Postal 35. Bud avanza en el agua

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

La puerta se cierra de un golpe sacudiéndose el polvo que se ha refugiado en las orillas de su lámina gastada. Un brazo azul cielo se asoma por la ventana trazando un camino de mezclilla rumbo a una mano de dedos toscos y resecos que casi por efecto magnético busca adherirse al toldo. El motor se enciende y la vieja Ford 54 comienza a avanzar por un camino de terracería hacia la carretera. En la radio, el locutor da la hora. El sol de medio día hace que el asfalto se vea líquido.

-Toma la principal y dobla a la derecha en el merendero.

Con la mirada fija en el camino, Scott acata la orden de su padre, forcejea con la palanca de velocidades por un instante y al cabo de algunos segundos, sus aún suaves manos guían el volante.

Bud jadea entre los dos hombres. Traga saliva y vuelve a abrir de inmediato el hocico, su mirada, fija en el horizonte, parece albergar un profundo deseo por llegar al otro lado de esa verde montaña que se aprecia al fondo del camino.

Una mesera de delicado talle toma la orden. Un jugo de naranja y una taza de café se enlistan en un pedazo de papel con tinta azul. El joven Scott la observa con timidez, su padre masca un poco de tabaco.

En la entrada del lugar, Bud dormita mientras espera a sus amos. Sobre la carretera pasa un pesado camión con troncos de árboles perfectamente atados unos a otros. Emite un sonido abrumador que se va perdiendo conforme se aleja.

De nuevo rumbo al destino elegido para la caza, el viejo Ted ha cedido la ventanilla al braco alemán de pecoso pelaje. Sus orejas se levantan como hélices y sus ojos se cierran levemente para evitar ser golpeados por el viento. Un letrero anuncia la cercanía del lago.

El ambiente se torna húmedo, mucho más fresco que todo el trayecto. Algunas aves cantan alternadamente entre las ramas de los árboles, no se les ve, pero se disfruta su compañía.

-Es una pena que no hayas querido hacerlo con escopeta.
-No soy tan bueno como tú, pá. Otro día volvemos.

El sol se cuela entre el follaje. La laguna parece un gran espejo. Bud le ladra a una ardilla que ha robado algo que no se aprecia bien. La radio suena con interferencia.

Una bandada de patos se levanta ofreciendo un manjar visual. Bud pega un brinco zambulléndose en la quietud del agua.

Con un paso sigiloso y mucho más cadencioso que otros que le hemos podido apreciar en este viaje a ese peludo compañero de caza, Bud se acerca a una familia de aves que se desliza como equipo de patinadores profesionales sobre la cristalina superficie. Presas menos salvajes que el último jabalí contra el que luchó, pero eso sí, más ágiles que él.

Lento y elegante, Bud avanza en el agua, su peso altera la calma y ante el primer intento de escape, un movimiento certero llena sus fauces con tres de esos seres emplumados que hasta hace unos momentos desfilaban delante de sus narices.

Un par de plumas caen lentas y confundidas tras la empresa canina, en busca del cuerpo del que pendían y que les fue arrebatado. Padre e hijo celebran a Bud con un hueso que han traído desde casa para la ocasión. Una caricia y un golpe en el lomo del animal, en esa muestra de cariño hay también agradecimiento, la cena de ese 11 de enero yace en la caja de la camioneta.

Las luces de los negocios de la carretera aparecen en escena entre la incipiente oscuridad del atardecer, Bud ha recargado su cabeza en las piernas de Scott que ahora ocupa el lugar del copiloto, aullando y gruñendo entre sueños. La señal vuelve poco a poco, el viejo Ted modula el volumen, los Blue Ridge Buddies interpretan una canción triste, Scott cabecea, el vehículo iluminando el asfalto parece una aguja sobre un acetato infinito.

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