Postal 47. Que Cupido y todo su mal pulso se vayan al diablo

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Un hombre lee plácidamente el periódico recargado en la comodidad de una Eames de asiento reclinable y superficie gris de piel. “Soft seating” dice en rojo el anuncio de una página brillante y completa, extraviado entre fotos de la reina Isabel junto a Nixon entre chismes y notas de sociales.

Detrás de la publicación asoma una ligera cortina de cabello que cubre la mitad de la frente de un misterioso joven, como si se recorriera solamente para mostrarnos entre el papel unos ojos de un oscuro profundo. Mira su muñeca. El reloj marca las cinco en punto. El doctor se asoma y con una seña lo invita a pasar. Al caminar hacia el consultorio lanza una sonrisa hacia la recepción que deja una estela de brillantina que se esparce por pasillo.

Bienvenidos a Postales.

El sonido de la fresa, emitido desde las profundidades del consultorio, parece una advertencia para los condenados al tacto de un talador ilegal de árboles. El llanto de los niños y las quejas contenidas de los adultos amplifican el efecto. El teléfono suena. La pluma patina sobre la agenda a rayas anotando el nuevo horario de consulta de la señora Mendez. Esta es la cuarta vez que tiene un inconveniente familiar.

Aún falta una hora para quitarse el grillete de la disfrazada higiene médica, de alejarse de ese maldito olor que habita como un paracaidista la punta de la nariz, de descubrir las campanas de los pantalones y retirar el antifaz de mosca muerta que recibe día con día a todos los pacientes. Jugar un Garibaldi solitario y sopa de letras sobre personajes históricos es lo que queda mientras se consumen los minutos con la lentitud de quien dirige un pesado tractor.

Paquito, la última víctima del turno, camina lentamente, arrastrando los pies y babeando. Su madre intenta distraerle dándole una paleta de dulce, la única reacción posible del niño consiste en seguir su rumbo hacia la puerta con la cadencia con la que se mueven los muertos vivientes de George A. Romero.

“Dile adiós a la señorita”, insiste el verdugo. “Anda, cuéntale cuánto dinero te trajo el ratón la última vez”.

Detrás de una exasperante inflamación facial se escucha un pequeño sujeto, atragantándose con la saliva acumulada entre sus mejillas y el enorme algodón que le recubre las encías. Pobre y deforme Paquito.

El alumbrado público ha comenzado a encenderse en serie, como lo hacen los foquitos de las series navideñas. El letrero luminoso del Cine Latino se alcanza a ver por la ventana, la función de Espejismo está al dos por uno. En la taquilla, una pareja se apresura a comprar sus boletos. Se detienen al entrar al lugar para besarse. Corren internándose hasta perderse.

La radio local sugiere tomar precauciones ante un embotellamiento en la Ribiera de San Cosme. El locutor, con su voz engolada, traduce literalmente al español los títulos de las canciones. El bloque musical da para dar un par de fumadas a escondidas junto al ventilador.

El doctor se despide solicitando la cancelación de todas sus citas del día siguiente a primera hora. El cumpleaños de su madre le impedirá acudir. Si le tomaran una radiografía a ese sujeto bigotón que da órdenes, se sorprenderían sus pacientes de la posición fetal que prevalece en su ser.

La puerta se cierra. Se respira un hondo olor a anestesia local y líquidos de limpieza.

Un suspiro antes de ponerse la gabardina. Una moneda gira en el aire. El azaroso destino siempre gana cuando se dejan a la suerte las citas a ciegas organizadas por otros. Todas ellas fracasos espectaculares.

Los nervios se devoran unos Canel’s de menta. Su mandíbula tiene una protuberancia similar a la de los pacientes. Pedro, su mejor amigo, le advirtió que probablemente este décimo intento por emparejarle rendiría frutos. “Es un buen tipo, periodista y amante del tenis. Ve a la estética antes de verlo. Ya tiene tu número.”

La descripción, típica de un genérico anuncio clasificado, provocó aquél día solamente un parpadeo desabrido.

Diez, veinte, treinta minutos tarde. Era de esperarse. El tráfico, la hermana enferma, las visitas de los tíos extranjeros… Cupido siempre ha tenido contratiempos. Escupe el chicle con desprecio y desatino hacia el bote de basura. Una niña observa como testigo mudo penetrando con su escrutinio duro por las sienes, sostiene la correa de un perro salchicha que jadea al defecar dejando una pequeña escultura junto a un poste de luz.

Unos esquites con mucho chile y limón de puro despecho. Escurrimiento nasal. Tos. Llanto. Los autos siguen su rumbo alrededor de la Diana Cazadora. El picor no da tregua y en una suerte de delirio, el mundo se detiene, las ratas cantan a la orilla de la avenida y la monumental flechadora que adorna Reforma vomita estrellas. Todo es un sudor extremo. Y al intentarse limpiar el llanto del picor que se convirtió en tormenta sin razón, un enchilón de ojo vino a colocar una cereza en esa especie de torpe puesta en escena a la medida.

Que Cupido y todo su mal pulso se vayan al diablo.

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