Postal 17. Hey, lunes, qué bonito desastre, combina con tus aretes

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El lunes es el día de la celebración sorda a la miseria, de quitarle la pausa a lo irremediable, de maquillar la disfuncionalidad y demostrarle al mundo que se puede comenzar algo aunque se tenga la certeza de que será abandonado en algún punto, como tu dieta para reducir los niveles de ácido úrico, como a los hijos que tuviste fuera de tu matrimonio, como el café que se enfrió sobre la mesa aquella vez que veías tu película favorita con un doblaje espantoso en la televisión, como todo lo que te rodea y que inexplicablemente, sigue a tu lado.

Escribir una postal a la familia para avisar que estás bien, que todo está en orden, que has llegado sin demora, que te rodea belleza, decir que tu mujer manda besos aunque no sea cierto, que eres turista y que has elegido omitir la cotidiana sensación de un lunes por la mañana. Saludas al lunes desde el otro lado de la acera, como a los vecinos que no te caen bien, pero con quienes no puedes ser un hijo de puta y dices con una sonrisa forzada “Hey, lunes, qué bonito desastre, combina con tus aretes.”

Click.
-A ver, hazte más hacia delante.

La joya de la Costa Azul en el fondo, tan desenfocada como la felicidad en un viaje planeado para revivir algo que está muerto.

Click.
-Sonríe. Muéstrame los dientes como cuando hacíamos el amor en los estacionamientos de los centros comerciales.
-No empieces con eso.

Click.

-Sin aceite de oliva, por favor… No, no, no…
-Te está ofreciendo vino.

Una pareja discute por algo incomprensible. Las campanadas de la catedral de Sainte-Réparate fungen como música incidental en un mar de manoteos y gestos exagerados que denotan molestia. Alguien tiene la culpa. Siempre. Alguien también tiene que sufrir. Es necesario. Aquí la gente hace gárgaras al hablar y camina sobre una alfombra mental decorada de conflictos.

Desde el monte Borón el paisaje se ve espectacular. El set ideal para cualquier intento de suicidio de no ser porque hay demasiado sol como para reconsiderarlo. La no consumación a la medida.

En la barra de un bar, un turista alemán se ha equivocado de lugar retomando una conversación que lo espera en el otro extremo y que como un experimento social, lo observa hacer el ridículo a lo lejos. El hombre de junto es una ausencia sin contorno, tanta voz gastándose sin un propósito, tanto espíritu siendo escupido para estamparse en un vaso en el que solo hay hielo derretido.

Las olas azotan como látigos y hacen eco en las cabezas de quienes caminan en la arena después de las once de la noche. Las luces de las habitaciones de los hoteles se encienden y se apagan. No hay perros merodeando ni bronceados cristalizados. Las señoras se cubren la boca al hablar, susurran en vez de reír a carcajadas porque quizá es demasiado tarde para mostrar los terceros molares.

Pretextos rebotando al encontrarse con versiones mejoradas de las ocurrencias previas. Aunque es demasiado tarde como para ofrecer explicaciones, todo mundo espera una. Es el primer día de los cuatro o cinco que seguramente sabrán a lunes.

**Postales se transmite los jueves a las 20 hrs

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