Postal 37. Nos queda perder cosas mejores

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

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Una pierna larga y torneada se asoma por la puerta trasera de un lujoso auto oscuro. El valet parking se apresura para tomar la manija y luego la delicada mano de la dama que al haber dado tan solo un par de pasos por la alfombra que conduce a la entrada del salón, parece haber detenido el tiempo.

-Buenas noches, señorita Reséndiz, permítame tomar su abrigo, mi compañero la llevará a su mesa.

Como una Venus surgiendo de entre los brazos de un oso hecho prenda, la figura delicada de Graciela, se interna por el pasillo levemente iluminado. Su espalda cubierta apenas por un encaje negro atrapa alientos y suspiros.

Las esposas copetonas de los grandes empresarios se miran en complicidad como las brujas. Las parejas regresan a sus lugares en cuanto la orquesta termina de tocar un mambo. Los meseros rellenan sus comandas con listas de tragos y platillos.

Graciela ordena un Campari en las rocas, enciende un cigarrillo iluminando su mirada felina que al recorrer el lugar se cruza con los ojos brillantes de un elegante joven que intenta sostener una aburrida conversación sobre inversiones. Desde los extremos de la pista de baile se ha tendido un puente entre dos mundos. “En el camino está sentado ese hombre enamorado…” recita el cantante raspando un güiro.

Esta tarde Postales transmite desde el 10 de julio de 1958 y les damos la bienvenida moviendo los hombros al ritmo de Tony Camargo y Perez Prado.

Las luces ceden generando un aterciopelado lugar para las caricias. Graciela toma con cierto temor la mano de un hombre que la ha invitado a bailar. Intenta no pensar en su cómplice que intrigado la contempla a la distancia. Benny Moré le canta a la pasión y Graciela mira por encima del hombro de su pareja genérica.

Los ceniceros se van llenando de aflicciones y ansiedades.

“Angustia de no tenerte a ti, tormento de no tener tu amor. Angustia de no besarte más, nostalgia de no escuchar tu voz”, Bienvenido Granda parece estar narrando un encuentro entre dos desconocidos, apariciones el uno del otro, como los maniquíes que se asoman por las vitrinas de las tiendas departamentales.

Ladrones en sueños despiertos. ¿A qué saben los besos robados en un salón de baile? Las bocas son refugios para las almas extraviadas que noche tras noche siguen buscando un amor.

Un gañán toma por la cintura a una rumbera en la penumbra de una esquina. “¿Vas a decirme que no me quieres después de lo que pasó?”, le dice él mientras la sacude.

El capitán de meseros ha llamado a Panchito, el policía que cada noche se hace cargo de incidentes como ese. El director de orquesta busca salvar la situación con un par de caricias a los corazones de los comensales.

Dos señoritas de acento extranjero han llegado, escoltadas por el mesero, para unirse a la mesa del joven. Una de ellas le besa con ternura. Graciela enciende otro cigarro, lanza bocanadas como si fueran fumarolas, deseando alcanzar a la intrusa. Otro joven, bien parecido, se acerca a ella invitándola a bailar un cha cha chá. El cigarro se estampa torpemente en el cenicero.

¡Enrrrrrique, ven aquí! Grita la extranjera en un español mal masticado; le espera en la pista moviéndose poseída por el ritmo. Él llega más por compromiso que por ganas, de inmediato busca con la mirada a Graciela, quien continúa bailando a lo lejos y establece contacto visual como un regalo devuelto sin haber sido abierto.

Enrique se disculpa para ir al sanitario, en su camino da un billete a un mesero a cambio de llevar una copa de vino a la mesa de Graciela. Ella agradece en el reverso de un boleto del cine Alameda, su dirección se alcanza a leer entre los datos de la función especial de El halcón maltés en un ciclo de cine negro.

Sentado junto a la ventana de un café, Enrique revive una y otra vez aquella noche en la capital. El anillo de compromiso le estorba para escribir:

“Tal como se lo prometí, le envío una Postal, en donde puede Usted admirar (?) la calle principal de mi ciudad natal.

Esperando vuelvamos (sic) a encontrarnos, quedo como su muy atento y servicial,

J. Enrique Gutiérrez.”

“De amor es mi negra pena, de amor es que estoy sufriendo…”

Como quien ha perdido tanto en el camino, Graciela guarda esa postal colimense en su caja de momentos. Al final, como dijera mi querido amigo Luis Arce, “nos queda perder cosas mejores”.

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