Postal 123. Estamos iniciando un sueño

por Erika Arroyo
@_earroyo

Una combinación de caracteres tipográficos se imprimen uno a uno en pequeños trozos de papel dando vida corporal a una señal emitida en una localidad distante. Con sus mensajes cortos, muy puntuales, a manera de avisos, la magia telegráfica no deja de maravillar por su rapidez y practicidad. La solución ideal para quien no tiene tiempo para el intercambio epistolar, pero desea comunicarse con otros, recordarles cosas, reclamarles deudas, confundirles o aclararles.

El medio ideal para los concisos, para los ocupados, para los enamorados de los negocios.

Bienvenidos sean a estas telegráficas #Postales.

El número permitido para el mensaje ha sido rebasado, es mejor sujetarse a la claridad cuando de futuros negocios se trata. Hace un par de meses, en la segunda clase del tren, S.S. conoció al señor Ordaz, las dieciocho horas de trayecto dieron mucha tela de dónde cortar, la muerte de Zapata en abril pasado, el nuevo modelo de autos con asientos traseros, el primer vuelo transatlántico, los sueños parisinos y la novedad de novedades: las tarjetas de presentación, una herramienta poderosa para hacerse de un nombre en sociedad y dejar huella en reuniones y convites.

El plan más prometedor.

-Imagínese usted llegando a la casa de algún embajador, conoce a una bella dama y a un posible socio para su imprenta. Atiende, por supuesto, ambos asuntos, con una pequeña tarjeta que indica su nombre, dirección y una breve introducción de su persona que será inolvidable.

-Pero yo no tengo amigos embajadores, oiga.

-Pero los tendrá.

-¿Usted cree?

-No solo lo creo. Lo veo.

100 pesos de adelanto fueron asentados en un pedazo de periódico para dar comienzo al trato. En la próxima reunión se mostraría un avance del diseño a ofrecer y una agenda con direcciones de clientes en las ciudades más cosmopolitas.

“Que no se diga más, estamos iniciando un sueño, amigo.”

El intercambio de correspondencia fue tórrido como un romance durante las primeras semanas. Dibujos y cifras más allá de los dos ceros proyectando posibilidad. Pero don Ordaz, más astuto que soñador, arrancó por su cuenta abandonando en el intento a su camarada de una tarde.

El recibo improvisado, redactado sobre un pedazo de noticia que anunciaba un sorprendente discurso de un novel miembro honorario del Partido Obrero Alemán, muchas veces doblado y desdoblado de desesperación terminó como separador del libro de cabecera.

El último intento de contacto, veloz, eficaz. Obtuvo su respectivo acuse de recibido. La ama de llaves de la residencia en la que habitaba don Ordaz archivó en su caja de correspondencia el nuevo telegrama con los otros 24 que habían llegado días antes sin haber sido leídos por el destinatario, quien seguramente, se encontraba embaucando a otro iluso en algún ferrocarril.

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