Postal 33. Un fondo poblado de olvido

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

postal33

Un golpe de luz, un mareo y luego una pantalla blanca, tan blanca que lastima.

“Debe ser este sol, llevamos tanto tiempo expuestos a él…” Con una voz tan áspera como el muro que tiene a sus espaldas, Alma intenta cantar una estrofa para alentar a los niños que la rodean, pero en su lugar tose una melodía con dificultad.

Delante de ella las cosas siguen ocurriendo como si su presencia fuese solo el vapor que emana del piso al medio día.

Un niño se ha tirado la pintura encima, su pantalón se ha mojado dando la impresión de sangrar un azul profundo. Ante eso no hay nada que Alma pueda hacer, sus manos no consiguen tomar un paño limpio, lo atraviesan como el humo de su cigarro.

El verde del pasto es tan brillante que parece estar llorando. En el piso, la sombra de un naranjo adquiere la forma de un ciprés, los petirrojos parecen cuervos. Alma está ahí como un velo que enmudece todo.

Detrás de un caballete, una risa dulce parece ser la única brújula a seguir. Unos ojos huecos hacen contacto con ella. En el lienzo, una mancha oscura comienza a escurrir.

Como la imagen en un televisor a punto de la ruina, el contacto con lo que solía conocer del mundo se distorsiona.

El zumbido insoportable de lo latente, algo funesto que todavía se puede sobrellevar. Alma cree estar surgiendo, aún le cuesta trabajo aceptar que cuando uno muere el peso propio lleva a un fondo poblado de olvido.

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