Postal 116. Cien planas de México

por Erika Arroyo
@_earroyo

Dos niñas se estiran el cabello con pasadores oscuros y se relamen como siameses los flecos con Moco de Gorila. Las ventanas de la dirección son espejos improvisados para debutantes y veteranos, ningún camerino de los teatros más importantes de la ciudad tendría la capacidad para hospedar tantos personajes. Contando las cabecitas que de puntitas se asoman para revisar que el paliacate siga en la cabeza y aquellas que verifican la combinación de sus collares coloridos de perlas falsas con los faldones que llevan, diríase que hay, por lo menos, unos 40 niños en el pasillo principal de la escuela.

Los pupitres permanecerán vacíos esta mañana dentro de los salones que han sido cerrados con llave para salvaguardar los pizarrones manchados de plumón permanente, tecnología educativa de punta que llegó hace tan solo 10 años a la Primaria Efrén Nuñez Mata.

En el jardín que bordea el patio, y donde apenas ayer el conserje quemaba algunas toneladas de hierba seca y huacales de madera, amenazando la zona con un incendio de proporciones forestales, la banda de guerra se concentra en ensayar y acomodarse los distintivos de los suéteres.

Un trompetista desafinado aprovecha la somnolienta salida del sol para interpretar con la enjundia de un niño alimentado con Zucaritas un fragmento de “Bésame mucho” que seguramente Consuelito Velázquez celebraría con el ánimo de su público en aquella presentación en Siempre en Domingo. Sus colegas aplauden, los vecinos de la colonia se asoman, el maestro calla a todos con un “fiiiirmeeees”.

Los padres de familia entran lentamente con un vaso de atole y torta de tamal. Las esperas a las 8 am son más largas y frías si no se tienen suficientes carbohidratos en la mano y en el estómago. La maestra Rosita, vestida de verde con sus labios rojos, guía a los espectadores a los bordes del escenario de concreto que recibirá al primer acto a cargo del primero A.

La escolta recorre los cuatro lados del patio. La manita temblorosa del abanderado sostiene el acero que da soporte a la bandera tricolor, el pedazo de tela brillante sale de la vitrina únicamente en ocasiones especiales, y la ceremonia de septiembre es una de ellas. Las ceremonias de los lunes cuentan con una menos reluciente pero igual atrae solemnidad. Los zapatos negros, recién boleados, golpean con su suela de cuero y goma el piso, la marcha va al ritmo de los tambores y las cornetas.

El desfile de uniformes blancos se va transformando con el paso de las horas. El Jarabe Tapatío hace volar listones y grandes lienzos coloridos, el calzado escolar es ahora un instrumento musical que marca el compás en el piso. Las lentejuelas de diminutos y costosos trajes de charro anuncian un pequeño desfile que poco a poco se transforma en una fila de conga inaugurando una mezcla de ritmos imparables. Una inexplicable invitación a bailar la pulga irrumpe el evocador paisaje lleno de magueyes y nopales.

Un festival patrio multicultural ha aprovechado la coyuntura conmemorativa para hacer un talent show.

Una ola patria motivada por la inconfundible voz del director al micrófono comienza en la fila de profesores y se extiende a lo largo del cuerpo de bailarines que, disfrazados de una y mil cosas, mantiene una despampanante sonrisa.

La maestra Virginia de educación física ha invertido sus clases de acondicionamiento físico contra la obesidad infantil preparando a los chiquitines para levantar sus brazos y gritar al unísono Mé-xi-co. Mé-xi-co. Mé-xi-co. Cien planas de México hasta expresar suficiente emoción.

Rehiletes, matracas, yo-yos. Juguetes tricolores son repartidos entre chicos y grandes en una fiesta delirante.

Un equívoco alimenta la efusividad del momento. El himno nacional en la versión de Apocalyptica se cuela por los altavoces. Nadie se ruboriza, nadie se ofende, al contrario, se aplaude, pasando desapercibido entre esa fiebre nacional.

Tres meses y medio ha costado tener esta impecable celebración. Danzas prehispánicas, danzas regionales, versiones inéditas de poemarios, terapia de himnos, reguetón patrio…

Ahí, donde los pechos se inflan llenándose de orgullo y las aulas resuenan con réplicas de una sola versión de la historia, se siembran las semillas del adoctrinamiento. Educación laica que reza religiosamente a la nación.

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