración. Su espalda es apenas tocada por lo rayos de luz que atraviesan el vitral principal, por un momento es a la vez una creyente y una estrella interpretando un papel en el escenario.

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Bienvenidos a #Postales.

Al pie del altar a San Charbel arden veladoras recién desempacadas, es el santo libanés que fue canonizado tras emanar sangre de su tumba, y el que más solicitudes de milagros recibió. La licuefacción es lo más parecido a un milagro, pero ha sido integrada a ninguna de las representaciones, una escultura sangrante, como una fuente, qué cosa tan macabra y ad hoc con el espíritu religioso.

Peticiones por escrito, fotos y listones contrastan junto a su túnica negra, sus brazos extendidos al cielo reciben las peticiones como un perchero en la entrada de la iglesia. El calor del fuego hace crujir el cristal que contiene la luz que lo alumbra.

En una iglesia es posible apreciar distintos grados de silencio y recogimiento. Las vírgenes atraen como campos magnéticos, sentencias que la gente se dice a sí misma, entre dientes. Delante de ellas, algunas mujeres cubren sus cabezas con velos y miran hacia sus adentros, donde flotan las emociones entre lágrimas que siempre, siempre, están a punto de escapar.

Los rostros aliviados, parecidos a los provocados por los sedantes luego de lapsos prolongados de dolor, no son los mismos que llegaron varias oraciones antes. Hay un cierto encaje a través del cual mira la fe que hace lucir todo irresistible, dotando su entorno de sensualidad.

“No cruces la pierna delante de una cruz”, dicen las catequistas a las niñas que intentan apoyarse para tomar nota.

“No subas los pies porque la gente pone las rodillas ahí”.
“No te rías, no respires, no cuestiones”.

En este videojuego que se alimenta de la prohibición sólo tienes media vida, y estás condenado a ser más mortal de lo normal.

El confesionario es un diván engañoso, hablar es gratis, pero escuchar cuesta. Dos, cuatro, diez oraciones antes de dormir y después de ir al baño, eso toneladas de culpa y limosna. Afuera espera la canasta donde chocan las monedas y se frotan los billetes que secarán el sudor de los sacerdotes.

La alfombra que da la bienvenida a los cristianos no puede ser pisada por todos, al entrar es preferible caminar por las orillas o los pasillos laterales. En cualquier caso, revisa tus suelas, podrías tener mierda en ellas.

A pesar de contar con nichos de alumbramiento, las iglesias son lugares oscuros, es esta la ventaja que algunos policías aprecian y de la que se aprovechan para pasar desapercibidos a la hora del almuerzo o de la siesta, o las parejas en sus momentos de intimidad.

Esa oscuridad que rodea la fe y desdibuja los límites de las velas genera un abismo en el que todo parece infinito, las plegarias se lanzan a él y con ellas se van muchas esperanzas también. Las condenas, por su parte, tienen muy claro su lugar, están ahí, encendiendo candelabros y esperando a que termines de arrepentirte para abofetearte.

Si Dios existe, debe estarte viendo las entrañas, los pensamientos, las ganas que tienes de arrojarte a la nada y de lanzar al vacío toda tu fe. Pero si fuimos hecho a su imagen y semejanza tenemos al menos, un gramo de esa misma atribución, el panóptico con olor devoción.

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