Postal 77. Los enigmas del esperón huasteco

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

¿Cuántas veces ha tenido que esperar? ¿Cómo los Kinks, está cansado de esperar? ¿Está acostumbrado a esperar? ¿De pie, parado de manos, sentado? ¿A qué se deben sus esperas más recurrentes?

Ese y otros enigmas del esperón huasteco estaremos abordando en esta emisión de Postales. Le tenemos preparada una selección musical para acompañarle en su martirio cotidiano.

Bienvenidos.

Debajo del reloj del andén del metro, en el parabús de la esquina, en la tienda a las 4pm. Por aquí, por allá. Todos los rincones son puntos de encuentro, algunos más eternos que otros.

Las esperas son portales que nos llevan a dimensiones conocidas y otras bastante desconocidas.

Varias medias horas tarde, un hombre de gafas oscuras y sombrero recoge a su amante en un auto blanco manchado de mierda de paloma. La conjetura es clara: hora de la comida, la mujer, en un vestido apretado se mece mirando el reloj con un gesto de molestia, los tacones la matan, la espera también. Se ha visto al espejo tantas veces que la superficie reflejante debió evaporarse. Un par de toques al claxon, se acomoda el vestido, se sube, no sabe cómo saludar. Demencia fingida. Un arrancón repentino y con el avance entre otros autos, una sonrisa dibujada en complicidad sale por el escape del mugroso vehículo.

Pero hay otros casos de espera que corren con menos suerte. Deberían medirse en maldiciones, guajolotas ingeridas o lecturas completas de periódicos de nota roja. El que espera es un espectador de hallazgos, pérdidas, tropezones, rupturas, prisas, u otras esperas. Esperar puede ser triste… O no.

El otro día, mientras esperaba, comencé a esforzarme en repetir números telefónicos que aprendí en la infancia o adolescencia. Sólo recuerdo tres y uno de ellos es el de Locatel.

No sé cuánto tiempo he esperado en mi vida pero he encontrado provecho en ello, a veces cuento la cantidad de veces que una persona mueve la pierna sin detenerse, otras en la suciedad en mi ropa.

De tanto esperar uno puede cansarse, acostumbrarse, encontrarse a sí mismo en los chicles pegados al piso o encontrar en los otros personajes misteriosos cargando costales rotos, supermanes que guardan peines en las bolsas traseras de los pantalones para peinarse mientras caminan, diosas con crepé, vampiros que se ocultan detrás de trajes de oficinista, gángsters que se hacen pasar por taquilleras y bandoleros que venden almuerzos con gelatina y banana incluida.

Gracias a quienes esperaron hasta el final de esta emisión, espero que haya sido una espera agradable, en la comodidad de su sofá, su colchón viejo o con calzado deportivo con válvula de aire.

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