Postal 93. La noche

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El tricolor de los semáforos se ve más brillante, los adoquines tienen un aspecto laqueado completamente falso que se devela con el pasar de los autos que adormilados, transitan con los faros a media luz. Cuesta más trabajo ubicar los rostros de quienes ríen, discuten o hablan para sí en voz baja, las personas, conforme pasan los minutos, se convierten en fantasmagóricas sombras.

Algunos ciclistas portan chalecos chillantes y encienden sus parpadeantes lámparas para abrirse paso entre la cada vez más escasa iluminación natural. Estamos más allá de la hora azul, caminando entre los oscuros recuerdos de alguien más, entre Postales.

Los gatos negros aprovechan su disfraz de noche para correr entre los pies de los paseantes y refugiarse debajo de autos estacionados a la espera de algún momento de menos espectacularidad en el que consigan pasar desapercibidos.

Pasadas las 7, los muros de colores claros son las pantallas de cine de un juego de sombras animadas por el viento. Las ramas de los árboles más secos adoptan la forma de manos a punto de pescar al que pase cerca y se cruzan con el caminar veloz de los que huyen de la rutina laboral deshaciéndose de todo rastro de oficina.

Una familia completa obedece bajo la batuta de una madre nerviosa que orquesta evasivas a baches, coladeras, espejos laterales de coches sucios y abandonados, otros humanos, perros callejeros y vendedores ambulantes. Avanza en una imagen de alto contraste, manejando el patín del diablo de una pequeña que no tiene permitido bajar los pies ni tocar el globo gigantesco y amarillo como el oro que le compraron, para cuya transacción se empleó una servilleta. Un adolescente y otro niño siguen detrás evadiendo algunas de las evasivas en una carrera de obstáculos sin preseas ni premios de consolación.

Hacemos un breve intermedio en este recorrido para interponer nuestra mano derecha entre aquellos muros y el faro potente que alumbra las afueras de una compañía de seguros para saludar en un teatro de sombras.

Un caminito de unas cuantas monedas traza el recorrido que siguió algún pobre apresurado con bolsillos rotos. Inicia a mitad de la calle y termina justo en la parada del transporte público, donde algún afortunado sin cambio podrá abastecerse para un pasaje.

Las habitaciones de las casas se encienden en una improvisada danza del adentro que anuncia la extinción de otra jornada afuera, donde los extraños han quedado en oscuridad para besarse, intercambiar desolaciones, esconderse de los otros y mostrar sus sonrisas detrás de sus abrigos. Llegó la noche.

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