Postal 23. La llama que alumbra la piel

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Es mediodía, un mediodía de agosto. El sol está más animado que ayer y sin invitación previa, se ha colado por la ventana aclarando el nebuloso panorama de la vista cansada. La tetera susurra un fresco aroma que anuncia el baile del tejido que los pulgares y los índices están a punto de comenzar.

Los hilos se unen creando figuras con contornos de distintas densidades. Los orificios irregulares que se han creado entre ellas son accidentes controlados, invitaciones al asomo.

Negro para hacer más profundo el gesto, blanco para que lo mueva el viento. El encaje es como una llama que alumbra la piel.

“Sólo piensa que estas queridas ancianas están tejiendo encaje. Espero que estés bien y feliz.”

Jalando y soltando cuidadosamente líneas casi invisibles, las dos están ahí, construyendo el entramado perfecto que cubrirá cuellos, adornará espaldas y acompañará caricias. ¿Puedes oler el ? ¿Puedes escuchar cómo una de ellas aclara su garganta al intentar silbar una melodía? ¿Alcanzas a ver esa flor tejida cuidadosamente moviéndose al ritmo de mis palabras?

Una vez atrapé un sueño con uno de los guantes que me regalaste. Murió antes de que pudiera zafarlo de la red. No te lo dije porque por entonces esperaba que imaginaras que todo estaba bien.

Uso encaje sobre los ojos cuando te invoco frente al espejo, es tu ausencia mi invitado de honor.

Piensa en esas ancianas respirando pesadamente al construir esos ornamentos vaporosos.

¿Pudiste imaginar esos dedos tejiendo soledades?

No, no espero que estés feliz.

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