Postal #15. De la vida de los mosquitos y la música para la putrefacción

Por Erika Arroyo

@WooWooRancher

Postalfrente

Oportunista e insistente, como el taladro malogradamente silenciado de un dentista, la mosca que nos visita esta tarde en Postales, plasmada hermosamente en esta xilografía de la imprenta Unsodo, viene a zumbarnos un poco de ese diminuto y tornasolado mundo que habita.

¿Qué es esa pequeña mancha negra vestida de luto que se relame las peludas patas sentada en medio de la muerte y el amor, nuestras más comunes obsesiones?

Abyecta, la mosca tiene una maravillosa cualidad: es opuesta a nosotros. Es un ente caído, excluido radicalmente –o que buscamos alejar con persistencia, aunque no siempre se consiga con éxito- que nos lleva zigzagueante hacia donde el sentido se desploma.

Observador acechante y de presencia efímera, este ser alado, vicario del tiempo, no es más que un recordatorio punzante de que segundo a segundo perecemos. Vuela sobre nuestras cabezas, la sola idea de su insectaria presencia camina errante por nuestros cuerpos atraída por ese inexplicable olor dulce de nuestro sudor que ante ella no se consigue disfrazar con ningún desodorante. Nos habita diariamente, nos consume, somos sus templos para adorar la putrefacción y ni siquiera estamos muertos.

Por si las moscas. Por si acaso. Con gestos bruscos buscamos quitarlas de encima para que no quede un atisbo ante nosotros de esa inmoralidad que las alimenta. Con nuestros odios sonrientes ante su falta de respeto escondemos el pavor que le tenemos a que en cada zumbido nos desafíen. Nadie, salvo Virgilio, pudo asumir a la mosca como compañera y objeto de devoción, ni como Santa Isabel, quien “por más grande princesa que fuera, amaba por sobre todo la abyección de sí misma”.

¿Habrá quien soporte el recorrido de una mosca por el cuello y se atreva a prestar sus labios como reposé para un beso infinito entre el silencio humano y el incesante zumbido?

Dicen que las moscas huyen de las bolsas transparentes con agua porque la refracción de la luz en el líquido las deslumbra y asusta. Qué ironía que aún ante esa especie de pequeños abismos acuáticos suspendidos como adornos de temporada, son las moscas las más asiduas clientas de las taquerías y restaurantes.

¿Cuántas moscas habrán muerto en el anonimato buceando en los arrecifes de una sopa juliana o explorando la negrura de un café de olla?

Las calles no están desiertas del todo gracias a las moscas y de manera inexplicable, su fastidiosa presencia en panoramas desoladores suele ser alivio. Seguir el vuelo de la mosca es poner en marcha la contemplación. Somos víctimas de nuestras propias contradicciones, las moscas son, muy probablemente, los hipnotismos más comunes de los que somos objeto.

No me queda duda de que existe un cierto dejo de conciencia de su poder sobre nosotros. Sospecho que saben que las observamos y por eso se posan frente a nosotros, nos zumban cosas que no entendemos, se esmeran ofreciendo verdaderos espectáculos acrobáticos y hasta coreografías de break dance -sobre todo al agonizar.

En el fondo deseamos despertar de sueños intranquilos sintiéndonos insectos y empequeñecer hasta perder aunque sea un poquito de cotidianidad, olvidarnos de nosotros mismos y abismarnos mirando a otros a través de una especie de realidad aumentada multiplicada muchas veces. Ser como esos vigilantes de las fábricas y grandes negocios que ostentan mil monitores que no sirven para nada.

Es más fácil para una mosca hallar la salida. Para nosotros, en cambio, la claustrofobia provocada por nuestros grandes dramas de la humanidad, deja de importar sólo cuando se le ha olvidado.

Son las moscas quienes murmuran en las escaleras y nos frecuentan, incluso más que nuestros parientes. Copulan frente a todos, sin el menor pudor. Son ellas quienes podrían sentarse plácidamente a tomar el té y, sin embargo, han decidido beber sangre.

Por más que nos esforcemos, no podemos decir de las moscas lo mismo una y otra vez. Hasta ahora, no conozco a una sola persona que se jacte de haber estado delante de una y que haya podido reconocerla en algún encuentro posterior.

Quien haya sido observado por esos visores de mosaicos, sabe que no somos nada frente a ellas. Si el ojo de una persona es el centro de un universo, son las moscas universos enteros.

 

PostalVuelta

Comments

comments