Postal 67. Autos abandonados de asientos aterciopelados

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El motor ronronea, avisa que se puede avanzar. Algún destino previamente elegido, algún escape inesperado anunciado por un claxon al pie de una ventana. Las llantas giran y se pueden detener con mucha más facilidad que cuando jugabas carreterita. Esta vez te vas.

Los carriles se fusionan y se vuelven a separar como hebras de queso, trazan en el pavimento el margen de error para los volantazos y la distancia necesaria para las soledades que circulan por avenidas y calles. El humo de los otros se cuela en el aire acondicionado. Te lo tragas.

Verdes como lunetas, rojos como cerezas. He escuchado anécdotas que pintan el escaso tráfico de ayer como una caja de dulces ante los ojos de un niño, apetecibles en todo momento. Mustangs, descapotables, lanchas, cocodrilos, combis, conducidos por una fauna maravillosa.

¿Cuántos seres habrán sido procreados entre asientos de vinil, piel o terciopelo, entre volantes enormes y palancas de velocidades, en algún estacionamiento público o en la oscuridad de algún callejón? ¿Cuántas manos habrán dejado el rastro de su lucha por vencer la incomodidad en los vidrios empañados?

Música a alto volumen hace retumbar las ventanillas para invocar la amplitud de la ciudad y atraer las miradas de usuarios del Metrobús que no se impresionan. En su lugar, desde lo alto, inspeccionan la limpieza de los tapetes y leen en voz alta los mensajes escritos sobre el polvo del toldo, mientras se derriten los guantes de cuero en manos de esos soñadores de la velocidad y el espectáculo que han pisado más veces el pedal del freno que el del acelerador.

Catrines perdidos en el tiempo se miran el bigote en el retrovisor, algunas mujeres lo usan para acomodarse las cejas, otros vigilan despiadadamente al de atrás.

Niños con cara de pez gato van pegados a los vidrios. Perros se asoman. El viento les sopla en la cara.

Los autos tienen sus propios cementerios. Algunos menos afortunados, han sido despojados de llantas, puertas en algún deshuesadero o yacen descalzos sobre tabiques en calles poco transitadas. Otros descarapelados, despintados o golpeados han sido abandonados, nadie llora en su interior ni suspira al reclinarse, quizá porque tienen sus asientos muy aterciopelados.

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