Postal 107. Nadie quiere morir de amor con el estómago vacío

Por una vereda tenue por la que apenas habrán caminado algunos cientos de pies, nos dirigimos hacia una improvisada banca, inaugurada por un tronco caído donde nuestro personaje yace, sentado, a la espera. Las risas de las familias que suben por la tarde al Desierto de los Leones, se confunden con las discusiones entre aves.

Las ramas, aún bañadas por los rayos solares, recobran la brillantez de su verdor, las cortezas parecen escamas y los humanos que se adentran al bosque, tienden a confundir excremento de perro o caballo con esculturas de la naturaleza. Un par de ardillas pelean con una rata que les dobla el tamaño, un pedazo de bolillo es defendido a capa y espada por el par de rabo peludo.

Desde el lugar en el que nos hemos acomodado para hacerle compañía a este personaje del que les hablaba hace un momento, cuyo nombre no nos ha sido revelado, la lucha por el alimento tiene un poder dramático tremendo. Animales del mismo orden reunidos para tirarse zarpazos y probablemente, algunos insultos incomprensibles.

Primer acto

En el que continúa la espera, ahora con una temperatura ligeramente más baja que en el preludio, también más húmeda, lo cual hace aflorar el aroma del perfume que nuestro personaje -del que seguimos sin saber género, edad, procedencia, cantidad de vacunas, profesión, etc-, se administró después de darse un baño. Un baño previo al baño de fragancia, un acto que porta un mensaje oculto, oculto e impreciso: o no me olvides o maréate hasta olvidar.

2:15 ¿Será que viene tarde del trabajo?
2:30 ¿Sí me dijo que aquí nos veíamos, no?
2:35 Qué tal que no era hoy.
2:36 ¿Y si mejor lo espero donde lo conocí?
2:38 ¿Me lavé los dientes?

Preámbulo al segundo acto

Aquí hacemos una pausa. Nada se mueve, ni siquiera las alas de los pajaritos o las hojas con el viento. Nosotros, que hemos estado observando a este solitario ser y escuchamos sus pensamientos, hemos presionado el botón que todo lo detiene para compartir con ustedes una situación angustiante de la que nuestro sujeto de estudio no se ha percatado: no se puso desodorante y de los nervios está sudando tanto que podría bañar diminutos bosques.

Continuamos.

Segundo acto (ahora sí)

3:15pm. La espera se estira como chicle y el estómago está comenzando a hacerse chiquito, chiquito, un temblor que corre del estómago hacia la garganta le llevan a preguntarse, esta vez en voz alta si hoy es jueves. Menos mal que tiene manera de corroborarlo. Efectivamente es este el día, el del encuentro.

Se está nublando y con él su voz, no obstante, da inicio a un monólogo ahogado en llanto potencial. Es muy triste e íntimo, así que no se los compartiremos.

Tercer acto

Sin sentirlo, han pasado ya dos horas. La tristeza se siente en varios lugares del cuerpo, no sabemos si sucede de manera simultánea, pero a veces es más notorio en el estómago y el pecho. Tristeza por la espera en soledad, tristeza por no saber si hubo algún malentendido, tristeza porque ya pasó la hora de la comida y la tripa empieza a revolotear.

Seguimos en este drama sin final.

Actualización del tercer acto

El cielo ha comenzado a dar señales de tormenta, el hambre de no dar tregua. Lluvia con llanto, no estamos seguros de qué tan conveniente sea la combinación, si bien uno ayudará a disimular al otro.

Lararararará*

Cuarto acto

Un policía en cuatrimoto ha pasado cerca recomendando a gritos encontrar refugio lejos de los árboles. Señala los puestitos de comida. Nadie quiere morir de amor con el estómago vacío.

Quinto acto

Lo que veremos a continuación es un acto estoico. Habiendo ubicado el lugar de la cita que no sucedió respecto del puesto de quesadillas y gorditas más cercano, nos alejamos de uno para acercarnos al otro sin perder de vista el punto de partida, lo último que muere es la esperanza y cuando lo hace revive a la menor provocación. La tentación ha sido grande, cualquiera habría sucumbido ante el suculento menú, sin embargo, con un dominio de sí, aprovecha el momento para llevar a cabo dos peticiones, ambas clave para la postal que nos ocupa hoy:

1. Pedir un pedazo de papel y una pluma
2. Pedir permiso para usar el sanitario

La segunda necesidad, que en realidad debió ser siempre la primera, tiene un costo de 5 pesos.
La primera petición de la lista es resuelta sin mayores inconvenientes.

-Aquí tiene usted. Mueva la pluma porque luego no pinta.

Un pedazo de papel de estraza y un bolígrafo de tinta negra con algunos mordiscos en el tapón.

Y así, mirando levemente hacia arriba, en un gesto de admiración por el entorno en el que esperó más de dos horas, busca un poco de inspiración. Las palabras precisas llegarán en algún momento.

Por fin, la pluma se desliza sobre el papel, cuesta trabajo, lo sabemos, pero continúa sin detenerse:

Sexto acto

Ahora, sobre la banca que no era banca sino un tronco, sostenido con una piedra, más ligera de lo esperado, aguarda el recado. Probablemente todo sería distinto si tan solo, en vez de intercambiar sonrisas el día que se encontraron en la vereda, hubiesen intercambiado teléfonos.

Una última mirada al sitio donde permaneció, el recado sigue ahí y a nuestro personaje, anónimo y aún hambriento, lo vemos caminar cuesta abajo. Alumbrado ahora por aquello a lo que llaman “sol de lluvia”.

Epílogo

Minutos después de abandonar el lugar, el recado voló, no cayó una tormenta, como se esperaba y jamás supimos el nombre de quien esperaba a Fabián.

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