Postal 41. La estela de azúcar rosado

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Gracias por sintonizarnos esta tarde en Radio Picnic. El staff de NoFM ha destapado su Boing de tamarindo con poderes de proto-DeLorean frutal para trasladarse al corazón del Bosque de Chapultepec en algún punto de los incansables 60.

Lupita y Mayté han puesto el mantel de estampado marrón sobre el pasto. Por una orilla de la canasta se asoma una bolsa de pan, los bolillos tienen lengua de jamón con queso y sonríen más que Miguelito, quien llora hasta porque el sol salió.

Bienvenidos a este día de campo que hemos traído especialmente para usted, cabezón que nos escucha detrás de su monitor para acompañarlo en su negación a la lluvia.

El coro de pájaros se funde con algunas risas de niños que corren a la orilla del lago. Miguelito bebe agua mirando sorprendido a su alrededor, Mayté se ha recostado un momento cubriendo su rostro con el antebrazo. Lupita sostiene al niño y asusta con despreocupación a los moscos que se posan en sus piernas.

Un grupo de universitarios corre sin zapatos por ahí, la humedad del pasto revela la huella matutina del jardinero y se siente en las plantas de los pies como una alfombra suave. Los portafolios y chamarras apiladas forman un pequeño monte. Los tacones de una muchacha que cruza por el bosque anuncian un par de piernas que inmediatamente se convierten en centro de atención. Un pachuco espera a alguien, observa como espectador en un espectáculo de variedad los intentos de un par de jóvenes por entablar conversación con ella.

El algodonero pasa frente al picnic, o piquenique, como solía llamarlo Chava Flores. Un niño corre tras la estela de azúcar rosado que se levanta de vez en vez con un palito. Su agilidad delata su experiencia como cazador de golosinas. Miguelito, para variar, ha comenzado a llorar.

Las lanchas se desplazan por el agua como trocitos de mantequilla en una sartén. Unas muchachas saludan a los universitarios agitando sus manos, otras sonríen o se arreglan el peinado y el maquillaje, y otras más bostezan abriendo sus fauces a los insectos voladores del lugar.

El voceador ha terminado su turno y armado con los periódicos sobrantes una portería. Juega una cascarita con otros niños. Cabecita, barrida que sin querer se convierte en pase al centro, el remate es tan potente que hace volar zapato y balón hacia el lago asustando a los patos e interrumpiendo un beso flotante entre unos amantes que buscan pasar desapercibidos con gafas oscuras.

Dos de la tarde. Las tortas parecen jadear. Lupita muerde una manzana mientras escucha un trío que ensaya en una banca. Mastica tan fuerte que se integra a la música como un instrumento más.

Mayté despierta de un sueño profundo con Miguelito entre los brazos, tan escurrido como su faldón y colorete. De Lupita sólo ha quedado un corazón de manzana y las migajas de una torta a medio morder. Sin hacer mucho escándalo para no despertar al pequeño lirón intenta llamar a la tal Lupita levantando ligeramente la voz. Y sin tener éxito llegó a ella cierta tranquilidad al confirmar que a pesar de su aparente abandono, Lupe no se comió su porción del banquete.

Una, dos horas. Y de la Lupe ni sus luces. Mayté se sacude el vestido y le limpia la cara a Miguelito que a estas alturas porta orgulloso un antifaz de lodo. La tarde comienza a caer y la ausencia a pesar.

Con un helado de limón en una mano y una sonrisa idiota, Lupita mira un árbol como quien contempla el horizonte decidido a explorarlo. Mayté le grita desde un extremo del bosque, corre con niño y canasta con una torpeza histriónica. Lupita apenas voltea. Mayté solloza abrazando a la hasta entonces desaparecida. Miguelito se lanza sobre el helado y la carita chapeada de Lupe se muestra sobre el hombro de su acompañante. Lanza una carcajada tan diminuta y suspira entre cerrando sus ojitos, pispiretos y rojizos. Lupe, Lupita, Mari Mari Lupe, Mari Mariguana de Guadalupe.

Gracias por acompañarnos esta noche. Escúchenos el próximo jueves en punto de las 8 por NoFM.

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