Postal 113. ¿Y a todo esto, cómo comenzó esta película?

por Erika Arroyo
@_earroyo

En algún lugar de nuestra cabeza debe estar guardada la primera imagen del mundo, de nuestro mundo. Cada vez que me preguntan cuál es mi recuerdo más viejo, encuentro alguno que antecede al último que señalé. No se lo atribuyo a algún defecto en la memoria ni a los golpes que me propiné cerca de la nuca mientras me columpiaba en las jardineras de la escuela o los codazos y cabezazos que alguna vez recibí, pero luego recuerdo a pedazos. Una voz, un llanto, una risa, pistas de un camino en el que olvidé dejar migajas para volver atrás. El olor a salsa cocida, el chorro del agua cayendo por los lavaderos de alguna vecindad, la oscuridad de un cuarto diminuto en alguna pensión, el abuelo jugando con algún muñeco de plástico, los perros ladrando de noche.

¿Y a todo esto, cómo comenzó esta película?

Es muy difícil tener nuestra propia versión de las cosas, dependemos de la buena o mala memoria de otros para saber cómo es que estamos hoy aquí, sentados en esta sala a oscuras, reconociendo los bordes del techo gracias a la proyección que se estampa con el mundo en alguna exhalación.

Si hubo un principio en todo esto y comenzó habitando otro cuerpo, ¿cómo era? ¿La piel materna era una cortina que nos cubría del sol? Dicen que la música gusta a los bebés en gestación, ¿entraba el sol por sus poros? Tengo un vago recuerdo, probablemente inventado, de haber sido tocada por el sol en ascenso de una mañana.

La primera imagen de la que habla Chris Marker en Sans Soleil es una que le contaron y que él le contó a su narrador, es una imagen feliz de unos niños islandeses caminando cerca de la carretera. En El año pasado en Marienbad, Resnais nos lleva a recorrer el interior de un edificio iluminado como quien porta una lámpara en una caverna, los recuerdos son casi susurros amplificados por el eco del lugar, que se enredan y se tropiezan intentando reconstruir una historia que a veces es más un deseo y un sueño que un evento realmente pasado. José José canta como error una amnesia, el proyector se detiene, una falla técnica, una necesidad humana.

-Casi no me recuerdas.
-¿Alguna vez has aniquilado un recuerdo?

Una cortina vuela como fantasma, golpea los tubitos de metal que ha colgado la abuela en la entrada para enterarse de las visitas inesperadas. El tren pasa a lo lejos dejando una estela que puede verse repetida, como un patrón, en varios cuadros del acetato de 8 milímetros.

Los viernes de permanencia voluntaria hacen brotar monstruos entrecortados del viejo televisor, la antena es un pasador negro al que le fueron sustraídas las gomas de las puntas. El horrible color vino de una sala con textura peluda parece la sangre coagulada de cualquiera de esos predecibles thrillers con efectos visuales fascinantes que nos llenan los ojos de falsedad. No estoy segura de que ese sea la primera memoria que tengo archivada, pero la suavidad del terciopelo barato me hizo pensar en lo mucho que disfruté fingir estar dormida para colarme en las veladas adolescentes de mis primos y tíos.

Una tarde escuché las llantas de un auto tocando la tierra suelta de un lugar sin pavimentar. Los granos reventaban en esos neumáticos plásticos de una forma que no sé explicar, pero me llevaron a aquel callejón que pasó años siendo terracería, ahí donde las piedras más grandes se usaban como plataformas cuando llovía.

Todo pudo comenzar varias veces. En la carnicería, donde me gustaba abofetear aguayones y meter los dedos entre carne molida, en el carrusel al que nos trepábamos sin pagar mis primos y mi hermano, comiendo un helado en primavera, pensando en lo que sucedía detrás de los pianos de mi clase de ballet, jugando canicas, en el momento mismo en que se apagó la luz.

Caminé hacia la calle, mi madre aún no salía, la desobedecí por completo y caminé algunos metros de banqueta en soledad, todo era enorme, más grande que cuando iba algún adulto conmigo. Una mujer de la que no tengo claro su rostro, me tomó de la mano y grité en automático, lo hice con tanta fuerza y tanto miedo que se apresuró a soltarme. Mamá salió corriendo y una anciana que caminaba con su velo de domingo a la iglesia me acompañó en los 3 minutos más largos de mi infancia, los primeros momentos de terror en la vida real.

Una historia de un asalto a una Comercial Mexicana. El anaranjado del logo se ve gastado, deslavado, como se veía todo en los años ochenta. La tienda era muy grande, el policía de la entrada usaba un uniforme café con leche. La anécdota que contaban sobre ese lugar en el camión me hacía pensar en las persecuciones de las películas de acción que veía el velador de la oficina en la que trabajaban mis papás.

Las cajeras, decían las señoras que platicaban, gritaban. Había una en especial, de zapatillas blancas, que se tiró al piso y lloró.

Hubo una vez un cine, creo que el primero al que fui. Hoy es una ferretería y ha sido también otras cosas. Lo vi abandonado por años en varios recorridos por el oriente de la ciudad. Por entonces, cuando funcionaba y olía a mantequilla, me llevaron, vestida con mi capa roja y una muñeca para no aburrirme, yo prefería una almohada que mordía de la punta. Había poca gente, era de noche, entre las butacas encontré muchas palomitas trituradas y una moneda que atesoré por algún tiempo. No sé qué hice con ella, pero la guardé. De la película recuerdo poco, del cine mucho. Mis papás veían atentos algo cómico, la gente reía y se atragantaba, yo observaba los rostros que brillaban como luceros en medio de la oscuridad, escuché a parejas bañándose a besos como gatos, personas tosiendo y retorciéndose en los incómodos asientos, pero sobre todo, recuerdo el sorber de los vasos de refrescos cuando ya estaban vacíos.

El lugar era un refugio, me gusta como imagen sobre la que llueven los créditos iniciales de todo esto. Ya vendrán otras películas con sus propios claroscuros.

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