Postal 94. Las cosas que no hemos dejado escapar

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El olor del atole quemado de la vecina, el rechinar del carrito del camotero al pasar por la calle empedrada, el espejo despostillado del ropero donde la tía abuela solía ocultar sus joyas en los bolsillos de un abrigo, los pasos por caminar para llegar a la panadería…La memoria es el carboncillo que va trazando recorridos en los mapas que dibujamos en nuestra cabeza para encontrarle un lugar a cada una de las cosas que no hemos dejado escapar.

Bienvenidos a Postales, esperamos que su estancia sea amena, agradable y sobre todo, evocadora.

Los tenis azulados de un niño patean un balón desinflado con la fuerza de un tierno suspiro, sus sienes, sudadas, se bañan de un suave lodo, le tiñen el rostro resaltando sus rosadas mejillas.

El olor del café emana de una taza de barro sin oreja, su condena por vivir un presente desde el cual se ve el pasado, mágico y despampanante, evaporándose.

Postal 94-2

La calle es siempre, desde la perspectiva del vendedor de tacos de birria que lleva más de 40 años en el mismo lugar, misteriosa y son los tacones chocando en el concreto y los perros ladrando las luces en medio del arroyo nostálgico en el que nada cada mañana.

Debajo de un árbol viejo, un hombre aguarda la llegada de su prometida, ahora lo hace de pie, pues la banquita en la que solía esperar, blanca y de hierro, fue retirada hace algunos ayeres, la fundió el municipio para acompletar alguna puerta o estatuilla conmemorativa. Con los años, ha transitado entre los claveles y las rosas de acuerdo a la alza de precios.

El algodonero heredó la colorida madeja de azúcar a su hija, quien diagnosticada con diabetes, le pasó el negocio a un primo. Los niños siguen corriendo para alcanzar los deliciosos y pegajosos hilos que casi en automático se producen y escapan ante cualquier descuido, mientras él dobletea sirviendo pulques a los sedientos.

La vegetación es ahora huésped de macetas y jardínes privados, el terregal se ha cubierto de pavimento y chapopote, las palomas han modificado sus preferencias, el maíz les resulta insípido y en su lugar, revolotean únicamente con pan de caja, anzuelos para quien busca un poco de compañía a bajo costo, sin juicio ni prejuicio entre tantos hijos de la modernidad.

En esa añoranza de lo que pasó, de lo que fue, está también eso que no fue, que pudo ser o que se escapa a quienes escriben la historia en casa o en casa chica.

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