Postal 69. Inserte su nube aquí

Por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El primer recuerdo consciente que tengo de una nube fue hace unos 25 o 26 años. Junto a mi hermano rodaba por una pendiente de pasto que desembocaba en un bado verduzco donde nos deteníamos a husmear en el cielo. Esculpíamos animales, personajes de caricaturas, barcos y toda clase de objetos que por entonces formaban parte del gabinete de curiosidades de nuestra escasa experiencia en el mundo.

También trazábamos trayectos de aviones recorriendo el rastro de vapor que dejaban a su paso entre el azul del cielo, en ocasiones esa esponjosa estela me recordaba la huella de un dedo que a escondidas tomó un poco de la crema de un pastel, otras veces me daba la impresión de estar viendo en negativo la madriguera de un topo.

Esta postal habla de nubes, de esos montículos vaporosos que con la voracidad de Pacman perseguimos en la primera oportunidad que tenemos de voltear hacia arriba, donde miran los que no tienen tortícolis y los soñadores, y por supuesto, los soñadores sin tortícolis.

Inserte su nube aquí y quédese hasta que el viento se la lleve.

Bievenidos a Postales.

De las nubes aprendí en la peluquería. Enmarcado y detrás de un vidrio, yacía un catálogo de cortes de cabello para niños. Los modelos caricaturizados eran pubertos representados con una barata imitación de luz suave, similar a la que se utilizaba en los estudios en la época de oro o las de las estampitas de santos, resaltaba más sus facciones que el mentado peinado a la brush y otros estereotipos capilares para amanecer bailando siempre con la realidad más fea. Había uno en especial, el corte “soñador”, lo llevaba un niño de ojos enormes como luceros y dientes de mazorca.

En ese menú monográfico de podado variado, estoy segura, el peinado de nubecita de Schopenhauer habría sido un hitazo.

El cielo aborregado, dice mi madre, indica que va a hacer frío. Y a veces sí, a veces no hace tanto, pero me gusta confiar en su sexto sentido meteorológico qué bonito se ve extendido ese tapete afelpado con espacios entre nubes que al romperse parecen un colador de lluvia.

Las nubes onduladas se conocen como cirros, las que se expanden a sus anchas son estratos. Por su parte, los nimbos, homogéneos y con cierto parecido a las nubes de los cielos de Turner, auguran más lluvia. Las que parecen chicles masticados esparcidos por el cielo y que anuncian el verano fueron bautizadas como nimbos.

No todos tenemos los mismos veranos, ni vemos de la misma forma los paisajes de Turner pero ah, cómo nos gustan las nubes, nuestra nubes. Le mandamos un beso a Luke Howard, experto en nubes, hasta el corazón del siglo XIX.

Nubes de diálogo se abren y se cierran cobijando conversaciones dulces que mutan en discusiones recalcitrantes.

“Pink cloud has now turned to gray”, como diría la canción.

Me encontré con la historia de un señor al que se le metió una nube en el ojo, esperaba pacientemente la llegada del metro en el andén de Balderas. No pedía ayuda para abordar, solo preguntaba la hora, conversaba con la gente de su alrededor y tarareaba canciones en voz muy baja. No usaba lentes oscuros. Pienso que en el fondo se debía que le gustaba mostrarnos su pedacito de cielo en los ojos.

Eclipse- Colleen
[audio:http://nofm-radio.com/podcast/08-Eclipse_by_Colleen.mp3]

Creo que comencé a coleccionar nubes desde hace tiempo y no sé dónde las dejé. De algunas conservo fotos, de otras solo la imagen capturada por mi obturador mental. ¿Alguien sabe de club de coleccionistas de nubes con quienes sea posible intercambiar las que tengo repetidas?

Espero que este viaje en nube a la Gokú haya sido de su agrado. Gracias por insertar su nube aquí. Y desde la cabina de NoFM le soplamos a la colección de nubes para disolverlas como recuerdos escapando, deshaciéndose en nuestra memoria.

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