Postal 26. ¿Viste eso?

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Tu mano se agita dejando entrever una sonrisa discreta, como si sólo entre los dedos semi abiertos fuese posible. La cabellera al viento se agita como un papalote, corres en círculos, agitas los brazos, tu gabardina se inflama y tus pies rechazan las piedras. Las montañas se ven a lo lejos. Te digo que vengas. Ríes y te alejas como un niño que busca ser perseguido.

-¿Viste eso?

La cámara se fue de tu rostro para posarse en tu mano que apuntaba al fondo. Un globo de fiesta, solitario, rodando por la avenida, cada vez más lento, como si se hubiese escapado y en su huida notara que por fin está a salvo. Abruptamente te veo soplando un diente de león. Escucho una conversación tenue y algunas risas que no alcanzo a reconocer. La imagen se tiñe de una fina lluvia blanca. De nuevo hice un corte y retomé todo otro día, no sé por qué, te veías hermosa.

Lo que sigue es: doce estelares minutos dedicados a un caballo que no hacía más que relinchar, agitar su cola para ahuyentar insectos y mirarme con desprecio. No estabas ahí.

-Hey, aléjate de aquí.

Das un portazo con tu bata de baño puesta y la toalla enrollada en tu cabeza. Alcanzo a verme reflejado en el espejo. Usaba el suéter guinda que me regalaste la primera Navidad que pasamos juntos. “Hueles a humano”, te digo. No te importa. Me dejas grabando nada. Gritas cosas que no entiendo, pero puedo apostar a que maldices. Me rindo y bajo la cámara, se cuela la espantosa alfombra verde que nos regaló tu mamá.

Un enorme algodón de azúcar es sostenido por tu mano. El tejido rosa chillante ha cubierto por completo mi campo de visión y de pronto te asomas. Algunos niños corren tras los pedazos que se han negado a la conglomeración calórica y flotan como pequeñas nubes por toda la feria. Los fuegos artificiales te iluminan el rostro. Por alguna razón deja de escucharse lo que grabé esa noche.

“Vamos por un café”, dijiste.
Recuerdo que el tono fue tan serio que quise bromear y sólo sonreíste como si alguien, con un hilo muy transparente, te estuviese jalando los labios hacia un lado, ayudándote a cumplir con un compromiso gestual.

Te sentaste en el pasillo a llorar y nunca cruzamos la puerta.

“No puedo más con esto”

Ese día no grabé nada.

Una anciana queriendo huir de una abeja. Un perro corriendo detrás de su cola. Mi madre sentada en el jardín comiendo una manzana. El closet con un hueco. El gato sentado día y noche en la puerta del departamento. La cámara fija apuntando a ningún lugar, sólo para escucharme a mí mismo hablarle a las plantas, como si mis palabras pudieran revivirlas.

Se quemó la película mientras proyectaba. Estaba a punto de volverte a ver. Esa vez quisiste grabarme delante de las montañas. Dije algunas palabras imitando a los narradores de documentales televisivos. Reías mucho y te movías tanto que la imagen mareaba. Corrías a abrazarme mientras se grababan tus huellas en la arena. El resto de la cinta era un mar de cosas aleatorias.

Ese día ha sido borrado, pudo no haber sucedido. Pudimos haber existido de otra manera: escuchar el sonido de un refrigerador a punto de colapsar en lugar del viento golpeando todo a su paso, suplir tus reclamos de comida con el motor del auto, permanecer en silencio mientras nos miramos. Decir que te habías ido desde antes.

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