Postal 91. Paisaje facial

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

Su sonrisa tan suave y sutilmente trazada, es el elemento clave de ese paisaje facial. Si sigues la línea apenas curveada, llegarás a sus comisuras por donde podrías fácilmente colarte, aunque todos sabemos que su zurcido invisible te lo impedirá.

Quieta, muy quieta, su imagen, atrapada en un portaretratos de filo dorado sobre una carpeta tejida, es el punto inicial de este recorrido.

“No llegues después de las 8”, “no te juntes con María, esa niña tan rara que sale todas las noches con quién sabe quien”, “no grites cuando hablas”, “no tengas miedo”.

Vestidos de terlenca brillan en el ropero con afán estelar. El negro ha sido remplazado por un anaranjado chillante y encantador que no necesita de pasarelas, reflectores o alfombras rojas.

Cambiamos con los colores de Los Chijuas y movemos los brazos como oleadas para saludar a todo el que se atraviese en el camino.

Zapatos enlodados se restriegan en el pasto de algún vecino. La primera misión de un fugitivo que escapa por la ventana es no dejar rastro. Luego, correr sin morir de risa o nervios.

En plataformas de formas geométricas se agitan cabezas como látigos, algunas parejas conversan inclinando sus cuerpos el uno hacia el otro crean “V’s” con sus dedos creando antifaces.

Una bota blanca se planta en medio de la pista, el mar de gente se abre para dejarla pasar seguida de botines hasta el tobillo y tacones bajitos que funcionan como trampas para miradas y patrones de movimiento. Al cabo de segundos, se van sumando zapatos de piso y mocasines con calcetas que se asoman como cualquier curioso que ha descubierto un tesoro sin querer.

A lo alto de una periquera, una desentonada Anna Karina se acomoda el fleco, luego el cuello y en un descenso sigiloso de su silla se desliza hacia el paraíso del baile.

Los escapistas la miran a lo lejos perderse entre carcajadas y movimientos frenéticos. Dan las últimas bocanadas a la noche antes regresar.

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