Postal 119. Todo incluido

por Erika Arroyo
@_earroyo

En un momento, Ethel y José llevarán hasta sus asientos nuestra selección especial de daiquirís y margaritas. Los invitamos a ponerse su collar de flores cortesía del Tiki Bar. Estaremos en Las Vegas tan pronto que este trayecto se evaporará en sus deseos.

Pasen, por favor, a la gran sala Hipnótica, pónganse cómodos, el show está a punto de comenzar.

– ¿Pero qué eso que suena entre las palmeras, mamá?
– Oh, no temas, es el llamado de Chita, que ha llegado desde la lejana selva para encantarnos con un acto de malabarismo aéreo.
-¡Woooow!

El chimpancé sale detrás de la aterciopelada cortina y corre entre mesas saludando a los invitados. 30 extraños que aplauden mostrando sus dentaduras postizas y caries entre brincos y marometas, sus ojos se iluminan al compás de la ovación. El volumen de los “uh-uh-uhs” que emanan de las bocinas incrementa momentáneamente, su chaquetilla de lentejuela se eleva entre unas cuerdas por las que trepa para deleitar a los turistas que han llegado a este lugar embaucados por los tiempos compartidos y la promesa del paraíso sin salir de casa.

Las cabelleras peinadas, las zapatillas perfectamente lustradas, las siluetas delineadas con la precisión de un dibujante, las mejillas suaves, los trajes sastre libres de toda arruga, las calles enceradas y las paredes de los negocios de colores llamativos. Andar por ahí hace que los alrededores parezcan estar fijados con laca. Todo es tan perfecto, tan encantadoramente artificial.

El bronceador sobre las pieles blancas las hace lucir como espejos relucientes. El agua de la piscina está tan quieta que jurarías que se trata de un piso transparente.

Las toallas a rayas y los bañadores lisos, los labios rojos y los ojos cristalinos, el Sol es el rey en el tapiz de poses de piscina. Un equipo de sirenas se sumerge rompiendo la calma, salpican y ríen contagiando alrededor y en efecto dominó, se alistan quienes yacían en las sillas plegables y sobre el pasto, un pasto tan verde que fotosintetiza con tan solo mirarlo. Detrás de la ventana que separa la escena de la sala de espera para los visitantes, un adolescente jadea y una niña lame el vidrio.

Les esperamos al terminar el recorrido por la King Suite en el sótano, el chef del Savage ha preparado para ustedes un manjar, el cuerpo de bailarines les acompañarán hasta el segundo tiempo. ¿Una piña colada?

Sobre el piano, una cantante acaricia con su canto los oídos de los asistentes, ameniza la transición entre el postre principal y el buffet de pastelillos de merengue y frutas de nombres impronunciables.

Las luces suaves se transforman en rojizas inaugurando la etapa digestiva del convite. Los agentes de ventas se frotan las manos entre meseros y preparan los contratos y papeletas. El último tramo del recorrido incluye un show inesperado de variedades y tap, mucho tap. Una conquista al corazón, quién podría resistirse al despliegue de luminarias.

José y Ethel caminan entre charolas llevando hombreras para la rumba, Carolina Castañeda, Ragazziano Stream, Karla Prudencio, Manu Lojeda, Guiomar Acevedo, Rafa Villegas, Isabel Pedro, Emiliana Perdomo, Enrique Arturo, Martín Chava y Abrahán con N menean sus hombros con una enjundia espectacular.

Peluquines voladores y fondos de vestido tejen una alfombra por la que brotan los mejores pasos. Los niños se duermen en las sillas y cuidan los tesoros obtenidos en el mini casino.

Las próximas vacaciones familiares saben a soda de naranja con paraguas diminuto al borde del vaso. Las billeteras desenfundan en la sala de ventas, agitan el dinero pidiendo no uno sino el doble de lo incluido en el todo incluido. El turismo de centro comercial ha caído en la trampa y será rescatado por algún Indiana Jones.

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