Postal 106. ¿Crees que un día este techo ya no me quede?

por Erika Arroyo
@_earroyo
y María Fernanda Gutiérrez

Con la humedad o el tiempo (lo que llegue antes) la madera puede irse debilitando poco a poco, deformándose, generando grietas, hongos; rechinando con el movimiento. Su rechinido suena como un grito paciente. A pesar de su estado inconveniente, sobre ella se puede escribir sin problema y el mensaje durar por décadas, siempre y cuando nadie lo perturbe.

NARRADOR: En el primer piso de un edificio relativamente viejo de la Colonia Roma Sur, se encuentra el departamento en el que tiene lugar esta postal. Ahora habitado por inquilinos jóvenes, entusiastas de los libros apilados y artesanías coyoacanenses, este espacio que ha resistido temblores y terremotos, de paredes cubiertas por objetos y adornos, fue el hogar de la familia Márquez desde el nacimiento de su primer y único hijo, y hasta bien entrados los años 90, momentos antes de la fiebre gentrificadora.

HIJO: ¡Mamá, ya está silbando la tetera!

NARRADOR: Son casi las 7am, el día aún no termina por asomarse, pero el sonido de los autos anuncia el comienzo de un insoportable día entre semana. Tú, sí, tú, que estás del otro lado de la bocina, tienes ahora mismo 9 años, llevas puesto el uniforme de la primaria Benito Juárez, un disfraz cuadriculado azul marino con blanco, similar al del 90% de los niños de tu edad que seguramente, también batallan con la mañana.

NARRADOR: Aún no te amarras las agujetas de los zapatos negros, boleados, chatos, pesados, ortopédicos, que se arrastran tanto como tus párpados. Aún tienes sueño, siempre tienes sueño a esta hora, y te plantas frente al espejo a mirarte los dientes antes de lavarte la cara. Tú que todavía no usas desodorante ni loción ni alguno de aquellos artilugios para esconder tu olor, que estás pensando en la reta de tazos y en comer después de clases zanahorias con chile hasta llorar por la nariz; bienvenido seas a esta noche de #Postales.

MAMÁ: Ándale que se hace tarde y esta vez no nos vamos hasta que te cepilles los dientes.
HIJO: ¿Puedo llevar mi yo-yo?
MAMÁ: Ya habíamos hablado de eso.
HIJO: Pero se lo quiero mostrar a Feli.
MAMÁ: Si te apuras, te mido antes de ir a la escuela.

NARRADOR: En el tazón que alguna vez fue blanco, nadan en leche algunas hojuelas de maíz previamente bañadas de chocolate líquido para imitar el color de las que anuncia el elefantito aquél y que no te gustan tanto pues, según tú, esas bolas oscuras parecen popó de conejo.

NARRADOR: Tu mamá ha aprendido bien la incuestionable tradición de darte jarabes viscosos, de sabores asquerosos y espesos licuados con huevo. Cada vez que estás delante de una cucharada o un vaso gigante con alguna de estas sustancias, te concentras en el tirol del techo y te tapas la nariz. La promesa de crecimiento siempre ha sido dura para el humano.

“Este niño está muy flaco”, dice tu abuela cada vez que vas de visita. Se ha convertido en una sentencia. Su miopía no es impedimento para alimentar sus obsesiones alimenticias y enjuiciadoras. “Mariana, dale Complejo B, mira nomás, está todo huesudo este chamaco.”

MAMÁ: Te veo más alto, a ver, recárgate en la puerta para medirte otra vez.
HIJO: ¿Crecí? ¿Crecí? ¿Cuááánto?
MAMÁ: Muchísimo.
HIJO: ¿Crees que un día este techo ya no me quede?

NARRADOR: ¿Ese gran crecimiento que te prometieron no es suficiente como para subirte a la montaña rusa o andar en patineta con los de la secundaria? Sigue estas pequeñas instrucciones para fingir ser más alto y jamás ser cuestionado.

ESPECIALISTA DE INFOMERCIAL:

Usa tenis con plataformas uniformes
Estira el cuello bien alto, procurando mirar a la gente como si te costara trabajo, dirigiendo la mirada hacia abajo
Levanta ligeramente los talones al momento de medir
Actúa con absoluta confianza, sin titubear
Viste pantalones de brincacharcos, descubre tus tobillos, así nadie dudará de tu estatura
No olvides asumirte alto, la estatura mental siempre mata a la estatura física

NARRADOR: Te duelen los huesos, no hay duda, estás creciendo, aunque nadie más lo note. Los pantalones de tu pijama huelen a la pomada del tigre que tu madre unta cada noche, con la intención de ayudarte a aliviar la molestia. La abuela le dijo que con eso se calma las reumas, dolores muy parecidos a los que tienes ahora.

HIJO: Oye, ¿cuando crezca más me voy a parecer a la abuela?
MAMÁ: Todos nos vamos a parecer a nuestros abuelos, nos vamos haciendo viejitos.

NARRADOR: Ahí tienes, no necesitas del oráculo para darte una idea de tu destino.

ESPECIALISTA DE INFOMERCIAL: Estimada ama de casa, madre, cabeza o cabezona de familia, saque el máximo provecho a la ropa de sus hijos siguiendo este sabio consejo heredado de generación en generación hasta la degeneración: compre la ropa de su hijo tres tallas más grande, un cinturón de mecate podrá ayudarle a sostenerla en caso de que se le caiga. Desdobladille cuando le vaya quedando más justa y cuando el tiro de los pantalones o los cuellos de las camisas lo estrangulen, guárdelos para su próximo hijo o su propio recuerdo.

Y ponga mucha atención con los tenis, no importa qué tanta resistencia oponga ni cuánto calor haga, oblíguelo a usar doble calceta para que tenga calzado para la clase de deportes para rato.

Ahora, con ustedes, un mágico mensaje de luz.

SUSURRO: Rebélate ante las intenciones macabras de tu mamá. Di siempre que sí a la sopa con una sonrisa, da las gracias para que piensen que estás de su lado, pero guarda tu distancia en todo momento. No dejes que elija la ropa que te vas a poner ni la estación de radio que escucharás camino a la escuela, recibe sus abrazos, pero procura que no te vean tus amigos.

NARRADOR: Tu sudor tiene ahora un olor sospechoso entre cheetos y leche agria,.Tu desodorante ya no es suficiente. Tus rumores de pelo en pecho son la burla de las niñas que huelen más parecido a chicle frutal y sus cuerpos parecen ser más justos con ellas.

VOCES DE MAMÁS QUE SE EMPALMAN: “Ya no deja que lo toque.” “Ya no me cuenta nada.” “No quiere que lo vean conmigo.” “Hace un año que no deja que lo mida y antes le encantaba.” “Pero bien que me pide dinero.” “Se encierra en su cuarto y no sé ni qué hace.” “Le descubrí una Playboy en su mochila.” “El otro día traía un chupetón.” “Bueno, ya, cómete tus quesadillas.” “Y le dije que estaba castigado y no le importó.”

MAMÁ: Qué alto estás.
HIJO: ¿Es en lo único que piensas?
MAMÁ: No, también pienso que antes sonreías más.

NARRADOR 1: Vayamos, por un momento, al principio de todo esto, puedes cerrar los ojos, o no. La madera de la puerta del baño se ve un poco menos viva que cuando habitabas ese lugar, pero aún resiste. ¿Serán cinco o seis los habitantes que han pasado frente a la misma ventana por la que te asomabas para lanzar bolitas de papel ensalivado a los transeúntes? Ninguno te conoció, probablemente tampoco vieron la calle que tú viste desde ahí.

NARRADOR 2: En sólo un año creciste cinco centímetros, eso dicen las marcas que nadie se ha atrevido a borrar. Eres el testigo más fiel de tu propio cuerpo, tu crecimiento no le pertenece al sistema métrico. Las paredes se pueden pintar pero con las puertas es más difícil.

NARRADOR 1: Muchas gracias por acompañarnos esta noche de #Postales. Gracias especiales a María Fernanda Gutiérrez por sumarse a este paseo, al Vikingo por hacer magia en los controles, a NoFM por el espacio y a todos ustedes.

Comments

comments