Postal 43. Nuestra temible totalidad

De Erika Arroyo
@WooWooRancher

Dicen que nunca llegamos a vernos por completo, que incluso cuando creemos estar ante nuestra temible totalidad, una revuelta inconsciente nos libera de nosotros mismos. Nuestros ojos se convierten en las tijeras imaginarias de un carnicero con pulso impreciso que corta sin seguir la línea punteada justo donde yace nuestra identidad.

Somos de alguna manera, una suma de supresiones, de ausencias que nos respiran en la nuca mientras dormimos y nos miran de reojo cuando nos cepillamos los dientes.

Bievenidos a Postales.

Sigilosamente desaparecemos fotos de los álbumes familiares. Nos repetimos constantemente que no fuimos todas esas personas que quedaron atrapadas en imagen. Nos escondemos del escrutinio público, nos quemamos, nos mutilamos y luego cerramos los ojos para no vernos supurar nuestra negación.

Esas pérdidas nos regresan al inicio. A otros inicios. Nos perdemos en buena medida para tener un señuelo que pescar, aunque rehuyamos a nuestro encuentro. Es nuestra ausencia la que alimenta nuestro deseo de plenitud.

La hoja de papel fotográfico brilla, como las aguas dulces que buscan nadadores. Los rostros se hacen líquidos, las sonrisas son los objetivos perfectos. Tomamos los extremos, buscamos un apoyo y cortamos. Ahí está la obra del día, otra foto rota. Otro recuerdo monumentalizado que merece ser demolido.

¿Qué fue de aquél día de feria en el que comimos buñuelos y nos embarramos de miel? ¿Del perro que nos movía la cola cuando soñábamos con cabalgar en su raquítico lomo?

Un hombre sentado. En cada pierna una niña. Sus manos regordetas recargadas en sus rodillas denotan pose. Las piernas delgadas de una de ellas envueltas en mallas blancas le dan protagonismo a un par de zapatos negros. Los tres personajes han sido separados de su tronco. El corte en la imagen, horizontal, parece haber sido hecho muy a prisa. Una posible tristeza, de esas que nos disminuyen. Tal vez un error, de esos que no buscaron reparo.

De todo aquello a lo que podemos decir adiós, lo que pretendemos esconder, es quizá la cabeza lo que más nos empeñamos en separar de nuestro cuerpo. Que no se sepa lo que lloramos ese cumpleaños que nos quemamos la cara con las velas. Que no se nos vean los calzones del pensamiento. Es más sencillo confundir un par de piernas que una mueca. Sin rostro en nuestras fotos podemos intentar pasar por otros. Distanciarnos de él nos compromete a reunir los pedacitos, a jugar a ser dioses armando rompecabezas que con tan solo una patada de nuestro inconsciente volveremos a dispersar.

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