Postal 95. Una micro historia de amor espectacular

por Erika Arroyo
@WooWooRancher

El aroma de una colonia de caballero con un tono fresco, tan fresco que se pierde entre el rocío que agita las ramas de los árboles, se alborota conforme el cuello de una camisa perfectamente planchada y limpia es acomodado con la precisión de un cirujano.

-Está un poco torcida la corbata. Dice una voz femenina tocada por los años, pero con el ánimo de un dulce al que recién le han quitado la envoltura.

Una danza suave de manos llenas de venas saltadas, pecas y arrugas, acomoda el pedazo de tela que contrasta junto a un botón descarapelado, avejentado pero firme, con un brillo único. Un beso en la mejilla sella en agradecimiento, se oculta detrás de un camión de basura que avanza lento, agitando una campana achatada que suena con dificultad.

Esto es Postales. Bienvenidos.

El tiempo se detiene al instante en el que ambos intercambian sonrisas. Ese rinconcito en el que decidieron parar un momento para cobrar aliento y ajustar su elegante vestimenta, de pronto se convierte en el escenario de una micro historia de amor espectacular.

Junto a ellos, un bote de basura es un cofre de tesoros, el humo de los autos se transforma en sahumerio y el rumor de la ciudad en una orquesta que interpreta un vals.

El sol, antes neutralizado por nubarrones, ilumina como un reflector a la octogenaria pareja que reposa en un mirador, mirando hacia Reforma como lo haría hacia el mar.

De entre las rejas del bosque de Chapultepec brotan pajarillos que cantan acompañados de ardillas que chocan nueces y cacahuates marcando el ritmo de unos giros dignos de Ginger Rogers y Fred Astaire.

El Turibús es la bestia objetivo a cazar en medio de la jungla asfáltica. Detrás de unos binoculares gigantescos, dos exploradores aguardan quietos la activación de una trampa instalada en equipo. Los látigos de un par de Indiana Jones empuñados, acompañan la hazaña.

En compañía, un momento es una eternidad maravillosa a bordo de un descapotable en Saint Tropez, Niza o Acapulco en los 50. Palmeras brotan a su paso y las olas rompen en Circuito Interior.

Cualquier caballo de la policía montada es un corcel que galopa para escapar de algún bandolero en el viejo oeste e irrumpir en alguna cena para adoptar la forma de dos adinerados coleccionistas de arte que beben coctelería fina en copas de cristal importado de algún lugar exótico.

En el espejo de bolsillo con forma de concha marina se puede observar el trazo de un retoque de lápiz labial nacarado, despierta los labios delgados que hacía tan solo unos instantes palidecían tiernamente. Él aprovecha el paso de un globero para comprar una docena de esferas flotantes que, a la Mary Poppins, los harán navegar por los aires hasta perderse en la inmensidad de la vida.

Comments

comments